Lo viejo ha pasado, lo nuevo ha comenzado… (2 Corintios 5, 17 – 21)

Lectura del santo evangelio según san Lucas (15, 1-3.11-32):

En aquel tiempo, solían acercaron a Jesús todos los publicanos y los pecadores a escucharlo. Y los fariseos y los escribas murmuraban diciendo:
- «Ese acoge a los pecadores y come con ellos.»
Jesús les dijo esta parábola:
- «Un hombre tenía dos hijos; el menor de ellos dijo a su padre: "Padre, dame la parte que me toca de la fortuna."
El padre les repartió los bienes.
No muchos días después, el hijo menor, juntando todo lo suyo,se marchó a un país lejano, y allí derrochó su fortuna viviendo perdidamente.
Cuando lo había gastado todo, vino por aquella tierra un hambre terrible, y empezó él a pasar necesidad. Fue entonces y se contrató con uno de los ciudadanos de aquel país que lo mandó a sus campos a guardar cerdos. Deseaba saciarse de las algarrobas que comían los cerdos, pero nadie le daba nada.
Recapacitando entonces, se dijo:
"Cuántos jornaleros de mi padre tienen abundancia de pan, mientras yo aquí me muero de hambre. Me levantaré, me pondré en camino adonde está mi padre, y le diré: Padre, he pecado contra el cielo y contra ti; ya no merezco llamarme hijo tuyo: trátame como a uno de tus jornaleros. "
Se levantó y vino a donde estaba su padre; cuando todavía estaba lejos, su padre lo vio y se le conmovieron las entrañas; y, echando a correr, se le echó al cuello y lo cubrió de besos.
Su hijo le dijo: "Padre, he pecado contra el cielo y contra ti; ya no merezco llamarme hijo tuyo, "
Pero el padre dijo a sus criados:
"Sacad en seguida la mejor túnica y vestídsela; ponedle un anillo en la mano y sandalias en los pies; traed el ternero cebado y sacrificadlo; comamos y celebremos un banquete, porque este hijo mío estaba muerto y ha revivido; estaba perdido, y lo hemos encontrado."
Y empezaron a celebrar el banquete.
Su hijo mayor estaba en el campo.
Cuando al volver se acercaba a la casa, oyó la música y la danza, y llamando a uno de los criados, le preguntó qué era aquello.
Este le contestó:
"Ha vuelto tu hermano; y tu padre ha sacrificado el ternero cebado, porque lo ha recobrado con salud."
El se indignó y no quería entrar; pero su padre salió e intentaba persuadirlo.
Entonces él respondió a su padre:
"Mira: en tantos años como te sirvo, sin desobedecer nunca una orden tuya, a mí nunca me has dado un cabrito para tener un banquete con mis amigos; en cambio, cuando ha venido ese hijo tuyo que se ha comido tus bienes con malas mujeres, le matas el ternero cebado."
El padre le dijo:
"Hijo, tú estás siempre conmigo, y todo lo mío es tuyo; pero era preciso celebrar un banquete y alegrarse, porque este hermano tuyo estaba muerto y ha revivido; estaba perdido, y lo hemos encontrado"».

Palabra del Señor

Un Evangelio muy hermoso el que nos habla de la parábola del Hijo Prodigo, es un retrato de nuestra propia historia, una historia de amor y de esperanza para la humanidad. En ella vemos retratada nuestro propio caminar ¿Cuantas veces nos alejamos de Dios? Buscamos llenar el vacío de nuestra alma, en otras cosas, creando apegos, buscando placer y poder; creemos que lejos de Dios encontraremos alegría y felicidad.

El Papa Francisco en la audiencia del 11 de mayo del año 2016, decía: “Jesús no describe a un padre ofendido y resentido, un padre que, por ejemplo, dice al hijo: ‘me las pagaras, ¡eh!’; no, el padre lo abraza, lo espera con amor. Al contrario, la única cosa que el padre tiene en su corazón es que este hijo este ante él sano y salvo y esto lo hace feliz y hace fiesta… La misericordia del padre es rebosante, incondicionada, y se manifiesta mucho antes que el hijo hable… El abrazo y el beso de su papá le hacen entender que ha sido siempre considerado hijo, no obstante todo. ¡Pero es hijo! Es importante esta enseñanza de Jesús: nuestra condición de hijos de Dios es fruto del amor del corazón del Padre; no depende de nuestros méritos o de nuestras acciones, y por ello nadie puede quitárnosla, nadie puede quitárnosla, ¡ni siquiera el diablo! Nadie puede quitarnos esta dignidad”.

Somos hijos de Dios, a veces lo olvidamos, nos distraemos pensando otras cosas, pero esa es la verdad más poderosa e inquebrantable. San Pablo en la Carta a los Gálatas nos recordara: "Ustedes están en Cristo Jesús, y todos son hijos de Dios gracias a la fe. Todos se han revestido de Cristo, pues todos fueron entregados a Cristo por el bautismo."  (Gálatas 3, 25-26). Esa poderosa verdad resuena en la parábola del Hijo Prodigo, a pesar de alejarnos de Dios siempre nos espera y somos sus hijos, Él es nuestro Padre.

