Hna. María del Socorro Becerra Molina, hmsp
En el Evangelio de San Juan la misión tiene un lugar muy importante.

El mismo Evangelio nos muestra que el discipulado empieza con una mirada profunda del Señor Jesús. Sus primeros seguidores se dejaron mirar por Él (cf. Jn 1, 38. 42. 47. 48). Por algo los griegos quieren “ver a Jesús”. Conviene aclarar que no es el discípulo el que primero ve al Maestro, sino que es Él quien mira a su seguidor y lo conquista con esa mirada. Los aspirantes al discipulado deben dejarse mirar por Jesús, primero, y después verlo y seguirlo. Las cosas cambian cuando el hombre se deja ver por Dios, es decir, cuando no se oculta en su maldad, en su miedo, en su desgracia, y se da la oportunidad de ponerse frente a su Dios. Éste es el primer paso para conocer y amar a Dios, por eso no se puede convencer de la existencia de Dios a quien no se deje mirar por Él.
El verdadero seguimiento no se verifica en lo que alguien predica de Cristo, sino en lo que Cristo va haciendo en la vida de esa persona. Si no hay experiencia no hay camino y, al no haber camino, no hay vida ni verdad, nos dice el Papa Benedicto XVI. Esto es lo que pasa en nuestro mundo: al no tener experiencia de Dios, muchos no saben cuál es el camino que deben seguir; al no amar la verdad, cada quien defiende sus propios presupuestos; al no tener amor por la vida, no hay razón de ser. A causa de esto, se infravaloran la justicia, la libertad, la dignidad, la fraternidad y la solidaridad, y el individualismo egoísta, el materialismo, el relativismo moral, el utilitarismo, la moral personal, las satisfacciones subjetivas y pasajeras son puestas en primer lugar.

El verdadero discípulo tiene la certeza de que va detrás de alguien que ha visto y experimentado, por eso le resulta fácil obedecer a su Maestro que le ordena: “Id, pues, y haced discípulos a todas las gentes bautizándolas en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo” (Mt 28, 18). Ha dicho el Papa Benedicto XVI: “seguirlo, vivir en intimidad con Él, imitar su ejemplo y dar testimonio” son cosas inseparables. En la misma línea está la Evangelii Nuntiandi: “es impensable que un hombre haya acogido la Palabra y se haya entregado al reino sin convertirse en alguien que a su vez da testimonio y anuncia” (24).

Cada hombre es para su tiempo. A los discípulos-misioneros de hoy nos toca escuchar el grito desgarrador de los que –en medio del silencio ahogado en la injusticia, corrupción, dolor, tristeza, depresión, amenaza– no han visto el rostro de Dios. Desde la Iglesia, la policía, la cultura, los medios de comunicación, las legislaciones, las instituciones educativas, los medios artísticos y ámbitos de diversión hagamos ver a nuestros hermanos que es posible tener contacto con Dios, brindando así la oportunidad de manifestar lo que encontramos en la mirada de Dios: camino, amor, plenitud de vida y salvación.