PANAMÁ
– 24.01.2019 – 11.15
Discurso
del Santo Padre
Texto oficial
Queridos
hermanos:
Gracias Mons. José Luis
Escobar Alas, arzobispo de San Salvador, por las palabras de bienvenida que me
dirigió en nombre de todos. Me alegra poder encontrarlos y compartir de manera
más familiar y directa sus anhelos, proyectos e ilusiones de pastores a quienes
el Señor confió el cuidado de su pueblo santo. Gracias por la fraterna acogida.
Poder encontrarme con
ustedes es también “regalarme” la oportunidad de poder abrazar y sentirme más
cerca de vuestros pueblos, poder hacer míos sus anhelos, también sus desánimos
y, sobre todo, esa fe “corajuda” que sabe alentar la esperanza y agilizar la
caridad. Gracias por permitirme acercarme a esa fe probada pero sencilla del
rostro pobre de vuestra gente que sabe que «Dios está presente, no duerme, está
activo, observa y ayuda» (S. Óscar Romero, Homilía,
16 diciembre 1979).
Este encuentro nos recuerda
un evento eclesial de gran relevancia. Los pastores de esta región fueron los
primeros que crearon en América un organismo de comunión y participación que ha
dado —y sigue dando todavía— abundantes frutos. Me refiero al Secretariado
Episcopal de América Central (SEDAC). Un espacio de comunión, de discernimiento
y de compromiso que nutre, revitaliza y enriquece vuestras Iglesias. Pastores
que supieron adelantarse y dar un signo que, lejos de ser un elemento solamente
programático, indicó cómo el futuro de América Central —y de cualquier región
en el mundo— pasa necesariamente por la lucidez y capacidad que se tenga para
ampliar la mirada, unir esfuerzos en un trabajo paciente y generoso de escucha,
comprensión, dedicación y entrega, y poder así discernir los horizontes nuevos
a los que el Espíritu nos está llevando[1] (cf. Exhort. ap. Evangelii gaudium, 235).
En estos 75 años desde su
fundación, el SEDAC se ha esforzado por compartir las alegrías y tristezas, las
luchas y esperanzas de los pueblos de Centroamérica, cuya historia se entrelazó
y forjó con la historia de vuestra gente. Muchos hombres y mujeres, sacerdotes,
consagrados, consagradas y laicos, han ofrecido su vida hasta derramar su
sangre por mantener viva la voz profética de la Iglesia frente a la injusticia,
el empobrecimiento de tantas personas y el abuso de poder. Ellos nos recuerdan
que «quien de verdad quiera dar gloria a Dios con su vida, quien realmente
anhele santificarse para que su existencia glorifique al Santo, está llamado a
obsesionarse, desgastarse y cansarse intentando vivir las obras de
misericordia» (Exhort. ap. Gaudete et exsultate,
107). Y esto, no como limosna sino como vocación.
Entre esos frutos proféticos
de la Iglesia en Centroamérica me alegra destacar la figura de san Óscar
Romero, a quien tuve el privilegio de canonizar recientemente en el contexto
del Sínodo de los Obispos sobre los jóvenes. Su vida y enseñanza son fuente
constante de inspiración para nuestras Iglesias y, de modo particular, para
nosotros obispos.
El lema que escogió para su
escudo episcopal y que preside su lápida expresa de manera clara su principio
inspirador y lo que fue su vida de pastor: “Sentir con la Iglesia”. Brújula que
marcó su vida en fidelidad, incluso en los momentos más turbulentos.
Este es un legado que puede
transformarse en testimonio activo y vivificante para nosotros, también
llamados a la entrega martirial en el servicio cotidiano de nuestros pueblos, y
en este legado me gustaría basarme para esta reflexión que quiero compartir con
ustedes. Sé que entre nosotros hay personas que lo conocieron de primera mano
—como el cardenal Rosa Chávez— así que, Eminencia, si considera que me equivoco
con alguna apreciación me puede corregir. Apelar a la figura de Romero es
apelar a la santidad y al carácter profético que vive en el ADN de vuestras
Iglesias particulares.
Sentir
con la Iglesia
1.
