P. Ezequiel Buenfil, C.SS.S.
Ya
en vísperas de este hermoso evento, nuestro corazón se conmueve ante la Sagrada
Escritura: «Recibiréis la fuerza del Espíritu Santo, que vendrá sobre vosotros,
y seréis mis testigos»[1]. Pues
sí, hermanos míos, por supuesto que sí… Ella, la Virgen María, la dulce Madre
del Señor Jesús, sigue cobijándonos bajo su manto y como lo hizo con los
primeros discípulos golpeados por la tristeza y tentados por la desesperanza,
al ver morir en el Calvario al Divino Maestro, Ella, nos anima y consuela en
nuestra vida con su testimonio de fe, de confianza para que no nos desesperemos
y confiemos que las promesas de Su Hijo Jesús, príncipe de la Paz, se dejarán
notar con poder y con gloria[2].
En
la actualidad de nuestra amada Nicaragua, ante la realidad dolorosa que nos
rodea, de heridas y tristeza, hay quienes pueden sentir dificultades de
identificarse como parte de una comunidad cristiana por la diferencia de
opiniones. Su identidad y pertenencia a Cristo, Pastor único y amantísimo, se
ha visto golpeada por los conflictos sociopolíticos y por la ausencia de amor;
por lo que el individualismo existente se recrudece siendo capaz de confrontarnos
y dividirnos, transformando nuestras Comunidades en un simple grupo frio que se
reúne en torno de la Mesa del Señor. Se corre el riesgo, por tanto, de que nuestros
grupos o pastorales no formen una verdadera Comunidad, más bien especies de “clubs”,
simples grupos de personas que no son conscientes de formar parte de un sólo
Cuerpo Místico, hermanos y hermanas con necesidad de hacer fuertes en el amor
de Dios los lazos que nos unen al estar injertados en la Cabeza: Cristo[3].
Pero
ante el drama de la realidad nicaragüense, hoy más que nunca, hemos de construir
Comunidad. Sabernos Hermanos, que valoramos nuestras aptitudes a pesar de
nuestras diferencias, de reconocernos como miembros de la GRAN FAMILIA DE DIOS,
hijos de un mismo Padre de la Misericordia, de una misma Madre del Amor (la
Virgen María), comiendo de la misma Mesa (alimentados del Cuerpo y Sangre de
Cristo), experimentando y practicando el perdón (en el sacramento de la
Reconciliación), sanando de nuestras heridas producidas por el odio, el rencor
y la violencia en un mismo hospitalito: LA IGLESIA que Jesús fundó[4]. «Preguntémonos hoy: ¿Cuánto amo a la
Iglesia? ¿Rezo por ella? ¿Me siento parte de la familia de la Iglesia? ¿Qué
hago para que sea una Comunidad donde todos se sientan acogidos y comprendidos,
que sientan la misericordia y el amor de Dios que renueva la vida? La fe es un
don y un acto que nos toca personalmente, pero Dios nos llama a vivir nuestra
fe juntos, como una familia, como Iglesia[5]».
Efectivamente,
la Iglesia es un pequeño hospital en campaña de heridos[6], donde
es patente la necesidad de sanación del pecado. Es urgente sanar con la gracia
y el amor de Dios tanto dolor[7].
En nuestro corazón, en cada uno de nosotros, al instante en que recibimos el
perdón, cuando la Misericordia Divina se hace presente, algo se rompe y se
derrumba en lo más profundo; pues nos encontramos ante Dios con un corazón
contrito y humillado[8].
Entonces,
este CONGRESO MARIANO ya en puerta, nos ayudará a valorar e imitar el
testimonio firme de María Santísima, máxima realización de la existencia
cristiana[9], primera
discípula, que no solamente encarna la Palabra (al Dios-humanado) en su corazón
y en su vientre puro y virginal[10], sino
que la hace llegar a los más pobres, sencillos y necesitados como lo hizo con
su prima Isabel[11].
