Padre Ezequiel Buenfil, C.SS.S.


«Allí donde la Virgen habita, el diablo no entra en esa casa.
Donde está la Madre, la perturbación no prevalece, el miedo no vence».
(Papa Francisco)

Sabemos que todo el amor verdadero viene de Dios, porque «Dios es amor» (1 Juan 4,8); y Él es la fuente de todo amor puro y sincero, eso también es innegable. El amor de Dios trasciende la definición humana de amor, hasta un punto que nos es difícil entender. «Dios es Amor» (1 Juan 4:8). ¿Pero cómo podemos siquiera comenzar a comprender esa verdad? ¿Cómo es ese amor trascendente que nos cuesta comprender? Hay muchos pasajes en la Biblia que nos ayudan a comprenderlo mejor en la medida de nuestra capacidad humana. Una cita que ayuda mucho es Juan 3:16: «Porque tanto amó Dios al mundo, que dio a su Hijo unigénito, para que todo el que cree en Él no se pierda, sino que tenga vida eterna». Así pues, una manera en la que Dios define el amor es en el acto de entrega misericordiosa para darnos vida. Sin embargo, lo que Dios nos dio (o deberíamos decir, a “Quien” Dios nos dio), no era un obsequio cualquiera; Dios sacrificó a Su Hijo único para que nosotros, poniendo nuestra fe en Su Hijo, no caigamos en condenación. «Dios demuestra su amor por nosotros en esto: en que siendo todavía pecadores, Cristo murió por nosotros» (Romanos 5:8). Este es un amor asombroso e incondicional… ¡Y PENSAR QUE SOMOS NOSOTROS QUIENES ESCOGEMOS SEPARARNOS DE DIOS POR NUESTRAS FALTAS VOLUNTARIAS!, y aun así, es Dios quien enmienda esta separación por medio de Su intenso sacrificio personal, y todo lo que tenemos que hacer es aceptar Su amor. El Sacramento de la Reconciliación o Confesión es uno de los medios eficaces para aceptar ese sacrificio amoroso y lograr los efectos de la salvación alcanzada por Cristo en la cruz. Es en la Confesión donde nos reconciliamos con Dios… Él nos abraza y nosotros a Él, Cristo nos regala ahí la paz con Su Padre y con nuestros hermanos.

Dios es Amor y Su amor no es limitado como el del hombre, y no nos ama porque nosotros lo merecemos, pues a pesar de nuestras ingratitudes con Él, nos busca cuando nos alejamos del redil; como el Buen Pastor que es, deja a las noventa y nueve y sale en medio de la noche de la vida de cada uno pronunciando nuestro nombre para sanarnos de las heridas que nos hayamos causado, por nuestro arranque de rebeldía (Cfr. Lucas 15:4). «Hay que tener siempre en cuenta que Dios, quien es Amor, nos creó por pura iniciativa suya y envió a su propio Hijo (dispuesto a morir por nosotros) para restaurar la relación de amistad con el hombre y para que el hombre le ame libremente» (San Alfonso María de Ligorio, Práctica del Amor a Jesucristo). Por lo que yo te invito a acercarte a Dios, que ama al ser humano al modo divino y no limitadamente, búscalo de  todo corazón y confía siempre en Su bondad infinita.

Así hizo el Pueblo de Dios que camina en León, un 15 de agosto hace 71 años (en 1947), rogando a Dios, poniendo sus lágrimas y súplicas en manos de la Virgen Santísima para que Ella, presentara a Jesús, Su hijo Divino, las penas que los lastimaban. Tal cual supieron hacer los santos, como San Alfonso María de Ligorio, «Me dirijo a ti, dulcísima Señora y Madre mía María. Bien sabes que después de Jesús, en ti tengo puesta toda la esperanza de mi eterna salvación» (Las Glorias de María). En ese momento de angustia, confiado en la Virgen María, el pueblo Leonés suplicó la intercesión de la Hermosa Reina del Cielo, para que se detuviera la quinta erupción volcánica del Cerro Negro. Según los historiadores, la actividad del volcán no cesaba y duró más de 15 días. En esa época los techos no soportaban el peso de la arena y la ceniza, los cultivos se secaron y el ganado no tenía qué comer… desesperación, hambre y penurias golpeaban los corazones. Por lo que surge lo que hoy conocemos como “La Gritería Chiquita”, que desde ese entonces se celebra en León en conmemoración a la peregrinación que realizaron los leoneses en 1947, organizada por el obispo de la Diócesis de ese entonces, Monseñor Augusto Oviedo y Reyes, suplicantes y amparados por la ternura de la Madre Celestial.

Las tradiciones católicas están impregnadas de muchas expresiones propias de la idiosincrasia de una nación, donde se engloban sufrimientos, penas, alegrías, esperanzas, etc... y Nicaragua no es la excepción, la celebración de “La  Gritería Chiquita” es un paradigma de ello. El Pueblo que hoy sufre dolores profundos ante centenares de muertos y desaparecidos, con las protestas, y familias confrontadas en medio de odio y tanto rencor, etc., tiene ante sí la oportunidad de implorar la intervención Divina y acudir una vez más a las plantas de su amada Señora, Madre de Misericordia: «Acudamos siempre a las plantas de esta dulcísima Reina si queremos salvarnos con toda seguridad. Y si nos espanta y desanima la vista de nuestros pecados, entendamos que María ha sido constituida Reina de la misericordia para salvar con su protección a los mayores y más perdidos pecadores que a ella se encomiendan» (San Alfonso, Las Glorias de María).

Así pues, mis estimados hermanos y hermanas, llevemos nuestro corazón y nuestra vida toda a los pies de Dios por manos de María Inmaculada. Llevemos a nuestras familias en busca del amor de Dios que seguramente Él se nos dará sin reservas ni atrasos si le procuramos con humildad…, lo encontraremos y lo saborearemos. Porque el Señor Jesucristo es quien debe y quiere reinar en el hogar familiar, ya que Él concede la sabiduría necesaria para pensar y actuar en los momentos más críticos y duros que estamos viviendo, pues sin Él nada podemos hacer (Cfr. Juan 15:5); y donde está el Hijo está la Madre. Si usted es padre o madre de familia vale mucho la pena revisar la propia vida, quizá usted mismo esté necesitando a Dios y la dulzura de la Virgen en su hogar en estos momentos. Recuerde que: «Allí donde la Virgen habita, el diablo no entra en esa casa. Donde está la Madre, la perturbación no prevalece, el miedo no vence» (Cfr. Papa Francisco, domingo 28 de enero de 2018, Homilía en Roma). Con profunda humildad, este día de “gritería”, acudamos a la Reconciliación con Dios y al refugio y amparo seguro de nuestra Madre del Cielo, viviendo estas fiestas con el genuino sentido penitencial de sus más hermosos inicios pues: “Penitencia no es tristeza, es el júbilo de ser amado por Dios y de ser perdonados, por lo tanto, es una fiesta lo que nosotros celebramos en honor a la Madre […]. Ella nos libró en aquella ocasión de la furia del Cerro Negro, le prometimos acudir como hijos fieles a su intercesión; lo seguimos haciendo y espero que así sea siempre para que podamos beneficiarnos de la intervención amorosa de la Virgen hacia su Divino Hijo” (Monseñor César Bosco Vivas, obispo de la Diócesis de León, Homilía de 2017 en La Gritería Chiquita).