Reconocimiento y gratitud
Cuando san Ignacio propone las reglas para sentir con la
Iglesia busca ayudar al ejercitante a superar cualquier tipo de falsas
dicotomías o antagonismos que reduzcan la vida del Espíritu a la habitual
tentación de acomodar la Palabra de Dios al propio interés. Así posibilita al
ejercitante la gracia de sentirse y saberse parte de un cuerpo apostólico más
grande que él mismo y, a la vez, con la consciencia real de sus fuerzas y
posibilidades: ni débil pero tampoco selectivo o temerario. Sentirse parte de un
todo, que será siempre más que la suma de las partes (cf. Exhort. ap. Evangelii gaudium, 235) y que está
hermanado por una Presencia que siempre lo superará (cf. Exhort. ap. Gaudete et exsultate, 8).
De ahí que me gustaría
centrar este primer Sentir con la
Iglesia, de la mano de san Óscar, como acción de gracias y gratitud por
tanto bien recibido, no merecido. Romero pudo sintonizar y aprender a vivir la
Iglesia porque amaba entrañablemente a quien lo había engendrado en la fe. Sin
este amor de entrañas será muy difícil comprender su historia y conversión, ya
que fue este mismo amor el que lo guió hasta la entrega martirial; ese amor que
nace de acoger un don totalmente gratuito, que no nos pertenece y que nos
libera de toda pretensión y tentación de creernos sus propietarios o los únicos
intérpretes. No hemos inventado la Iglesia, ella no nace con nosotros y seguirá
sin nosotros. Tal actitud, lejos de abandonarnos a la desidia, despierta una
insondable e inimaginable gratitud que lo nutre todo. El martirio no es
sinónimo de pusilanimidad o de la actitud de alguien que no ama la vida y no
sabe reconocer el valor que esta tiene. Al contrario, el mártir es aquel que es
capaz de darle carne y hacer vida esta acción de gracias.
Romero sintió con la Iglesia
porque, en primer lugar, amó a la Iglesia como madre que lo engendró en la fe y
se sintió miembro y parte de ella.
2.
Un amor con sabor a pueblo
Este amor, adhesión y
gratitud, lo llevó a abrazar con pasión, pero también con dedicación y estudio,
todo el aporte y renovación magisterial que el Concilio Vaticano II proponía.
Allí encontraba la mano segura en el seguimiento de Cristo. No fue ideólogo ni
ideológico; su actuar nació de una compenetración con los documentos
conciliares. Iluminado desde este horizonte eclesial, sentir con la Iglesia es
para Romero contemplarla como Pueblo de Dios. Porque el Señor no quiso
salvarnos aisladamente sin conexión, sino que quiso constituir un pueblo que lo
confesara en la verdad y lo sirviera santamente (cf. Const. dogm. Lumen gentium, 9). Todo un Pueblo que
posee, custodia y celebra la «unción del Santo» (ibíd., 12) y ante el cual Romero se ponía a la escucha para no
rechazar Su inspiración (cf. S. Óscar Romero, Homilía, 16 julio 1978). Así nos muestra que el pastor, para buscar
y encontrarse con el Señor, debe aprender y escuchar los latidos de su pueblo,
percibir “el olor” de los hombres y mujeres de hoy hasta quedar impregnado de
sus alegrías y esperanzas, de sus tristezas y angustias (cf. Const. past. Gaudium et spes, 1) y así escudriñar la
Palabra de Dios (cf. Const. dogm. Dei
Verbum, 13). Escucha del pueblo que le fue confiado, hasta respirar y
descubrir a través de él la voluntad de Dios que nos llama (cf. Discurso durante el encuentro para la
familia, 4 octubre 2014). Sin dicotomías o falsos antagonismos, porque solo
el amor de Dios es capaz de integrar todos nuestros amores en un mismo sentir y
mirar.
Para él, en definitiva,
sentir con la Iglesia es tomar parte en la gloria de la Iglesia, que es llevar
en sus entrañas toda la kénosis de Cristo. En la Iglesia Cristo vive entre
nosotros y por eso tiene que ser humilde y pobre, ya que una Iglesia altanera,
una Iglesia llena de orgullo, una Iglesia autosuficiente, no es la Iglesia de
la kénosis (cf. S. Óscar Romero, Homilía,
1 octubre 1978).
3.
