Hna. María José, C.SS.S
Toda vocación surge
exclusivamente por iniciativa divina: «No me habéis elegido vosotros a mí, sino
que yo os he elegido a vosotros» (Jn 15, 16). Y es, ante todo, un don que hay
que agradecer diariamente a Dios. No es Dios quien debe estar agradecido a aquel
o aquella a quien llama porque lo escucha y secunda su llamada, sino al revés.
Quien considera su vocación a la vida consagrada solo desde el lado de las
renuncias que comporta, se incapacita para reconocer el gran don que supone ser
llamado a seguir de cerca al Señor. Porque, efectivamente, la vocación es un
regalo, una gracia.
El Concilio Vaticano II indicó: «siendo la norma última de
la vida religiosa el seguimiento de Cristo tal como se propone en el Evangelio,
ese seguimiento ha de ser tenido por todos los institutos como regla suprema»
(PC 2).
La llamada a seguir a Jesucristo
mediante la consagración religiosa es, en el fondo, idéntica a la que sintieron
los primeros discípulos a quienes invitó a ir en pos de él, a compartir su vida
y su misión y a prolongarla después en el mundo. Los religiosos, o más en
general, los consagrados se sienten impelidos a secundar la llamada de Dios de
manera especial y a convertir el seguimiento en su norma última, en su regla
suprema, en su máxima regla y en la más segura norma de vida.
Desde
el seguimiento de Cristo cobran significado todos los elementos que configuran
la vida consagrada. Los consagrados, con su particular modo de vivir los
valores evangélicos o de seguir a Cristo, encarnan las mismas actitudes y el mismo
estilo de vida que vivió el Señor. Representan ¾o hacen presente¾ la vida de Cristo: su
virginidad, su pobreza, su actitud de absoluta entrega a los planes del Padre.
De este modo, su vida se convierte en un signo eminente que invita a todos los
hombres a ser discípulos desde su propio don vocacional recibido en el bautismo.
El seguimiento de
Jesucristo es la clave de interpretación de toda la vida y modo de actuar de
los consagrados. El seguimiento representa el valor fundamental a partir del
cual cobran sentido todas las demás realidades de su existencia. Y esto de tal
suerte que puede afirmarse de ellos, en verdad, que son lo que son (castos,
pobres, obedientes, etc.) y llevan a cabo lo que realizan (el anuncio del
Evangelio o cualquier otra misión) porque
siguen a Jesucristo.

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