Por. Pbro. José Miguel Figueroa,C.SS.S
Ordinario: con este nombre se quiere distinguir de los “tiempos
fuertes”, que son el ciclo de Pascua y el de Navidad con su propagación y su
prolongación. Es el tiempo más antiguo de la organización del año cristiano.
Ocupa la mayor parte del año; 33 o 34 semanas de las 52 que hay. En este tiempo
ordinario vemos a un Cristo responsable de la misión que le encomendó su Padre,
le vemos crecer en edad, sabiduría y gracia delante de Dios, cumple la voluntad
de su Padre y se brinda a los hombres. El tiempo Ordinario es tiempo de
salvación, es tiempo de gracia de Dios.
Se llama
“tiempo ordinario”, porque en dicho tiempo se medita sobre la “vida ordinaria”
de Jesús, es decir, qué hizo con sus discípulos, los lugares que visitó, los
milagros que realizó. Pero, a diferencia de otros tiempos, en el tiempo
ordinario se profundiza en la vida cotidiana de Jesús. Por ejemplo: en el
tiempo de Navidad se profundiza sobre el nacimiento de Jesús, en el tiempo de
Pascua se profundiza en la Resurrección de Jesús, mientras que en el tiempo
ordinario no hay un misterio específico que se profundice, sino más bien se
acompaña a Jesús en sus “actividades” de día a día.
El espíritu
del tiempo ordinario queda bien descrito en el Prefacio VI dominical de la Misa:
“En ti vivimos, nos movemos y existimos; y todavía peregrinos en este mundo no
solo experimentamos las pruebas cotidianas de tu amor, sino que poseemos ya en
prenda la vida futura”. El tiempo ordinario se divide en dos partes. Una primera
desde, después de la Epifanía y el Bautismo del Señor hasta el comienzo de la
Cuaresma. Y la segunda desde, después de Pentecostés hasta el Adviento.
En este tiempo
ordinario encontraremos a Dios en cada rincón de nuestro día. Basta tener ojos
de fe para descubrirlo, no vivir encerrados en nuestros egoísmos y problemas.
Durante todo este tiempo miremos a Cristo Apóstol, que desde temprano ora a su
Padre, durante el día se desvive llevando la salvación a todos, terminando el
día rendido a los pies de su Padre, que le consuela y llena de infinito amor,
de ese amor que al día seguiente nos comparte. El color litúrgico es el verde,
simbolizando la esperanza de todo cristiano en Jesús, Salvador del pueblo de
Dios.
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