Llevar en las entrañas la kénosis de Cristo
Esta no es solo la gloria de
la Iglesia, sino también una vocación, una invitación para que sea nuestra
gloria personal y camino de santidad. La kénosis de Cristo no es cosa del
pasado sino garantía presente para sentir y descubrir su presencia actuante en
la historia. Presencia que no podemos ni queremos callar porque sabemos y hemos
experimentado que solo Él es “Camino, Verdad y Vida”. La kénosis de Cristo nos
recuerda que Dios salva en la historia, en la vida de cada hombre, que esta es
también su propia historia y allí nos sale al encuentro (cf. S. Óscar Romero, Homilía, 7 diciembre 1978). Es
importante, hermanos, que no tengamos miedo de tocar y de acercarnos a las
heridas de nuestra gente, que también son nuestras heridas, y esto hacerlo al
estilo del Señor. El pastor no puede estar lejos del sufrimiento de su pueblo;
es más, podríamos decir que el corazón del pastor se mide por su capacidad de
dejarse conmover frente a tantas vidas dolidas y amenazadas. Hacerlo al estilo
del Señor significa dejar que ese sufrimiento golpee y marque nuestras
prioridades y nuestros gustos, el uso del tiempo y del dinero e incluso la
forma de rezar, para poder ungirlo todo y a todos con el consuelo de la amistad
de Jesucristo en una comunidad de fe que contenga y abra un horizonte siempre
nuevo que dé sentido y esperanza a la vida (cf. Exhort. ap. Evangelii gaudium, 49). La kénosis de
Cristo implica abandonar la virtualidad de la existencia y de los discursos
para escuchar el ruido y la cantinela de gente real que nos desafía a crear
lazos. Y permítanme decirlo: las redes sirven para crear vínculos pero no
raíces, son incapaces de darnos pertenencia, de hacernos sentir parte de un
mismo pueblo. Sin este sentir, todas nuestras palabras, reuniones, encuentros,
escritos serán signo de una fe que no ha sabido acompañar la kénosis del Señor,
una fe que se quedó a mitad de camino.
La
kénosis de Cristo es joven
Esta Jornada Mundial de la
Juventud es una oportunidad única para salir al encuentro y acercarse aún más a
la realidad de nuestros jóvenes, llena de esperanzas y deseos, pero también
hondamente marcada por tantas heridas. Con ellos podremos leer de modo renovado
nuestra época y reconocer los signos de los tiempos porque, como afirmaron los
padres sinodales, los jóvenes son uno de los “lugares teológicos” en los que el
Señor nos da a conocer algunas de sus expectativas y desafíos para construir el
mañana (cf. Sínodo sobre los Jóvenes, Doc.
final, 64). Con ellos podremos visualizar cómo hacer más visible y creíble
el Evangelio en el mundo que nos toca vivir; ellos son como termómetro para
saber dónde estamos como comunidad y sociedad.
Ellos portan consigo una
inquietud que debemos valorar, respetar, acompañar, y que tanto bien nos hace a
todos porque desinstala y nos recuerda que el pastor nunca deja de ser
discípulo y está en camino. Esa sana inquietud nos pone en movimiento y nos
primerea. Así lo recordaron los padres sinodales al decir: «los jóvenes, en ciertos
aspectos, van por delante de los pastores» (ibíd.,
66). Nos tiene que llenar de alegría comprobar cómo la siembra no ha caído en
saco roto. Muchas de esas inquietudes e intuiciones han crecido en el seno
familiar alimentadas por alguna abuela o catequista, o en la parroquia, en la
pastoral educativa o juvenil. Inquietudes que crecieron en una escucha del
Evangelio y en comunidades con fe viva y ferviente que encuentra tierra donde
germinar. ¡Cómo no agradecer tener jóvenes inquietos por el Evangelio! Esta
realidad nos estimula a un mayor compromiso para ayudarlos a crecer
ofreciéndoles más y mejores espacios que los engendren al sueño de Dios. La
Iglesia por naturaleza es Madre y como tal engendra e incuba vida protegiéndola
de todo aquello que amenace su desarrollo. Gestación en libertad y para la
libertad. Los exhorto pues, a promover programas y centros educativos que sepan
acompañar, sostener y potenciar a sus jóvenes; “róbenselos” a la calle antes de
que sea la cultura de muerte la que, “vendiéndoles humo” y mágicas soluciones
se apodere y aproveche de su imaginación. Y háganlo no con paternalismo, de
arriba a abajo, porque eso no es lo que el Señor nos pide, sino como padres,
como hermanos a hermanos. Ellos son rostro de Cristo para nosotros y a Cristo
no podemos llegar de arriba a abajo, sino de abajo a arriba (cf. S. Óscar
Romero, Homilía, 2 septiembre 1979).
