Texto oficial
«Todos en la sinagoga tenían los ojos fijos en él.
Entonces comenzó a decirles: Hoy se ha cumplido este pasaje de la Escritura que
acaban de oír» (Lc 4,20-21).
Así el evangelio nos presenta el comienzo de la misión
pública de Jesús. Lo hace en la sinagoga que lo vio crecer, rodeado de
conocidos y vecinos y hasta quizá de alguna de sus “catequistas” de la infancia
que le enseñó la ley. Momento importante en la vida del Maestro por el cual, el
niño que se formó y creció en el seno de esa comunidad, se ponía de pie y
tomaba la palabra para anunciar y poner en acto el sueño de Dios. Una palabra
proclamada hasta entonces solo como promesa de futuro, pero que en boca de
Jesús solo podía decirse en presente, haciéndose realidad: «Hoy se ha
cumplido».
Jesús revela el
ahora de Dios que sale a nuestro encuentro para convocarnos también a tomar
parte en su ahora de «llevar la Buena
Noticia a los pobres, la liberación a los cautivos y la vista a los ciegos, dar
libertad a los oprimidos y proclamar un año de gracia en el Señor» (cf. Lc 4,18-19). Es el ahora de Dios que con Jesús se hace presente, se hace rostro,
carne, amor de misericordia que no espera situaciones ideales o perfectas para
su manifestación, ni acepta excusas para su realización. Él es el tiempo de
Dios que hace justa y oportuna cada situación y espacio. En Jesús se inicia y
se hace vida el futuro prometido.
¿Cuándo? Ahora. Pero no todos los que allí lo escucharon
se sentían invitados o convocados. No todos los vecinos de Nazaret estaban
preparados para creer en alguien que conocían y habían visto crecer y que los
invitaba a poner en acto un sueño tan esperado. Es más, «decían: “¿No es este
el hijo de José?”» (Lc 4,22).
También a nosotros nos puede pasar lo mismo. No siempre
creemos que Dios pueda ser tan concreto y cotidiano, tan cercano y real, y
menos aún que se haga tan presente y actúe a través de alguien conocido como
puede ser un vecino, un amigo, un familiar. No siempre creemos que el Señor nos
pueda invitar a trabajar y a embarrarnos las manos junto a Él en su Reino de
forma tan simple pero contundente. Cuesta aceptar que «el amor divino se haga
concreto y casi experimentable en la historia con todas sus vicisitudes
dolorosas y gloriosas» (BENEDICTO XVI, Audiencia
general, 28 septiembre 2005).
No son pocas las veces que actuamos como los vecinos de
Nazaret, que preferimos un Dios a la
distancia: lindo, bueno, generoso pero distante y que no incomode. Porque
un Dios cercano y cotidiano, amigo y hermano nos pide aprender de cercanías, de
cotidianeidad y sobre todo de fraternidad. Él no quiso tener una manifestación
angelical o espectacular, sino que quiso regalarnos un rostro hermano y amigo,
concreto, familiar. Dios es real porque el amor es real, Dios es concreto
porque el amor es concreto. Y es precisamente esta «concreción del amor lo que
constituye uno de los elementos esenciales de la vida de los cristianos» (cf. BENEDICTO
XVI, Homilía, 1 marzo 2006).
Nosotros también podemos correr los mismos riesgos que
los vecinos de Nazaret, cuando en nuestras comunidades el Evangelio se quiere
hacer vida concreta y comenzamos a decir: “pero estos chicos, no son hijos de
María, José, y no son hermanos de... Estos no son los jovencitos que ayudamos a
crecer…
Ese de allá, no era el que rompía
siempre los vidrios con su pelota”. Y lo que nació para ser profecía y anuncio
del Reino de Dios termina domesticado y empobrecido. Querer domesticar la
Palabra de Dios es cosa de todos los días.
