El término «carisma» proviene
del griego (charis) y hace referencia a un objeto u operación que Dios regala a los seres humanos y que les provoca
bienestar. De la misma raíz vienen las palabras «gratis, gratuito,
gracia, gracioso» y «caridad». Siempre se refieren a dones generosos por parte
de Dios e inmerecidos por parte del hombre.
En
todo el Antiguo Testamento, muchos personajes reciben el don del Espíritu, con
lo que son investidos de una fuerza que les capacita para realizar una misión a
favor del pueblo (Jc 11, 29; 1Sam 11, 26; etc.). En el Nuevo Testamento, San
Pedro utiliza el término una vez: «Cada uno ha recibido su don. Ponedlo
al servicio de los demás, como buenos administradores de los carismas recibidos
de Dios» (1 Pe 4, 10). San Pablo lo usa 16 veces para hablar de
aquellas capacidades particulares que Dios reparte entre los creyentes para el
bien de la comunidad y para la extensión de la misma Iglesia. Son manifestación
de la única gracia que el Padre nos ofrece por Cristo en el Espíritu de manera
generosa y gratuita y que se diversifica en cada persona singular. Para S.
Pablo, el criterio último y definitivo, que nunca puede faltar, es la «caridad»,
la que de verdad impulsa el crecimiento continuo y ordenado de la Iglesia hasta
la medida del hombre perfecto, que es Cristo. Los demás carismas pueden ser
pasajeros o permanentes, normales o extraordinarios, pueden aparecer unos y
desaparecer otros según las capacidades de los individuos y las necesidades de
las personas, pero todos estamos llamados a vivir la plenitud del amor.

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