Son muchos los jóvenes que
dolorosamente han sido seducidos con respuestas inmediatas que hipotecan la
vida. Nos decían los padres sinodales: por constricción o falta de alternativas
se encuentran sumergidos en situaciones altamente conflictivas y de no rápida
solución: violencia doméstica, feminicidios —qué plaga que vive nuestro
continente en este sentido—, bandas armadas y criminales, tráfico de droga,
explotación sexual de menores y de no tan menores, etc., y duele constatar que
en la raíz de muchas de estas situaciones se encuentra una experiencia de
orfandad fruto de una cultura y una sociedad que se fue “desmadrando”. Hogares
resquebrajados tantas veces por un sistema económico que no tiene como
prioridad las personas y el bien común y que hizo de la especulación “su
paraíso” desde donde seguir “engordando” sin importar a costa de quién. Así
nuestros jóvenes sin hogar, sin familia, sin comunidad, sin pertenencia, quedan
a la intemperie del primer estafador.
No nos olvidemos que «el
verdadero dolor que sale del hombre, pertenece en primer lugar a Dios» (Georges
Bernanos, Diario de un cura rural,
74). No separemos lo que Él ha querido unir en su Hijo.
El mañana exige respetar el
presente dignificando y empeñándose en valorar las culturas de vuestros
pueblos. En esto también se juega la dignidad: en la autoestima cultural.
Vuestros pueblos no son el “patio trasero” de la sociedad ni de nadie. Tienen
una historia rica que ha de ser asumida, valorada y alentada. Las semillas del
Reino fueron plantadas en estas tierras. Estamos obligados a reconocerlas,
cuidarlas y custodiarlas para que nada de lo bueno que Dios plantó se seque por
intereses espurios que por doquier siembran corrupción y crecen con la
expoliación de lo más pobres. Cuidar las raíces es cuidar el rico patrimonio
histórico, cultural y espiritual que esta tierra durante siglos ha sabido
“mestizar”. Empéñense y levanten la voz contra la desertificación cultural y
espiritual de vuestros pueblos, que provoca una indigencia radical ya que deja
sin esa indispensable inmunidad vital que sostiene la dignidad en los momentos
de mayor dificultad.
En la última carta pastoral,
ustedes afirmaban: «Últimamente nuestra región ha sido impactada por la
migración hecha de manera nueva, por ser masiva y organizada, y que ha puesto
en evidencia los motivos que hacen una migración forzada y los peligros que conlleva
para la dignidad de la persona humana» (SEDAC, Mensaje al Pueblo de Dios y a todas las personas de buena voluntad,
30 noviembre 2018).
Muchos de los migrantes
tienen rostro joven, buscan un bien mayor para sus familias, no temen arriesgar
y dejar todo con tal de ofrecer el mínimo de condiciones que garanticen un
futuro mejor. En esto no basta solo la denuncia, sino que debemos anunciar
concretamente una “buena noticia”. La Iglesia, gracias a su universalidad,
puede ofrecer esa hospitalidad fraterna y acogedora para que las comunidades de
origen y las de destino dialoguen y contribuyan a superar miedos y recelos, y
consoliden los lazos que las migraciones, en el imaginario colectivo, amenazan
con romper. “Acoger, proteger, promover e integrar” pueden ser los cuatro
verbos con los que la Iglesia, en esta situación migratoria, conjugue su
maternidad en el hoy de la historia (cf. Sínodo sobre los Jóvenes, Doc. final, 147).
Todos los esfuerzos que
puedan realizar tendiendo puentes entre comunidades eclesiales, parroquiales,
diocesanas, así como por medio de las Conferencias Episcopales serán un gesto
profético de la Iglesia que en Cristo es «signo e instrumento de la unión
íntima con Dios y de la unidad de todo el género humano» (Const. dogm. Lumen gentium, 1). Así la tentación de
quedarnos en la sola denuncia se disipa y se hace anuncio de la Vida nueva que
el Señor nos regala.
