Amadísimos hermanos, mucho me alegra saludarles por este medio y desearles abundante bendición. Quiero citar en este artículo al Papa Francisco, que nos regaló una preciosa homilía el día 01 del mes de enero, en la Solemnidad de la Santísima Virgen María, Madre Dios. El Santo Padre, entre otras cosas dijo: «Hoy es también un día para admirarse delante de la Madre de Dios: Dios es un niño pequeño en brazos de una mujer, que nutre a su Creador»[1].

Efectivamente, en los brazos de la Virgen María está el Rey de reyes, recién venido al mundo, pero que no le recibe[2]. Nace en una gruta, y el torpe pesebre (donde se da de comer a los animales) es su noble cuna, pues no hay posada para Él en lugar alguno[3]. En el portal de Belén, vimos el retrato del Dios que se humilla por amor. Et Verbum caro factum est, es Dios que viene a hacerse hombre para morir por nosotros!!![4] 

Pero no nos confundamos hermanos míos, este Niño Divino que inspira tanta ternura y tembloroso de frio es protegido y calentado en los brazos de su purísima Madre, no es otro que el mismo que el Viernes Santo, treinta y tres años después será injuriado, difamado y crucificado, tratado cual varón de dolores[5]. ¡Tanta belleza del Hijo de María Virgen, el más bello de todos los hombres[6], no se apreciará cuando el odio y la violencia se descarguen sobre Él, pues después de tanta tortura no tendrá aspecto atrayente!!![7] Para no perder de vista el valor de la redención es preciso no separar el Belén del Calvario, pues el largo y silencioso camino de la Virgen, que se inició en el gozoso AMÉN de la Encarnación en Nazaret, encontrará en Jerusalén su coronación en el Calvario, donde Ella, crucificada con Su amadísimo Hijo, con Su Jesús,  contemplará clavado en la cruz con fe heroica al Fruto purísimo de sus entrañas virginales[8].  Por lo que, es totalmente cierto que, María Santísima tiene un papel esencial en mostrarnos el sentido de la cruz, pues ella agoniza con su Hijo en el Calvario. Durante la dolorosísima pasión, consumada con la entrega de la vida del Dios Encarnado. Jesús y María, son dos corazones inseparables que agonizan por amor, que se entregan  y aman sin límites. Una espada atravesaba el corazón de la Virgen[9], con todo el dolor de su corazón amantísimo, junto con Su Hijo, hacía la Voluntad del Padre[10].

Entonces, María, nos enseña a ejemplo de Jesús, todas las virtudes necesarias para afrontar y vencer cualquier clase de mal, y nos lleva a los pies del Santísimo Salvador por varios medios, en medio de un mundo que se afana en creer en el amor porque considera que hay que vivir como en una lucha encarnizada de todos contra todos. Ella, como la más Santa de todas las madres, en medio de los miedos e incertidumbres, así como de cualquier tempestad en la barca de nuestra vida, sabe más que nadie que, aunque parezca imposible, es siempre la presencia viva de Su Hijo la que es capaz de consolar los corazones más abatidos y traer la paz y la calma. Sabe que sólo Él puede traer la victoria final del amor[11].

El cardenal Van Thuan, fallecido en el 2002 (que en el régimen comunista en Vietnam pasó 13 años en la cárcel), narra esta anécdota durante sus días de prisión cuando pudo ingeniárselas para tener a Jesús Sacramentado con él: «La presencia de Jesús Eucaristía cambió la cárcel; la cárcel, que es lugar de venganza, de tristeza, de odio, se había convertido en lugar de amistad, de reconciliación y escuela de catecismo... La presencia de Jesús obraba maravillas. Así, en medio de la soledad y del hambre, un hambre terrible, podíamos sobrevivir. Como podíamos hacíamos una Hora Santa. Así es como fuimos testigos de Jesús en la cárcel... Poco a poco, militares, coroneles, uno tras otro, los budistas y los de otras religiones que, a veces, son fundamentalistas y muy hostiles a los católicos, expresaban su deseo de hacerse católicos»[12].

