Amadísimos hermanos en Cristo Jesús.

Para mí es un verdadero gusto escribir nuevamente estas breves líneas para seguirles hablando acerca del Santo Fundador de los Padres Redentoristas, y, por lo tanto, fundador e inspirador de la espiritualidad propia de los Misioneros Consagrados del Santísimo Salvador.  Ustedes ya saben que nos referimos al gran San Alfonso María de Ligorio, Doctor de la Iglesia y Patrono Celestial de Moralistas y Confesores.

En esta ocasión quiero compartirles un poco acerca de otra de las más de ciento once obras de San Alfonso, la cual se titula El Gran Medio de la Oración.  Este es uno de los grandes libros de San Alfonso que ha hecho muchísimo bien a las almas.  En esta obra el Santo Doctor nos explica y demuestra cuan necesario es para todos fieles católicos el hacer con muchísima frecuencia la oración de petición, pues de ella depende nuestra propia salvación.  En esta monumental obra, San Alfonso  -apoyándose en la autoridad de San Agustín, Santo Tomás de Aquino y otros muchos santos-  sostiene, con base en la Sagrada Escritura, que al que pide se le da, al que toca se le abre, y el que busca encuentra; y afirma que cuando nuestro Señor Jesús nos dice: ¡Pidan… toquen… busquen…! (cfr. Mt. 7, 7), lo que está haciendo es ordenarnos que lo hagamos, no nos lo está sugiriendo simplemente.  Por lo tanto, peca gravemente quien no tiene una vida de oración.

Una cosa muy importante que San Alfonso enseña en este libro es la necesidad de suplicarle al Señor en la oración que nos conceda LA GRACIA DE LA PERSEVERANCIA FINAL.  ¿Qué significa esta gracia?  Pues es nada más y nada menos que la gracia que más necesitamos para nuestra salvación.  La gracia de la perseverancia final es la ayuda divina para no caer en el pecado mortal, manteniéndonos siempre en amistad y comunión con Dios.  Es la gracia de no separarnos de Cristo, manteniéndonos fieles a Él.  Sin esa gracia es prácticamente imposible que nos salvemos y San Alfonso afirma que esta gracia Dios se la concede sólo a quien se la pide con humildad e insistencia.  Por eso llega a afirmar que «el que reza se salva, y el que no reza se condena».  Y esto es muy cierto, porque pedir es signo de humildad.  Y el que pide recibe (Mt. 7, 7).  Si nosotros no pedimos es signo de que no nos interesa obtener, y eso es soberbia, así que el Señor quiere que recemos mucho para salvarnos.  A continuación, les transcribo un pequeño fragmento de esta obra de San Alfonso:

«Diremos, pues, con San Agustín, que no sabrá vivir bien aquel que no sepa rezar bien.  Lo mismo afirma San Francisco de Asís cuando asegura que no puede esperarse fruto alguno de un alma que no hace oración.  Injustamente, por tanto, se excusan los pecadores que dicen que no tienen fuerzas para vencer las tentaciones.  ¡Qué atinadamente les responde el Apóstol Santiago cuando les dice: Si las fuerzas les faltan, ¿por qué no se las piden al Señor? ¿No las tienen? Señal es de que no las han pedido. …Débiles somos, pero Dios es fuerte, y, cuando lo invocamos, Él nos comunica su misma fortaleza y entonces podemos decir con el Apóstol: Todo lo puedo con la ayuda de Aquel que es mi fortaleza…».

Así que pidamos siempre y con constancia la gracia divina de nuestro Señor, a través del gran medio de la oración.  Dios les bendiga, amados lectores, y hasta muy pronto.

Afectuosamente en Jesús y María,
Padre Agustín Pelayo, C.SS.S.