Por: Hermano José Alberto, C.SS.S

Amado hermano recibe un cordial saludo en Jesús nuestro Divino Salvador, con los mejores deseos para usted y los suyos, esperando que este año que ha pasado lo hayamos sabido aprovechar y que en este que hemos iniciado por la misericordia de Dios, sea de mucha prosperidad y esperanza, para que luchemos por alcanzar nuestros proyectos y metas a la luz del Espíritu Santo.

Que grato es sentir la dicha de tener un año más de vida, ya que quizá personas que estaban con nosotros ya no se encuentran, sin embargo, somos bendecidos porque Dios nos ha concedido una oportunidad más, no solo para nuestra realización y crecimiento personal; sino también para reflexionar sobre nuestra vida; pues siempre que se mete uno a fondo en la propia vida y comprueba lo lejos de Dios que se encuentra y ve cómo el pecado nos domina, se puede sentir la tentación del desaliento y de la desesperación. Del desaliento en cuanto a sentirse uno incapaz de superar las propias limitaciones y de desesperación en cuanto a pensar que no se es digno del perdón misericordioso de Dios. Muchas veces, al reflexionar acerca del pecado, podemos sentirnos desalentados o desesperados. Por ello, es muy importante que, sin superficialidades, -porque a veces no se profundiza en el amor de Dios-, nos lancemos de una vez por todas en los brazos de la misericordia divina. «Frecuentemente una de las acciones más específicas del demonio es desalentarnos y desesperarnos diciéndonos: Ya no tienes remedio. Ya es demasiado tarde. Eres mío, aunque te esfuerces por cambiar» (cfr. San Alfonso, Meditaciones sobre la muerte, 27).

Dice San Agustín: Verdad es que el hombre con sus solas fuerzas y con la gracia ordinaria y común que a todos es concedida no puede observar algunos mandamientos, pero tiene en sus manos la oración y con ella podrá alcanzar esa fuerza superior que necesita para guardarlos. Estas son textuales palabras: Dios, cosas imposibles no manda, pero, cuando manda, te exhorta a hacer lo que puedes y a pedir lo que no puedes, y entonces te ayuda para que lo puedas. Lamentablemente muchos de nosotros nos dejamos llevar por esos sentimientos que nos quitan no sólo la paz, sino la fuerza para luchar por ser mejores. Dios, en cambio, siempre nos espera, porque nos ama, porque no se resigna a perder lo que ha creado por amor. Que nunca el miedo al perdón de Dios nos aparte de volver a Él, pues hasta el último día de nuestra vida nos estará esperando. Pero, amado hermano, la misericordia de Dios no se puede tomar a broma. Ella nace en el conocimiento que Dios tiene de nuestra fragilidad, de nuestra pequeñez, de nuestra condición humana y, sobre todo, del amor que nos profesa, pues «Él quiere que todos se salven y lleguen al conocimiento de la verdad» (1 Timoteo 2:4). Pero «La misericordia divina no puede usarse como pretexto para justificar sin más una conducta poco cristiana para permitirnos atentar contra la paciencia divina por medio de nuestra presunción diciendo como muchos: diosito es bueno y misericordioso… y pues me salvará, a fin de cuentas, aunque yo sea una persona que se presta a lo malo. Hermano, Dios es misericordioso, pero también es justo, nunca lo olvides» (cfr. San Alfonso, Meditaciones sobre la muerte, 36).

Que María Santísima, Madre del Amor Hermoso, interceda ante su Hijo por nosotros y nos ayude a ser mejores cada día de este año nuevo. Y que nos ayude a amar con un amor intenso a Jesucristo, Rey de Paz.