Amadísimos hermanos, no podemos dejarnos vencer por el odio que azota los corazones de aquellos que en gran parte del mundo le han dicho NO a Cristo. A pesar de las tristezas de esta vida, de las dramáticas realidades actuales hemos de ser testigos del Amor. No podemos olvidarnos que, en medio de las tragedias, María Santísima nos sigue mostrando a Jesucristo, dándonoslo y conduciéndonos a Él. Ella, de manera sublime y excelsa nos convoca con ternura a los pies de Cristo Eucaristía, pues es Madre de la Eucaristía, y ahí, en el Santísimo Sacramento del Altar, es donde con abandono y confianza,


podemos orar para no caer en la tentación del odio, adorar, abandonarnos y dejarnos consolar por la Bondad Infinita de Dios que es Amor mismo[13]. Allí, en la presencia de Jesús Eucaristía escuchamos una vez más las palabras dulces pero que son, a fin de cuentas, un mandato de Madre, que requiere de nuestra total confianza en Jesús: «Hagan lo que Él les diga»[14]... y recordar la promesa del Divino Maestro: «Yo estaré con ustedes todos los días, hasta el fin del mundo»[15].

Pero también, la Mujer del Calvario, que conoce con corazón de Madre los sentimientos más profundos de Su Hijo, nos sigue presentando a Su Jesús que, quiere hacerse presente en nuestras vidas para conquistarnos y no abandonarnos jamás para que, como cristianos sepamos reconocer y abrazar el amor que Dios tiene por nosotros, ese amor que vence el pecado y la muerte[16]. Ella, en medio de las luchas de poder, de ambición, de la mugre del pecado que se manifiesta muchas veces en la corrupción, la mentira y la manipulación, que oprimen y duermen las conciencias…, nos muestra a Jesús amantísimo, de manera existencial y nos lo presenta hoy en las víctimas del calvario social de nuestro tiempo, en los que sufren en carne viva la Pasión de Su Jesús, en los que son azotados y lloran, en los torturados y denigrados, los difamados, los perseguidos, los “crucificados” por la verdad. Ella, pareciese levantar su voz de Madre frente a la cruz redentora, con ternura pero con firmeza y autoridad materna, diciéndonos como primera testigo y discípula: “contemplad a mi Hijo que os dijo: «A quien se lo hicieren a mí me lo hicieron»[17], «Ámense los unos a otros como Yo los he amado»[18].

Amados hermanos, parafraseando al Papa Francisco, cabe decir desde lo más profundo de nuestro corazón,  en este inicio de año que, la Virgen María,  a quien en La Salve Regina la llamamos “vida nuestra”, aunque a muchos les parezca exagerado, porque Cristo es la vida; pero en Ella, sin desesperarnos ni desconfiar en que Cristo victorioso ha venido al mundo para salvarlo…, en María, que está tan unida a Él y tan cerca de nosotros, no hay nada mejor que poner nuestra amada nación, nuestras familias, nuestro corazón en sus manos y reconocerla como “vida, dulzura y esperanza nuestra”[19].



[1] Papa Francisco, Homilía, Solemnidad de Santa María Madre de Dios y Jornada Mundial de Oración por la Paz, Roma, 01 enero 2019.
[2] Cfr. Juan 1:10.
[3] Cfr. Lucas 2:7
[4] Cfr, San Alfonso María de Ligorio, Meditaciones de Adviento, Apostolado Mariano, Sevilla 2001, 14-17.
[5] Cfr. Isaías 53:3.
[6] Cfr. Salmo 45:3.
[7] Cfr. Isaías 53:2.
[8] Cfr. Pedro Beteta, La Vida de María Madre del Redentor, contada por Juan Pablo II, Ediciones Palabra, Madrid 1991, 148. 
[9] Cfr. Lucas 2:35.
[10] Cfr. Op. Cit. Pedro Beteta, 151.
[11] Cfr. Ibid. 149-150.
[12] P. Ángel Peña O.A.R., Sacerdote para siempre. Último retiro de Cardenal Van Thuan predicado en Roma, 2002.
[13] Cfr. 1 Juan 4:8.
[14] Cfr. Juan 2:5.
[15] Cfr. Mateo 28:20.
[16] Cfr. Papa Francisco, Audiencia general, Ciclo de catequesis sobre la esperanza, Roma, 19 de abril 2017.
[17] Cfr. Mateo 25:40.
[18] Cfr. Juan 15:12.
[19]Cfr. Papa Francisco, 01 enero 2019, Solemnidad de Santa María Madre de Dios