Queridos hermanos en Cristo.

El día de hoy seguimos hablando acerca de nuestro fundador, San Alfonso María de Ligorio, esperando siempre que estas lecturas y el conocimiento de su vida sea de gran provecho espiritual para ustedes.  En esta ocasión quiero compartirles, amados lectores, sobre su devoción tan grande y profunda a la Virgen María.

Entre las más de 111 obras que San Alfonso escribió, se encuentra entre una de las más monumentales, el libro titulado Las Glorias de María, en el cual deja ver su profundo amor a la Virgen Santísima.  San Alfonso vivía de la “santa obsesión” de dar a conocer, lo más que se pudiera, el amor a Jesucristo y el amor a la Santísima Virgen, todo esto con la intención de que las almas, amando a Dios y a la Virgen, se santifiquen y se salven.

Hay unas palabras de San Alfonso que escribe en las primeras páginas de Las Glorias de María, en las que expresa qué lo movía a escribir esta obra: «la devoción que me ha movido a escribir este libro y ahora te mueve a ti a leerlo, nos hacen hijos afortunados de esta buena Madre; si acaso oyes que me he fatigado en vano componiéndolo, habiendo ya tantos y tan celebrados libros que tratan del mismo asunto, responde  -te lo ruego-  con las palabras que dejó escritas el Abad Francón en la biblioteca de los Padres: que “alabar a María es una fuente tan abundante que cuanto más se saca de ella tanto más se llena, y cuanto más se llena tanto más se difunde”. 

 Viene a decir que esta Virgen bienaventurada es tan grande y sublime, que por más alabanzas que se le hagan, muchas más le quedan por recibir.  De tal manera que, al decir de san Agustín, “no bastan para alabarla como se merece las lenguas de todos los hombres, aunque todos sus miembros se convirtieran en lenguas”».

San Alfonso María de Ligorio infundía piedad profunda a la Virgen María en todos sus fieles.  No tenía reparo alguno en encomendar a los pecadores a esta Santísima Madre, confiándole a ella su conversión.  Afirmaba que «quien todos los días se encomiende a la Virgen María, por muy pecador que sea, no morirá sin alcanzar de Jesucristo la gracia de una buena muerte», porque una Madre nunca va a dejar desamparado a un hijo que le suplica, por muy malo que este sea.  San Alfonso afirma, en continuidad con lo anterior, que «un verdadero devoto de la Virgen María no podría condenarse».

Se cuenta en las historias de San Alfonso, que en las Santas Misiones que predicaba, el sermón favorito que se deleitaba en predicar era el que hablaba de la Virgen María.  Si en todas sus prédicas era elocuente y profundo, en los momentos de predicar sobre la Virgen se transformaba en un “seráfico león”.  Y esto es porque hablar maravillas de la Madre siempre será el más grande honor para quien la ama.

Finalmente les comparto la imagen de la Virgen María que acompaña este artículo, la cual fue pintada por la mano de nuestro santo.  Así mismo les comparto una bellísima y sencilla jaculatoria que San Alfonso solía decir con mucha frecuencia, la cual les invito a rezar constantemente: «MADRE MÍA, HAZME AMAR A JESUCRISTO, ¡PARA SIEMPRE Y SIN RESERVA!».

¡Dios les bendiga!

                                                                                                                                                             Padre Agustín Pelayo, C.SS.S.