Homilía
del Santo Padre
Texto oficial
«Jesús, fatigado del camino, se había sentado junto al
pozo. Era la hora del mediodía. Una mujer de Samaría fue a sacar agua, y Jesús
le dijo: “Dame de beber”» (Jn 4,6-7).
El evangelio que hemos escuchado no duda en presentarnos
a Jesús cansado de caminar. Al mediodía, cuando el sol se hace sentir con toda
su fuerza y poder, lo encontramos junto al pozo. Necesitaba calmar y saciar la
sed, refrescar sus pasos, recuperar fuerzas para continuar la misión.
Los discípulos vivieron en primera persona lo que significaba
la entrega y disponibilidad del Señor para llevar la Buena Nueva a los pobres,
vendar los corazones heridos, proclamar la liberación a los cautivos y la
libertad a los prisioneros, consolar a los que estaban de duelo y proclamar un
año de gracia a todos (cf. Is
61,1-3). Son todas situaciones que te toman la vida y la energía; y “no
ahorraron” en regalarnos tantos momentos importantes en la vida del Maestro
donde también nuestra humanidad pueda encontrar una palabra de Vida.
Fatigado
del camino
Es relativamente fácil para nuestra imaginación,
compulsivamente productivista, contemplar y entrar en comunión con la actividad
del Señor, pero no siempre sabemos o podemos contemplar y acompañar las
“fatigas del Señor”, como si esto no fuera cosa de Dios. El Señor se fatigó y
en esa fatiga encuentran espacio tantos cansancios de nuestros pueblos y de
nuestra gente, de nuestras comunidades y de todos los que están cansados y
agobiados (cf. Mt 11,28).
Las causas y motivos que pueden provocar la fatiga del
camino en nosotros sacerdotes, consagrados y consagradas, miembros de
movimientos laicales son múltiples: desde largas horas de trabajo que dejan
poco tiempo para comer, descansar y estar en familia, hasta “tóxicas”
condiciones laborales y afectivas que llevan al agotamiento y agrietan el
corazón; desde la simple y cotidiana entrega hasta el peso rutinario de quien
no encuentra el gusto, el reconocimiento o el sustento necesario para hacer
frente al día a día; desde habituales y esperables situaciones complicadas
hasta estresantes y angustiantes horas de presión. Toda una gama de peso a
soportar.
Sería imposible tratar de abarcar todas las situaciones
que resquebrajan la vida de los consagrados, pero en todas sentimos la
necesidad urgente de encontrar un pozo que pueda calmar y saciar la sed y el
cansancio del camino. Todas reclaman, como grito silencioso, un pozo desde
donde volver a empezar.
De un tiempo a esta parte no son pocas las veces que
parece haberse instalado en nuestras comunidades una sutil especie de fatiga,
que no tiene nada que ver con la fatiga del Señor. Se trata de una tentación
que podríamos llamar el cansancio de la
esperanza. Ese cansancio que surge cuando ―como en el evangelio― el sol cae
como plomo y vuelve fastidiosas las horas, y lo hace con una intensidad tal que
no deja avanzar ni mirar hacia adelante. Como si todo se volviera confuso. No
me refiero a la «particular fatiga del corazón» (cf. Carta enc. Redemptoris Mater, 17; Exhort. apost. Evangelii Gaudium, 287) de quienes
“hechos trizas” por la entrega al final del día logran expresar una sonrisa
serena y agradecida; sino a esa otra fatiga, la que nace de cara al futuro
cuando la realidad “cachetea” y pone en duda las fuerzas, recursos y viabilidad
de la misión en este mundo tan cambiante y cuestionador.
Es un cansancio paralizante. Nace de mirar para adelante
y no saber cómo reaccionar ante la intensidad y perplejidad de los cambios que
como sociedad estamos atravesando. Estos cambios parecieran cuestionar no solo
nuestras formas de expresión y compromiso, nuestras costumbres y actitudes ante
la realidad, sino que ponen en duda, en muchos casos, la viabilidad misma de la
vida religiosa en el mundo de hoy. E incluso la velocidad de esos cambios puede
llevar a inmovilizar toda opción y opinión y, lo que supo ser significativo e
importante en otros tiempos parece ya no tener lugar.
El cansancio de la esperanza nace al constatar una
Iglesia herida por su pecado y que tantas veces no ha sabido escuchar tantos
gritos en el que se escondía el grito del Maestro: «Dios mío, ¿por qué me has
abandonado?» (Mt 27,46).
Así podemos acostumbrarnos a vivir con una esperanza
cansada frente al futuro incierto y desconocido, y esto deja espacio a que se
instale un gris pragmatismo en el corazón de nuestras comunidades. Todo
aparentemente parecería proceder con normalidad, pero en realidad la fe se
desgasta y se degenera. Desilusionados con la realidad que no entendemos o que
creemos que no tiene ya lugar para nuestra propuesta, podemos darle
“ciudadanía” a una de las peores herejías posibles para nuestra época: pensar
que el Señor y nuestras comunidades no tienen nada que decir ni aportar en este
nuevo mundo que se está gestando (cf. Exhort. apost. Evangelii gaudium, 83). Y entonces sucede que lo que un día surgió
para ser sal y luz del mundo termina ofreciendo su peor versión.