«María, con su fe, llega a ser el primer miembro de la comunidad
de los creyentes en Cristo»[12],
por lo que este tiempo del Congreso ha de ser un tiempo de imitar la fe de
María Santísima; es un tiempo de gracia y bendición, donde hemos de recordar que,
aunque nuestro mundo viva
con muchas clases de miedo y temor, siempre está presente en el corazón humano
la sed por Dios, el anhelo de la auténtica alegría, el amor y la unidad… y esa
unidad solamente se puede encontrar en el corazón amantísimo de Cristo, al que
se llega a través de la ternura de Su Madre. Mirando al Corazón de Cristo
encontramos, inmediatamente a su lado, o mejor dicho dentro, el Corazón de
María que late al unísono con el del Hijo. Dos corazones inseparables, dos
dulces corazones que palpitan de amor: Jesús y María!!![13]
No
dudemos nunca, estimados hermanos y hermanas que, nosotros también somos hijos
muy queridos de María Santísima, porque le hemos costado excesivos dolores.
Nosotros somos esos hijos por los cuales Ella, para obtenernos la vida de la
gracia, ha tenido que sufrir el martirio de ofrecer la vida de su amado Jesús,
aceptando, por nuestro amor, el verlo morir a fuerza de tormentos[14]. Testifiquemos
pues, con deseo de conversión en nuestras comunidades lastimadas, impulsados
por el amor a Dios de nuestra Madre, amándonos como el mismo Jesús nos amó, haciendo
vida el supremo mandamiento divino[15];
pues estamos orientados a Cristo por medio de María y esta realidad hace que el
cristiano pueda también vivir en plenitud su relación con la Iglesia, que es
Cuerpo místico de Cristo. Atrevámonos a soñar y a trabajar porque nuestras
estructuras eclesiales sean un cauce para la Misión, y que a pesar de nuestras
diferencias, como la GRAN FAMILIA DE DIOS, demos a conocer el amor
Misericordioso de Dios, en medio de un mundo herido[16].
Nos
anime pues María, nuestra dulce Madre, como primera discípula, fiel y orante
ante el dolor, que medita en su corazón las cosas que humanamente no comprende[17], que
sufre paciente frente a la cruz, pero permanece de pie y sin desfallecer, llena
de esperanza aguardando con confianza absoluta el cumplimiento de las promesas,
el triunfo del bien sobre el mal[18]…,
que la Inmaculada nos dé un nuevo impulso frente al dolor que vivimos en este
valle de lágrimas, como reza La Salve… y la esperanza ante la inminente RESURRECCIÓN
AL TERCER DÍA!!!
[1] Hch 1,8.
[2] Cfr. Hch 1,14.
[3] Cfr. Ef. 1,22
[4] Cfr. Mt 16,18.
[5] Cfr. SS Francisco. La
Iglesia como familia de Dios. Catequesis
Misterio de la Iglesia. 29 de mayo de 2013.
[6] Homilía en Santa
Marta, 2015/02/05.
[7] Cfr. Rom 5,8.
[8] Cfr. Salmo 51.
[9] Cfr. DA 266.
[10] Cfr. Is 7,14; Lc
1,31,
[11] Cfr. Lucas 1,39-45.
[12] Cfr. DA 266.
[13] Cfr. Benedicto XVI. Homilía 3 de abril 2006,
durante la solemne concelebración Eucarística en el primer aniversario de la
muerte del Papa Juan Pablo II: “El Totus Tuus es una experiencia espiritual y
mística, una vida orientada completamente a Cristo por medio de María: ‘ad
Iesum per Mariam’.”
[14] Cfr. San Alfonso
María de Ligorio, Las glorias de María,
(4. María nos ama por ser fruto de su dolor), 15.
[15] Cfr. Juan 13,34.
[16] Cfr. EG n. 27
[17] Cfr. Lc. 2,19.
[18] Cfr. Jn 19, 25.

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