Recordemos la exhortación de san Juan: «Si alguien vive
en la abundancia, y viendo a su hermano en la necesidad, le cierra su corazón,
¿cómo permanecerá en él el amor de Dios? Hijitos míos, no amemos solamente con
la lengua y de palabra, sino con obras y de verdad» (1 Jn 3,17-18).
Todas estas situaciones
plantean preguntas, son situaciones que nos llaman a la conversión, a la
solidaridad y a una acción educativa incisiva en nuestras comunidades. No
podemos quedar indiferentes (cf. Sínodo sobre los Jóvenes, Doc. final, 41-44). El mundo descarta, lo sabemos y padecemos; la
kénosis de Cristo no, la hemos experimentado y la seguimos experimentando en
propia carne por el perdón y la conversión. Esta tensión nos obliga a
preguntarnos continuamente: ¿dónde queremos pararnos?
La
kénosis de Cristo es sacerdotal
Es conocida la amistad y el
impacto que generó el asesinato del P. Rutilio Grande en la vida de Mons.
Romero. Fue un acontecimiento que marcó a fuego su corazón de hombre, sacerdote
y pastor. Romero no era un administrador de recursos humanos, no gestionaba
personas ni organizaciones, sentía con amor de padre, amigo y hermano. Una vara
un poco alta, pero vara al fin para evaluar nuestro corazón episcopal, una vara
ante la cual podemos preguntarnos: ¿Cuánto me afecta la vida de mis curas?
¿Cuánto soy capaz de dejarme impactar por lo que viven, por llorar sus dolores,
así como festejar y alegrarme con sus alegrías? El funcionalismo y clericalismo
eclesial —tan tristemente extendido, que representa una caricatura y una
perversión del ministerio— empieza a medirse por estas preguntas. No es
cuestión de cambios de estilos, maneras o lenguajes —todo importante
ciertamente— sino sobre todo es cuestión de impacto y capacidad de que nuestras
agendas episcopales tengan espacio para recibir, acompañar y sostener a
nuestros curas, tengan “espacio real” para ocuparnos de ellos. Eso hace de
nosotros padres fecundos.
En ellos normalmente recae de modo especial la
responsabilidad de que este pueblo sea el pueblo de Dios. Están en la línea de
fuego. Ellos llevan sobre sus espaldas el peso del día y del calor (cf. Mt 20,12), están expuestos a un sinfín
de situaciones diarias que los pueden dejar más vulnerables y, por tanto,
necesitan también de nuestra cercanía, de nuestra comprensión y aliento, de
nuestra paternidad. El resultado del trabajo pastoral, la evangelización en la
Iglesia y la misión no se basa en la riqueza de los medios y recursos
materiales, ni en la cantidad de eventos o actividades que realicemos sino en
la centralidad de la compasión: uno
de los grandes distintivos que como Iglesia podemos ofrecer a nuestros
hermanos. La kénosis de Cristo es la expresión máxima de la compasión del
Padre. La Iglesia de Cristo es la Iglesia de la compasión, y eso empieza por
casa. Siempre es bueno preguntarnos como pastores: ¿Cuánto impacta en mí la
vida de mis sacerdotes? ¿Soy capaz de ser padre o me consuelo con ser mero
ejecutor? ¿Me dejo incomodar? Recuerdo las palabras de Benedicto XVI al inicio
de su pontificado hablándole a sus compatriotas: «Cristo no nos ha prometido
una vida cómoda. Quien busca la comodidad con Él se ha equivocado de camino. Él
nos muestra la senda que lleva hacia las cosas grandes, hacia el bien, hacia
una vida humana auténtica» (Benedicto XVI, Discurso
a los peregrinos alemanes, 25 abril 2005).
Sabemos que nuestra labor,
en las visitas y encuentros que realizamos ―sobre todo en las parroquias― tiene
una dimensión y componente administrativo que es necesario desarrollar.
Asegurar que se haga sí, pero eso no es ni será sinónimo de que seamos nosotros
quienes tengamos que utilizar el escaso tiempo en tareas administrativas. En
las visitas, lo fundamental y lo que no podemos delegar es “el oído”. Hay
muchas cosas que hacemos a diario que deberíamos confiarlas a otros. Lo que no
podemos encomendar, en cambio, es la capacidad de escuchar, la capacidad de
seguir la salud y vida de nuestros sacerdotes. No podemos delegar en otros la
puerta abierta para ellos. Puerta abierta que cree condiciones que posibiliten la
confianza más que el miedo, la sinceridad más que la hipocresía, el intercambio
franco y respetuoso más que el monólogo disciplinador.