Dame
de beber
Las fatigas del camino acontecen y se hacen sentir.
Gusten o no gusten están, y es bueno tener la misma valentía que tuvo el
Maestro para decir: «dame de beber». Como le sucedió a la Samaritana y nos
puede suceder a cada uno de nosotros, no queremos calmar la sed con cualquier
agua sino con ese «manantial que brotará hasta la vida eterna» (Jn 4,14). Sabemos, como bien lo sabía la
Samaritana que cargaba desde hacía años los cántaros vacíos de amores fallidos,
que no cualquier palabra puede ayudar a recuperar las fuerzas y la profecía en
la misión. No cualquier novedad, por muy seductora que parezca, puede aliviar
la sed. Sabemos, como bien lo sabía ella, que tampoco el conocimiento
religioso, la justificación de determinadas opciones y tradiciones pasadas o
presentes, nos hacen siempre fecundos y apasionados «adoradores en espíritu y
en verdad» (Jn 4,23).
Dame de beber es lo que pide el Señor y es lo que nos
pide que digamos. Al decirlo, le abrimos la puerta a nuestra cansada esperanza
para volver sin miedo al pozo fundante del primer amor, cuando Jesús pasó por
nuestro camino, nos miró con misericordia, nos pidió seguirlo; al decirlo
recuperamos la memoria de aquel momento en el que sus ojos se cruzaron con los
nuestros, el momento en que nos hizo sentir que nos amaba y no solo de manera
personal sino también como comunidad (cf. Homilía
en la Vigilia Pascual, 19 abril 2014). Es volver sobre nuestros pasos y, en
fidelidad creativa, escuchar cómo el Espíritu no engendró una obra puntual, un
plan pastoral o una estructura a organizar sino que, por medio de tantos
“santos de la puerta de al lado” ―entre los cuales encontramos padres y madres
fundadores de vuestros institutos, obispos y párrocos que supieron poner
fundamento a sus comunidades―, regaló vida y oxígeno a un contexto histórico
determinado que parecía asfixiar y aplastar toda esperanza y dignidad.
“Dame de beber” significa animarse a dejarse purificar y
rescatar la parte más auténtica de nuestros carismas fundantes ―que no solo se
reducen a la vida religiosa sino a la Iglesia toda― y ver de qué forma se
pueden expresar hoy. Se trata no solo de mirar con agradecimiento el pasado
sino de ir en búsqueda de las raíces de su inspiración y dejar que resuenen
nuevamente con fuerza entre nosotros (cf. PAPA FRANCISCO - FERNANDO PRADO, La fuerza de la vocación, 42).
“Dame de beber” significa reconocer que necesitamos que
el Espíritu nos transforme en hombres y mujeres memoriosos de un paso, del paso
salvífico de Dios. Y con confianza, así como lo hizo ayer, lo seguirá haciendo
mañana: «ir a las raíces nos ayuda sin lugar a dudas a vivir el presente, sin
miedo. Tenemos necesidad de vivir sin miedo respondiendo a la vida con la
pasión de estar empeñados con la historia, inmersos en las cosas. Con pasión de
enamorados» (cf. ibíd., 44).
La esperanza cansada será sanada y gozará de esa
«particular fatiga del corazón» cuando no tema volver al lugar del primer amor
y logre encontrar, en las periferias y desafíos que hoy se nos presentan, el mismo
canto, la misma mirada que suscitó el canto y la mirada de nuestros mayores.
Así evitaremos el riesgo de partir desde nosotros mismos y abandonaremos la
cansadora auto-compasión para encontrar los ojos con los que Cristo hoy nos
sigue buscando, llamando e invitando a la misión.
* * *
No me parece un acontecimiento menor que esta Catedral
vuelva a abrir sus puertas después de mucho tiempo de renovación. Experimentó
el paso de los años, como fiel testigo de la historia de este pueblo y con la
ayuda y el trabajo de muchos quiso volver a regalar su belleza. Más que una
formal reconstrucción, que siempre intenta volver a un original pasado, buscó
rescatar la belleza de los años abriéndose a hospedar toda la novedad que el
presente le podía regalar. Una Catedral española, india y afroamericana se
vuelve así Catedral panameña, de los de ayer pero también de los de hoy que la
han hecho posible. Ya no pertenece solo al pasado, sino que es belleza del
presente.
Hoy es nuevamente regazo que impulsa a renovar y
alimentar la esperanza, a descubrir cómo la belleza del ayer se vuelve base
para construir la belleza del mañana.
Así actúa el Señor.
Hermanos, no nos dejemos robar la belleza que hemos
heredado de nuestros padres, que ella sea la raíz viva y fecunda que nos ayude
a seguir haciendo bella y profética la historia de salvación en estas tierras.
PANAMÁ
– 26.01.2019 – 09.15

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