Discurso del Santo Padre
Texto oficial
Señor, Padre de misericordia, en esta Cinta
Costera, junto a tantos jóvenes venidos de todo el mundo, hemos acompañado a tu
Hijo en el camino de la cruz; ese camino que ha querido recorrer para
mostrarnos cuánto nos amas y cuán comprometido estás con nuestras vidas.
El camino de Jesús hacia el Calvario es un
camino de sufrimiento y soledad que continúa en nuestros días. Él camina y
padece en tantos rostros que sufren la indiferencia satisfecha y anestesiante
de nuestra sociedad que consume y se consume, que ignora y se ignora en el
dolor de sus hermanos.
También nosotros, tus amigos Señor, nos
dejamos llevar por la apatía y la inmovilidad. No son pocas las veces que el
conformismo nos ha ganado y paralizado. Ha sido difícil reconocerte en el
hermano sufriente: hemos desviado la mirada, para no ver; nos hemos refugiado
en el ruido, para no oír; nos hemos tapado la boca, para no gritar.
Siempre la misma tentación. Es más fácil y
“pagador” ser amigos en las victorias y en la gloria, en el éxito y en el
aplauso; es más fácil estar cerca del que es considerado popular y
ganador.
Qué fácil es caer en la
cultura del bullying, del acoso y de
la intimidación.
Para ti no es así Señor, en la cruz te
identificaste con todo sufrimiento, con todo aquel que se siente olvidado.
Para ti no es así Señor, pues quisiste
abrazar a todos aquellos que muchas veces consideramos no dignos de un abrazo,
de una caricia, de una bendición; o, peor aún, ni nos damos cuenta de que lo
necesitan.
Para ti no es así Señor, en la cruz te unes
al vía crucis de cada joven, de cada situación para transformarla en camino de
resurrección.
Padre, hoy el vía crucis de tu Hijo se prolonga: en el grito sofocado de los
niños a quienes se les impide nacer y de tantos otros a los que se les niega el
derecho a tener infancia, familia, educación; que no pueden jugar, cantar,
soñar...
en las mujeres maltratadas,
explotadas y abandonadas, despojadas y ninguneadas en su dignidad; en los ojos
tristes de los jóvenes que ven arrebatadas sus esperanzas de futuro por la
falta de
educación y trabajo digno;
en la angustia de rostros jóvenes, amigos nuestros que caen en las redes de
gente sin escrúpulos
―entre ellas también se
encuentran personas que dicen servirte, Señor―, redes de explotación, de
criminalidad y de abuso, que se alimentan de sus vidas.
El vía
crucis de tu Hijo se prolonga en tantos jóvenes y familias que, absorbidos
en una espiral de muerte a causa de la droga, el alcohol, la prostitución y la
trata, quedan privados no solo de futuro sino de presente. Y así como
repartieron tus vestiduras, Señor, queda repartida y maltratada su
dignidad.
El vía crucis de tu Hijo se prolonga en
jóvenes con rostros fruncidos que perdieron la capacidad de soñar, de crear e
inventar el mañana y se “jubilan” con el sinsabor de la resignación y el
conformismo, una de las drogas más consumidas en nuestro tiempo.
Se prolonga en el dolor oculto e indignante
de quienes, en vez de solidaridad por parte de una sociedad repleta de
abundancia, encuentran rechazo, dolor y miseria, y además son señalados y
tratados como los portadores y responsables de todo el mal social.
Se prolonga en la resignada
soledad de los ancianos abandonados y descartados.
Se prolonga en los pueblos originarios, a
quienes se despoja de sus tierras, raíces y cultura, silenciando y apagando
toda la sabiduría que pueden aportar.
El vía
crucis de tu Hijo se prolonga en el grito de nuestra madre tierra, que está
herida en sus entrañas por la contaminación de sus cielos, por la esterilidad
en sus campos, por la suciedad de sus aguas, y que se ve pisoteada por el
desprecio y el consumo enloquecido que supera toda razón.
Se prolonga en una sociedad
que perdió la capacidad de llorar y conmoverse ante el dolor.
Sí, Padre, Jesús sigue caminando, cargando y
padeciendo en todos estos rostros mientras el mundo, indiferente, consume el
drama de su propia frivolidad.
Y nosotros, Señor, ¿qué
hacemos?
¿Cómo reaccionamos ante Jesús que sufre,
camina, emigra en el rostro de tantos amigos nuestros, de tantos desconocidos
que hemos aprendido a invisibilizar?
Y nosotros, Padre de
misericordia,
¿Consolamos y acompañamos al Señor,
desamparado y sufriente, en los más pequeños y abandonados?
¿Lo ayudamos a cargar el peso de la cruz,
como el Cireneo, siendo operadores de paz, creadores de alianzas, fermentos de
fraternidad?
¿Permanecemos al pie de la
cruz como María?
Contemplamos a María, mujer
fuerte. De ella queremos aprender a estar de pie al lado de la cruz.
Con su misma decisión y
valentía, sin evasiones ni espejismos. Ella supo acompañar el dolor de su Hijo,
tu Hijo; sostenerlo en la mirada y cobijarlo con el corazón. Dolor que sufrió,
pero no la resignó. Fue la mujer fuerte del “sí”, que sostiene y acompaña,
cobija y abraza. Ella es la gran custodia de la esperanza.
Nosotros también queremos ser una Iglesia que
sostiene y acompaña, que sabe decir: ¡Aquí estoy! en la vida y en las cruces de
tantos cristos que caminan a nuestro lado.
De María aprendemos a decir “sí” al aguante
recio y constante de tantas madres, padres, abuelos que no dejan de sostener y
acompañar a sus hijos y nietos cuando “están en la mala”.
De ella aprendemos a decir “sí” a la
testaruda paciencia y creatividad de aquellos que no se achican y vuelven a
comenzar en situaciones que parecen que todo está perdido, buscando crear
espacios, hogares, centros de atención que sean mano tendida en la dificultad.
En María aprendemos la fortaleza para decir
“sí” a quienes no se han callado y no se callan ante una cultura del maltrato y
del abuso, del desprestigio y la agresión y trabajan para brindar oportunidades
y condiciones de seguridad y protección.
En María aprendemos a recibir y hospedar a
todos aquellos que han sufrido el abandono, que han tenido que dejar o perder
su tierra, sus raíces, sus familias y trabajos.
Como María queremos ser la Iglesia que
propicie una cultura que sepa acoger, proteger, promover e integrar; que no
estigmatice y menos generalice en la más absurda e irresponsable condena de
identificar a todo emigrante como portador de mal social.
De ella queremos aprender a estar de pie al
lado de la cruz, no con un corazón blindado y cerrado, sino con un corazón que
sepa acompañar, que conozca de ternura y devoción; que entienda de piedad al
tratar con reverencia, delicadeza y comprensión. Queremos ser una Iglesia de la
memoria que respete y valorice a los ancianos y reivindique su lugar.
Como María queremos aprender
a “estar”.
Enséñanos Señor a estar al pie de la cruz, al
pie de las cruces; despierta esta noche nuestros ojos, nuestro corazón;
rescátanos de la parálisis y de la confusión, del miedo y la desesperación.
Enséñanos a decir: Aquí estoy junto a tu Hijo, junto a María y a tantos
discípulos amados que quieren hospedar tu Reino en su corazón.

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