P. Ezequiel Buenfil, C.SS.S.

Amadísimos hermanos, aquí en nuestra Diócesis de León, con mucho anhelo se espera EL CONGRESO MARIANO del 18 al 25 de noviembre. El lema es: “María, signo de segura esperanza, de comunión con Cristo y reconciliación fraterna”.

Ya en vísperas de este hermoso evento, nuestro corazón se conmueve ante la Sagrada Escritura: «Recibiréis la fuerza del Espíritu Santo, que vendrá sobre vosotros, y seréis mis testigos»[1]. Pues sí, hermanos míos, por supuesto que sí… Ella, la Virgen María, la dulce Madre del Señor Jesús, sigue cobijándonos bajo su manto y como lo hizo con los primeros discípulos golpeados por la tristeza y tentados por la desesperanza, al ver morir en el Calvario al Divino Maestro, Ella, nos anima y consuela en nuestra vida con su testimonio de fe, de confianza para que no nos desesperemos y confiemos que las promesas de Su Hijo Jesús, príncipe de la Paz, se dejarán notar con poder y con gloria[2].

En la actualidad de nuestra amada Nicaragua, ante la realidad dolorosa que nos rodea, de heridas y tristeza, hay quienes pueden sentir dificultades de identificarse como parte de una comunidad cristiana por la diferencia de opiniones. Su identidad y pertenencia a Cristo, Pastor único y amantísimo, se ha visto golpeada por los conflictos sociopolíticos y por la ausencia de amor; por lo que el individualismo existente se recrudece siendo capaz de confrontarnos y dividirnos, transformando nuestras Comunidades en un simple grupo frio que se reúne en torno de la Mesa del Señor. Se corre el riesgo, por tanto, de que nuestros grupos o pastorales no formen una verdadera Comunidad, más bien especies de “clubs”, simples grupos de personas que no son conscientes de formar parte de un sólo Cuerpo Místico, hermanos y hermanas con necesidad de hacer fuertes en el amor de Dios los lazos que nos unen al estar injertados en la Cabeza: Cristo[3].

Pero ante el drama de la realidad nicaragüense, hoy más que nunca, hemos de construir Comunidad. Sabernos Hermanos, que valoramos nuestras aptitudes a pesar de nuestras diferencias, de reconocernos como miembros de la GRAN FAMILIA DE DIOS, hijos de un mismo Padre de la Misericordia, de una misma Madre del Amor (la Virgen María), comiendo de la misma Mesa (alimentados del Cuerpo y Sangre de Cristo), experimentando y practicando el perdón (en el sacramento de la Reconciliación), sanando de nuestras heridas producidas por el odio, el rencor y la violencia en un mismo hospitalito: LA IGLESIA que Jesús fundó[4]. «Preguntémonos hoy: ¿Cuánto amo a la Iglesia? ¿Rezo por ella? ¿Me siento parte de la familia de la Iglesia? ¿Qué hago para que sea una Comunidad donde todos se sientan acogidos y comprendidos, que sientan la misericordia y el amor de Dios que renueva la vida? La fe es un don y un acto que nos toca personalmente, pero Dios nos llama a vivir nuestra fe juntos, como una familia, como Iglesia[5]».