E incluso a ustedes, queridos jóvenes, les puede pasar lo
mismo cada vez que piensan que su misión, su vocación, que hasta su vida es una
promesa tan solo para el futuro y nada tiene que ver con vuestro presente. Como
si ser joven fuera sinónimo de sala de espera de quien aguarda el turno de su
hora. Y en el “mientras tanto” de esa hora, les inventamos o se inventan un futuro
higiénicamente bien empaquetado y sin consecuencias, bien armado y garantizado
con todo “bien asegurado”. Es la “ficción” de alegría. Así los “tranquilizamos”
y adormecemos para que no hagan ruido, para que no se pregunten ni pregunten,
para que no se cuestionen ni cuestionen; y en ese “mientras tanto” sus sueños
pierden vuelo, comienzan a dormirse y se vuelven “ensoñamientos” rastreros,
pequeños y tristes (cf. Homilía del
Domingo de Ramos, 25 marzo 2018), tan solo porque consideramos o consideran
que todavía no es su ahora; que son
demasiado jóvenes para involucrarse en soñar y trabajar el mañana.
Uno de los frutos del pasado Sínodo fue la riqueza de
poder encontrarnos y, sobre todo, escucharnos. La riqueza de la escucha entre
generaciones, la riqueza del intercambio y el valor de reconocer que nos
necesitamos, que tenemos que esforzarnos en propiciar canales y espacios en los
que involucrarse en soñar y trabajar el mañana ya desde hoy. Pero no
aisladamente, sino juntos, creando un espacio en común. Un espacio que no se
regala ni ganamos en la lotería, sino un espacio por el que también ustedes
deben pelear.
Porque ustedes, queridos jóvenes, no son el futuro sino
el ahora de Dios. Él los convoca y
los llama en sus comunidades y ciudades a ir en búsqueda de sus abuelos, de sus
mayores; a ponerse de pie y junto a ellos tomar la palabra y poner en acto el
sueño con el que el Señor los soñó.
No mañana sino ahora, porque allí donde esté su tesoro
allí estará también su corazón (cf. Mt
6,21); y aquello que los enamore conquistará no solo vuestra imaginación, sino
que lo afectará todo. Será lo que los haga levantarse por la mañana y los
impulse en las horas de cansancio, lo que les rompa el corazón y lo que les
haga llenarse de asombro, alegría y gratitud. Sientan que tienen una misión y
enamórense, que eso lo decidirá todo (cf. PEDRO ARRUPE, S.J., Nada es más práctico). Podremos tener
todo, pero si falta la pasión del amor, faltará todo. ¡Dejemos que el Señor nos
enamore!
Para Jesús no hay un “mientras tanto” sino amor de
misericordia que quiere anidar y conquistar el corazón. Él quiere ser nuestro
tesoro, porque no es un “mientras tanto” en la vida o moda pasajera, es amor de
entrega que invita a entregarse.
Es amor concreto, cercano, real; es alegría festiva que
nace al optar y participar en la pesca milagrosa de la esperanza y la caridad,
la solidaridad y la fraternidad frente a tanta mirada paralizada y paralizante
por los miedos y la exclusión, la especulación y la manipulación.
Hermanos: El Señor y su misión no son un “mientras tanto”
en nuestra vida, algo pasajero, ¡son nuestra vida!
Todos estos días de forma especial ha susurrado como
música de fondo el hágase de María.
Ella no solo creyó en Dios y en sus promesas como algo posible, le creyó a Dios
y se animó a decir “sí” para participar en este ahora del Señor. Sintió que tenía una misión, se enamoró y eso lo
decidió todo.
Como sucedió en la sinagoga de Nazaret, el Señor, en
medio nuestro, sus amigos y conocidos, vuelve a ponerse de pie, a tomar el
libro y decirnos: «Hoy se ha cumplido este pasaje de la Escritura que acaban de
oír» (Lc 4,21).
¿Quieren vivir la concreción de su amor?
Que vuestro “sí” siga siendo la puerta de ingreso para que
el Espíritu Santo nos regale un nuevo
Pentecostés al mundo y a la Iglesia.

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