Discurso del Santo Padre
PANAMÁ – 24.01.2019 – 17.30
OFICINA DE PRENSA DE LA SANTA SEDE
Texto
oficial
Queridos
jóvenes, ¡buenas tardes!
¡Qué bueno volver a
encontrarnos y hacerlo en esta tierra que nos recibe con tanto color y calor!
Juntos en Panamá, la Jornada Mundial de la Juventud es otra vez una fiesta de
alegría y esperanza para la Iglesia toda y, para el mundo, un enorme testimonio
de fe.
Me acuerdo que, en Cracovia,
algunos me preguntaron si iba a estar en Panamá y les contesté: “yo no sé, pero
Pedro seguro va a estar. Pedro va a estar”. Hoy me alegra decirles: Pedro está
con ustedes para celebrar y renovar la fe y la esperanza. Pedro y la Iglesia
caminan con ustedes y queremos decirles que no tengan miedo, que vayan adelante
con esa energía renovadora y esa inquietud constante que nos ayuda y moviliza a
ser más alegres y disponibles, más “testigos del Evangelio”. Ir adelante no para
crear una Iglesia paralela un poco más “divertida” o “cool” en un evento para jóvenes, con algún que otro elemento
decorativo, como si a ustedes eso los dejara felices. Pensar así sería no
respetarlos y no respetar todo lo que el Espíritu a través de ustedes nos está
diciendo.
¡Al contrario! Queremos
reencontrar y despertar junto a ustedes la continua novedad y juventud de la
Iglesia abriéndonos a un nuevo Pentecostés (cf. SÍNODO SOBRE LOS JÓVENES, Doc. final, 60). Eso solo es posible,
como lo acabamos de vivir en el Sínodo, si nos animamos a caminar escuchándonos
y a escuchar complementándonos, si nos animamos a testimoniar anunciando al
Señor en el servicio a nuestros hermanos; servicio concreto, se entiende.
Sé que llegar hasta aquí no
ha sido nada fácil. Conozco el esfuerzo, el sacrificio que realizaron para
poder participar en esta Jornada. Muchos días de trabajo y dedicación,
encuentros de reflexión y oración hacen que el camino sea en gran medida la
recompensa. El discípulo no es solamente el que llega a un lugar sino el que
empieza con decisión, el que no tiene miedo de arriesgar y ponerse a caminar.
Esa es su mayor alegría, estar en camino. Ustedes no tuvieron miedo de
arriesgar y caminar. Hoy podemos “estar de rumba”, porque esta rumba comenzó
hace ya mucho tiempo en cada comunidad.
Venimos de culturas y
pueblos diferentes, hablamos lenguas diferentes, usamos ropas diferentes. Cada
uno de nuestros pueblos ha vivido historias y circunstancias diferentes.
¡Cuántas cosas nos pueden diferenciar!, pero nada de eso impidió poder
encontrarnos y sentirnos felices por estar juntos. Eso es posible porque
sabemos que hay algo que nos une, hay Alguien que nos hermana. Ustedes,
queridos amigos, han hecho muchos sacrificios para poder encontrarse y así se transforman en verdaderos maestros y artesanos
de la cultura del encuentro. Con sus gestos y actitudes, con sus miradas, sus
deseos y especialmente con su sensibilidad desmienten y desautorizan todos esos
discursos que se concentran y se empeñan en sembrar división, en excluir o
expulsar a los que “no son como nosotros”. Y esto porque tienen ese olfato que
sabe intuir que «el amor verdadero no anula las legítimas diferencias, sino que
las armoniza en una unidad superior» (BENEDICTO XVI, Homilía, 25 enero 2006). Por el contrario, sabemos que el padre de
la mentira prefiere un pueblo dividido y peleado, a un pueblo que aprende a
trabajar juntos.
Ustedes nos enseñan que
encontrarse no significa mimetizarse, ni pensar todos lo mismo o vivir todos
iguales haciendo y repitiendo las mismas cosas, escuchando la misma música o
llevando la camiseta del mismo equipo de fútbol. No, eso no. La cultura del
encuentro es un llamado e invitación a atreverse a mantener vivo un sueño en común. Sí, un sueño grande y capaz de
cobijar a todos. Ese sueño por el que Jesús dio la vida en la cruz y el
Espíritu Santo se desparramó y tatuó a fuego el día de Pentecostés en el
corazón de cada hombre y cada mujer, en el tuyo y en el mío, a la espera de que
encuentre espacio para crecer y desarrollarse. Un sueño llamado Jesús sembrado
por el Padre con la confianza que crecerá y vivirá en cada corazón. Un sueño
que corre por nuestras venas, estremece el corazón y lo hace bailar cada vez
que los escuchamos: «Ámense los unos a los otros. Así como yo los he amado,
ámense también ustedes. En eso todos reconocerán que ustedes son mis
discípulos: en el amor que se tengan los unos a los otros» (Jn 13,3435).
