El primer mandamiento nos llama a todos los católicos
a poner en primer lugar a Dios en todo lo que hacemos, pensamos y sentimos. A
creer en Él y amarlo como dice
Deuteronomio 6, 59. Con todo nuestro corazón porque es el único que puede
llenar el vacío que siento en mi alma y con
todas las fuerzas que me quedan por tanto dolor y sufrimiento por estar
alejado de Dios.
Por eso es tan importante darle toda la adoración al único que
lo merece. “Al Señor tu Dios adorarás” (Mt 4,
10). Toda mi atención debe estar
puesta en Dios. Darle gracias por su infinita misericordia, por su bondad
conmigo siervo inútil. Es decir, doblar rodillas y reconocer que necesito de su
ayuda. Entrar en intimidad con Dios y contarle de mis necesidades e intenciones
que guardo en mi corazón. Decirle que me ayude a ser fiel y obediente a su
voluntad.
Sabemos todos que
las tentaciones están a la orden
del día. Por eso es necesario que, demos
culto al verdadero Dios que nos provee de lo necesario. No poner en el lugar de
Dios otros dioses como cosas, personas, lugares que solo me llevan a la muerte
de mi alma.
Cuidar que la
idolatría, la superstición y la adivinación no desvíen mi ida del camino del
Señor. Porque al poner mi fe, mi confianza en estas cosas provocan que desconfíe
del verdadero Dios y caiga en adoración al maligno.
También seamos
cuidadosos de tentar a Dios de palabra o de obra. Aunque hay aquellos que se
atreven a negar la existencia de Dios. A pesar que la misma naturaleza nos
grita que hay un Dios creador de todas las cosas. Se cierran a la verdad y
quieren conocer solo a la luz natural de la razón. Cuando para conocer a Dios
necesitas conocer a luz natural de la
Fe.
Es necesario que
le pidamos a Dios que cada uno de nosotros tengamos un corazón abierto a su voluntad
y amor. Para que nada de este mundo nos confunda y nos aleje de Él.
Queridos hermanos, Jesús dijo: El que me ama, cumple mis mandamientos…
amemos a Dios siempre, que Él
se mantiene fiel siempre al amor que nos profesa.

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