Recuerdo esas palabras de
Rosmini: «No hay duda de que solo los grandes hombres pueden formar a otros
grandes hombres […]. En los primeros siglos, la casa del obispo era el
seminario de los sacerdotes y diáconos. La presencia y la vida santa de su
prelado, resultaba ser una lección candente, continua, sublime, en la que se
aprendía conjuntamente la teoría en sus doctas palabras y la práctica en
asiduas ocupaciones pastorales. Y así se veía crecer a los jóvenes Atanasios
junto a los Alejandros» (Antonio Rosmini, Las
cinco llagas de la santa Iglesia, 63).
Es importante que el cura
encuentre al padre, al pastor en el que “mirarse” y no al administrador que
quiere “pasar revista de las tropas”. Es fundamental que, con todas las cosas
en las que discrepamos e inclusive los desacuerdos y discusiones que puedan
existir (y es normal y esperable que existan), los curas perciban en el obispo
a un hombre capaz de jugarse y dar la cara por ellos, de sacarlos adelante y
ser mano tendida cuando están empantanados. Un
hombre de discernimiento que sepa orientar y encontrar caminos concretos y
transitables en las distintas encrucijadas de cada historia personal.
La palabra autoridad
etimológicamente viene de la raíz latina
augere que significa aumentar, promover, hacer progresar. La autoridad en
el pastor radica especialmente en ayudar a crecer, en promover a sus
presbíteros, más que en promoverse a sí mismo —eso lo hace un solterón—. La
alegría del padre/pastor es ver que sus hijos crecieron y fueron fecundos.
Hermanos, que esa sea nuestra autoridad y el signo de nuestra fecundidad.
La
kénosis de Cristo es pobre
Hermanos, sentir con la Iglesia
es sentir con el pueblo fiel, el pueblo sufriente y esperanzador de Dios. Es
saber que nuestra identidad ministerial nace y se entiende a la luz de esta
pertenencia única y constituyente de nuestro ser. En este sentido quisiera
recordar con ustedes lo que san Ignacio nos escribía a los jesuitas: «la
pobreza es madre y muro», engendra y contiene. Madre porque nos invita a la
fecundidad, a la generatividad, a la capacidad de donación que sería imposible
en un corazón avaro o que busca acumular. Y muro porque nos protege de una de
las tentaciones más sutiles que enfrentamos los consagrados, la mundanidad
espiritual: ese revestir de valores religiosos y “piadosos” el afán de poder y
protagonismo, la vanidad e incluso el orgullo y la soberbia. Muro y madre que
nos ayuden a ser una Iglesia que sea cada vez más libre porque está centrada en
la kénosis de su Señor. Una Iglesia que no quiere que su fuerza esté —como
decía Mons. Romero— en el apoyo de los poderosos o de la política, sino que se
desprende con nobleza para caminar únicamente tomada de los brazos del
crucificado, que es su verdadera fortaleza. Y esto se traduce en signos
concretos y evidentes, esto nos cuestiona e impulsa a un examen de conciencia
sobre nuestras opciones y prioridades en el uso de los recursos, influencias y
posicionamientos. La pobreza es madre y muro porque custodia nuestro corazón
para que no se deslice en concesiones y compromisos que debilitan la libertad y
parresía a la que el Señor nos llama.
Hermanos, antes de terminar
pongámonos bajo el manto de la Virgen, recemos juntos para que ella custodie
nuestro corazón de pastores y nos ayude a servir mejor al Cuerpo de su Hijo, el
santo Pueblo fiel de Dios que camina, vive y reza aquí en Centroamérica.
Que
Jesús los bendiga y la Virgen María los cuide. Y, por favor, no se olviden de
rezar por mí. Muchas gracias.
________________________
[1] Quiero
hacer presente la memoria de pastores que, movidos por su celo pastoral y su
amor a la Iglesia, dieron vida a este organismo eclesial, como Monseñor Luis
Chávez y González, arzobispo de San Salvador, y Monseñor Víctor Sanabria,
arzobispo de San José de Costa Rica, entre otros.

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