Por: Hermano Alberto, C.SS.S.

Amado hermano en Cristo una vez más nos encontramos por este medio para compartir las enseñanzas de nuestro santo, Alfonso María de Ligorio, que por asistencia del Espíritu Santo de Dios nos da las luces necesarias para poner en práctica en medio de nuestro caminar diario por este mundo lleno de confusiones y tribulaciones. Para así alcanzar la gloria eterna que nuestro Dios nos ha prometido por medio de su querido hijo.

            Meditemos en nuestra realidad actual, una realidad tristemente dramática que nos pone a pensar  en qué es lo que debemos hacer y cómo debemos actuar ante múltiples situaciones que nos ponen la espalda contra la pared. Pero ¿A qué realidad nos referimos?  A la realidad que aqueja a nuestra Iglesia Católica desde siglos remotos y lamentablemente hasta hoy en día, sin embargo no debemos desfallecer en nuestra fe y creámosle a Jesús recordando aquellas palabras de (Mateo, 16,18-25) con las que se dirigió a uno de sus apóstoles: “Mas yo también te digo que tú eres Pedro, sobre esta piedra edificaré mi Iglesia; y las puertas del infierno no prevalecerán contra ella”. Escuchar esto debe ser motivo de alegría y esperanza sabiendo que el Señor está del lado de la verdad, rechazando toda calumnia que no es más que artimaña del maligno. Y atender a la invitación que nuestro santo del siglo de las luces, Alfonso de Ligorio con ese espíritu inflamado por el amor de Dios y la salvación de las almas que lo caracteriza, nos recomienda: al recordarnos que «Cristo ha prometido el cielo a los humildes, a aquellos que en este mundo son despreciados y perseguidos: Él mismo lo dice: ‘bienaventurados’ cuando los maldigan y los persigan, porque tendrán una gran recompensa en los cielos; por eso los humildes son ya felices desde esta vida. Aprendan de Mí nos dice el Divino Salvador, que soy manso y humilde de corazón, y encontrarán la paz para sus almas.

El soberbio no puede tener paz, porque aun cuando se le da todo el honor que merece, no está satisfecho, porque ve a otros más honrados que él; siempre le queda algún honor por conquistar, y cuando no lo conquista, le causa una gran tristeza el honor que le falta y así se olvida de la alegría que le pudo causar lo que ya posee.»  Que estas palabras de aliento y ánimo sean nuestro oasis en medio del inmundo desierto de dolor, de mentiras y divisiones de aquel león rugiente que ronda buscando a quien devorar, el cual debemos resistir solamente estando firmes en nuestra fe (1 Pedro, 1,13).

            Querido hermano si alguna vez hemos sido causa de división y fomento de odio hacia la Iglesia santa de Dios, con nuestras actitudes y diferencias te invito a pedir perdón. Nunca es tarde para reconciliarnos con Dios por medio de su Iglesia que es santa, católica y apostólica. El tiempo nos apremia y ya es hora de que nos dejemos sumergir en la misericordia de Dios; evidentemente confiando en la paciencia que siempre nos concede tiempo para reflexionar sobre nuestras acciones en esta vida, y que nuestros actos vayan siempre encaminados al bien y a la luz de la verdad, para llevar una vida recta en la que como lo dijo San José de Calasanz: “si queremos ser santos hay que ser humanos, pero si queremos ser muy santos hay que ser muy humanos”. Es decir que nuestro obrar diario sea con caridad en busca del bien común y así tengamos por seguro que el funcionamiento de una sociedad será mucho más próspera, sin guerras, sin maltrato y violaciones a los derechos humanos, donde el respeto y los buenos valores sean nuestras armas para combatir los malos hábitos que atentan contra el bienestar y la calma.

Que nuestra Madre María Santísima interceda por el mundo especialmente por su bella nación de Nicaragua para que Dios nos conceda la paz anhelada. Amén