A un santo de estas tierras
le gustaba decir: «el cristianismo no es un conjunto de verdades que hay que
creer, de leyes que hay que cumplir, o de prohibiciones. Así resulta muy
repugnante. El cristianismo es una Persona que me amó tanto, que reclama y pide
mi amor. El cristianismo es Cristo» (cf. S. OSCAR ROMERO, Homilía, 6 noviembre 1977); es desarrollar el sueño por el que dio
la vida: amar con el mismo amor que nos ha amado.
Nos preguntamos: ¿Qué nos
mantiene unidos? ¿Por qué estamos unidos? ¿Qué nos mueve a encontrarnos? La
seguridad de saber que hemos sido amados con un amor entrañable que no queremos
y no podemos callar y nos desafía a responder de la misma manera: con amor. Es
el amor de Cristo el que nos apremia (cf. 2
Co 5,14). Un amor que no “patotea” ni aplasta, un amor
que no margina ni calla, un amor que no humilla ni avasalla. Es el amor del
Señor, amor cotidiano, discreto y respetuoso, amor de libertad y para la
libertad, amor que sana y levanta. Es el amor del Señor que sabe más de
levantadas que de caídas, de reconciliación que de prohibición, de dar nueva
oportunidad que de condenar, de futuro que de pasado. Es el amor silencioso de
la mano tendida en el servicio y la entrega que no se pavonea.
¿Creés
en este amor? ¿Es un amor que vale la pena?
Fue la misma pregunta e
invitación que recibió María. El ángel le preguntó si quería llevar este sueño
en sus entrañas y hacerlo vida, hacerlo carne. Ella dijo: «He aquí la sierva
del Señor, hágase en mí según tu palabra» (Lc
1,38). María se animó a decir “sí”. Se animó a darle vida al sueño de Dios. Y
es lo mismo que el ángel te quiere preguntar a vos, a vos, a mí: ¿querés que
este sueño tenga vida? ¿Querés darle carne con tus manos, con tus pies, con tu mirada,
con tu corazón? ¿Querés que sea el amor del Padre el que te abra nuevos
horizontes y te lleve por caminos jamás imaginados y pensados, soñados o
esperados que alegren y hagan cantar y bailar al corazón?
¿Nos
animamos a decirle al ángel, como María: he aquí los siervos del Señor, hágase?
Queridos jóvenes: Lo más
esperanzador de esta Jornada no será un documento final, una carta consensuada
o un programa a ejecutar. Lo más esperanzador de este encuentro serán vuestros
rostros y una oración. Cada uno volverá a casa con la fuerza nueva que se
genera cada vez que nos encontramos con los otros y con el Señor, llenos del
Espíritu Santo para recordar y mantener vivo ese sueño que nos hermana y que
estamos invitados a no dejar que se congele en el corazón del mundo: allí donde
nos encontremos, haciendo lo que estemos haciendo, siempre podremos levantar la
mirada y decir: Señor, enséñame a amar como tú nos has amado —¿se animan a
repetirlo conmigo?—. Señor, enséñame a amar como tú nos has amado.
No podemos terminar este
primer encuentro sin agradecer. Gracias a todos los que han preparado con mucha
ilusión esta Jornada Mundial de la Juventud. Gracias por animarse a construir y
hospedar, por decirle “sí” al sueño de Dios de ver a sus hijos reunidos.
Gracias Mons. Ulloa y todo su equipo por ayudar a que Panamá hoy sea no
solamente un canal que une mares, sino también canal donde el sueño de Dios
siga encontrando cauces para crecer y multiplicarse e irradiarse en todos los
rincones de la tierra.
Amigos, que Jesús los
bendiga y Santa María la Antigua los acompañe siempre, para que seamos capaces
de decir sin miedo, como ella: «Aquí estoy. Hágase».

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