Por: Hno. José Alberto,C.SS.S
Amado hermano en la fe, reciba un
cordial saludo y muchas bendiciones para usted y los suyos. Hemos iniciado un
tiempo providencial para nuestra vida, un tiempo en el que nuestro Señor nos
hace la invitación para encontrarnos con él, mediante una preparación no
solamente corporal sino también espiritual, y nada mejor que meditar guiados
bajo la luz del Espíritu Santo y la sabiduría que le concedió a nuestro santo
Alfonso María de Ligorio quien nos comparte aquellas enseñanzas que no son sino
las mismas enseñanzas del Divino Maestro, nuestro Señor Jesucristo.
¡Exacto amado hermano! Estamos
hablando del tiempo de Adviento, este tiempo litúrgico en nuestra amada Iglesia
católica, muy propicio en el cual se nos invita a prepararnos para el
advenimiento de nuestro Divino Salvador y poder celebrar con alegría y gozo,
pero también con pureza de corazón la natividad del Verbo de Dios hecho hombre,
que ha querido venir al mundo por amor y mostrarnos el rostro del Padre. Muy
lamentablemente en nuestra realidad actual nos preocupa mucho la “preparación”
corporal y material, nos preocupa nuestro vestuario, los regalos, la cena de
navidad, el adorno del hogar, entre otras muchas cosas que son importantes pero
no indispensables, estas cosas muchas veces desvían el sentido de la verdadera
preparación que debería preocuparnos mucho más, es decir nuestra alma, nuestro
corazón; en otras palabras lo espiritual, esta parte
interior de nuestro ser, que lastimosamente hemos convertido en un recipiente
de toda la basura, de todo el pecado que nos ofrece el mundo, de aquellos
sentimientos de odio, envidia, venganza etcétera, que siempre desemboca en
soberbia que ciega nuestra alma haciéndonos jueces de las acciones de los otros
pero no de nosotros mismos y nos hacemos carnada fácil del pecado y la
tentación, y una vez sumergidos nos será difícil salir.
Para esto San Alfonso nos da la
siguiente recomendación: «Si tuvieras la desgracia de caer en pecado, o ser
vencido por un defecto, no te dejes llevar de la desconfianza, sino más bien
humíllate y arrepiéntete, y conociendo una vez más tu debilidad, abandónate con
mayor confianza en el Señor.
El irritarse contra sí
mismo después de haber caído no es humildad,
sino soberbia, que nos hace maravillarnos de que hayamos podido caer en aquel
pecado; es soberbia y es artificio del demonio, que pretende hacernos abandonar
el camino de la perfección por la desconfianza de poder llegar a alcanzarla y,
consiguiendo eso, nos va luego precipitando en mayores pecados. Precisamente
entonces es cuando más debemos confiar en el Señor. Si se ven pues hermanos míos, caídos en algún pecado no
permanezcan así; levántense sin demora en un acto de arrepentimiento y de amor,
prometan la enmienda y aumenten la confianza en Dios.»
Hermano, todos cometemos errores y nos equivocamos pero para Dios nunca
es tarde y nos espera siempre con los brazos abiertos; pidamos perdón por
nuestras faltas y tengamos siempre en cuenta que la oración es el principal
medio en la lucha contra las tentaciones. Por eso el Señor Jesús nos dio esta
orden: “Vigilen y oren para no caer en tentación (Mt. 26, 41)”. Y por eso
enseñaba San Alfonso María de Ligorio: “El que ora se salva y el que no ora se
condena”. Que este tiempo de misericordia que Dios nos concede para meditar en
nuestra vida, y en nuestras acciones, lo sepamos aprovechar para que como
familia, como hermanos, unánimes celebremos con paz y gozo espiritual sus
maravillas.
Pidiéndole también las gracias necesarias para
purificar nuestro sucio corazón, y sacar toda aquella basura que no sirve y que
sea el AMOR quien nazca y habite en él. Que nuestra Madre María Santísima la
Inmaculada Concepción, interceda ante Dios por nosotros, nos ayude a ser
humildes y nos otorgue su protección.

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