Efectivamente, la Iglesia es un pequeño hospital en campaña de heridos[6], donde es patente la necesidad de sanación del pecado. Es urgente sanar con la gracia y el amor de Dios tanto dolor[7]. En nuestro corazón, en cada uno de nosotros, al instante en que recibimos el perdón, cuando la Misericordia Divina se hace presente, algo se rompe y se derrumba en lo más profundo; pues nos encontramos ante Dios con un corazón contrito y humillado[8].
Entonces, este CONGRESO MARIANO ya en puerta, nos ayudará a valorar e imitar el testimonio firme de María Santísima, máxima realización de la existencia cristiana[9], primera discípula, que no solamente encarna la Palabra (al Dios-humanado) en su corazón y en su vientre puro y virginal[10], sino que la hace llegar a los más pobres, sencillos y necesitados como lo hizo con su prima Isabel[11]. «María, con su fe, llega a ser el primer miembro de la comunidad de los creyentes en Cristo»[12], por lo que este tiempo del Congreso ha de ser un tiempo de imitar la fe de María Santísima; es un tiempo de gracia y bendición, donde hemos de recordar que, aunque  nuestro mundo viva con muchas clases de miedo y temor, siempre está presente en el corazón humano la sed por Dios, el anhelo de la auténtica alegría, el amor y la unidad… y esa unidad solamente se puede encontrar en el corazón amantísimo de Cristo, al que se llega a través de la ternura de Su Madre. Mirando al Corazón de Cristo encontramos, inmediatamente a su lado, o mejor dicho dentro, el Corazón de María que late al unísono con el del Hijo. Dos corazones inseparables, dos dulces corazones que palpitan de amor: Jesús y María!!![13]

No dudemos nunca, estimados hermanos y hermanas que, nosotros también somos hijos muy queridos de María Santísima, porque le hemos costado excesivos dolores. Nosotros somos esos hijos por los cuales Ella, para obtenernos la vida de la gracia, ha tenido que sufrir el martirio de ofrecer la vida de su amado Jesús, aceptando, por nuestro amor, el verlo morir a fuerza de tormentos[14]. Testifiquemos pues, con deseo de conversión en nuestras comunidades lastimadas, impulsados por el amor a Dios de nuestra Madre, amándonos como el mismo Jesús nos amó, haciendo vida el supremo mandamiento divino[15]; pues estamos orientados a Cristo por medio de María y esta realidad hace que el cristiano pueda también vivir en plenitud su relación con la Iglesia, que es Cuerpo místico de Cristo. Atrevámonos a soñar y a trabajar porque nuestras estructuras eclesiales sean un cauce para la Misión, y que a pesar de nuestras diferencias, como la GRAN FAMILIA DE DIOS, demos a conocer el amor Misericordioso de Dios, en medio de un mundo herido[16].
Nos anime pues María, nuestra dulce Madre, como primera discípula, fiel y orante ante el dolor, que medita en su corazón las cosas que humanamente no comprende[17], que sufre paciente frente a la cruz, pero permanece de pie y sin desfallecer, llena de esperanza aguardando con confianza absoluta el cumplimiento de las promesas, el triunfo del bien sobre el mal[18]…, que la Inmaculada nos dé un nuevo impulso frente al dolor que vivimos en este valle de lágrimas, como reza La Salve… y la esperanza ante la inminente RESURRECCIÓN AL TERCER DÍA!!!



[1] Hch 1,8.
[2] Cfr. Hch 1,14.
[3] Cfr. Ef. 1,22
[4] Cfr. Mt 16,18.
[5] Cfr. SS Francisco. La Iglesia como familia de Dios. Catequesis Misterio de la Iglesia. 29 de mayo de 2013.
[6] Homilía en Santa Marta, 2015/02/05.
[7] Cfr. Rom 5,8.
[8] Cfr. Salmo 51.
[9] Cfr. DA 266.
[10] Cfr. Is 7,14; Lc 1,31,
[11] Cfr. Lucas 1,39-45.
[12] Cfr. DA 266.
[13]  Cfr. Benedicto XVI. Homilía 3 de abril 2006, durante la solemne concelebración Eucarística en el primer aniversario de la muerte del Papa Juan Pablo II: “El Totus Tuus es una experiencia espiritual y mística, una vida orientada completamente a Cristo por medio de María: ‘ad Iesum per Mariam’.”
[14] Cfr. San Alfonso María de Ligorio, Las glorias de María, (4. María nos ama por ser fruto de su dolor), 15.
[15] Cfr. Juan 13,34.
[16] Cfr. EG n. 27
[17] Cfr. Lc. 2,19.
[18] Cfr. Jn 19, 25.