“Un hombre tenía dos hijos; el menor de ellos dijo a su padre: "Padre, dame la parte que me toca de la fortuna." (Lc. 15, 11-12)

Es el menor de los hijos en la parábola quien pide su herencia, casi le dice al Padre, no quiero tener nada contigo, dame lo que me corresponde y me iré lejos. Esa actitud se repite en la historia, ese continuo alejarnos de Dios y buscar esa “libertad” lejos de Él es una constante en la historia de la humanidad, creemos que lejos de Dios nos podremos desarrollar, no tendremos ataduras, podremos hacer lo “que nos dé la gana”. Ese el camino que nos arrastra al pecado, decía San Juan Pablo II: “Lejos de Dios solo hay oscuridad y muerte”; al comenzar ese camino, el pecado se nos pinta como bueno, como felicidad, como libertad e incluso verdad. Creemos que nada malo nos pasará, que el pecado no tendrá consecuencias, esa es la primera etapa del camino lejos de Dios, en esta etapa tranquilizamos nuestras conciencias, nos acomodamos, justificamos nuestra maldad y solo vemos el inicio de este sendero, a lo lejos queda la imagen de un Padre que sigue a pesar de la distancia la silueta del hijo que se aleja y su corazón de Padre quedara ahí esperando volver a verle, distinguirle a lo lejos un día caminando de regreso a casa.



Cuando lo había gastado todo, vino por aquella tierra un hambre terrible, y empezó él a pasar necesidad. Fue entonces y se contrató con uno de los ciudadanos de aquel país que lo mandó a sus campos a guardar cerdos. Deseaba saciarse de las algarrobas que comían los cerdos, pero nadie le daba nada... (Lc. 15, 14 – 16).

Pronto se cae la máscara, se apagan las luces de fiesta, los amigotes desaparecen y queda la soledad, el hastío y el vacío, se comienzan a sentir las consecuencias de nuestras decisiones, de nuestro libertinaje, esa sensación de poder, de ser como dioses desaparece, de las alturas que creemos que hemos alcanzado nos estrellamos contra el suelo, nos llega la realidad,  pero aun en este momento el hijo prodigo no se da cuenta, aun no reflexiona, sino que se sumerge cada vez más, se aleja más de su Padre, se hunde en el lodo. “Deseaba saciarse de las algarrobas que comían los cerdos, pero nadie le daba nada”. (Lc. 15, 16). Los cerdos son más dichosos que el hombre en pecado y el hombre se rebaja a la peor condición que podría llegar; aquel que lo poseía todo junto a su Padre, envidia el nisayo de los cerdos –Y es que peor aún que el pecado son las situaciones de pecado- el pecado nos sumerge cada vez más, nos quiere sepultados en el lodo, nos quiere atrapados.

El hijo prodigo se fue de la casa de su Padre pensando en ser libre y termina prisionero, sus cadenas le acercan más a la podredumbre, baja la mirada y no puede ver más allá de los cerdos. Tal vez en cierto momento se llega a acostumbrar al hedor del charco y la suciedad de los cerdos, pero ese no es el lugar del hijo, no nació para esto.

Me levantaré, me pondré en camino adonde está mi padre… (Lc. 15, 18)

El Evangelio dice que el hijo prodigo recapacitó, dice el diccionario sobre recapacitar: “Reflexionar con detenimiento y atención sobre un asunto, especialmente sobre una decisión propia”. En toda la parábola es primera vez que parece que el hijo menor, se detiene a pensar, a reflexionar, ese momento le lleva a recordar quien es, a darse cuenta que tiene un Padre y una casa; que junto a los cerdos no es su lugar. El camino de la conversión siempre comienza con el recapacitar: ¿Quién soy? ¿De quién soy hijo? ¿Qué hago aquí? Ese reflexionar con detenimiento nos lleva a levantarnos; me pondré en camino… es la primera parte de ese caminar de vuelta, es también un camino difícil, el fantasma de lo que hicimos nos seguirá, parecerá que nos faltan fuerzas, que no vale la pena, pero de aquí en adelante iremos despiertos consientes y precisamente cuando estamos conscientes sentimos dolor, lo contrario es adormecernos, anestesiarnos y para sanar debemos estar despiertos y caminar, la meta para todos es la casa del Padre.

El desenlace es por todos conocidos, al final hay una fiesta, el Padre esperaba al hijo, corre a su encuentro, el hijo ni siquiera termina de decir lo que traía preparado, lo que vino pensando, –me imagino que en todo el camino se repitió ese discurso en cada paso que daba- llevaba miedo, incertidumbre y todo se resuelve con un abrazo, ya no quedan más palabras, los siervos corren traen sandalias nuevas, un anillo, la mejor túnica, se sacrifica el ternero cebado, esa parte del camino se llama perdón y misericordia y ese abrazo del Padre lo recibimos cada vez que regresamos a su casa, que recibimos su gracia en la Eucaristía y en el Sacramento de la Reconciliación.

También hay otro personaje en esta parábola, es el hijo mayor, aquel que está en la casa, pero la tibieza le hace sentirse extraño, es más vive con su Padre pero aun Él le es desconocido, no se siente en casa, está ahí pero se encuentra lejos, incluso podría estar más lejos que el hijo menor, aquel llego hasta los cerdos, pero este sin llegar hasta ese lugar se ha distanciado de su Padre; aquel se sentó con los cerdos, este se sienta a la mesa del Padre y aun no lo reconoce y le es indiferente. A veces cuesta más recapacitar para el hijo mayor, darse cuenta de que tan lejos se encuentra del Padre, darse cuenta que es hijo y que igual su Padre lo espera y está junto a él y le abraza, el hijo mayor esta tan cerca de entrar a la fiesta, a solo unos pasos, pero su amor se ha enfriado, esto le puede ubicar más lejos de donde pudo llegar el hijo menor, le ciega, le vuelve insensible a las gracias que puede recibir del Padre.

Esa también es nuestra historia, nosotros transitamos esos caminos en nuestra vida, a veces nos alejamos, en otras nos acercamos a la casa del Padre, a veces vamos adormecidos caminando lejos y en otra regresamos sucios, lodosos, cansados, el Padre nos espera a todos y si somos sensatos nos damos cuenta que nuestro lugar es junto a Él,  ahí somos libres y felices, pero aun ahí debemos estar despiertos y atentos, aun junto a Él podemos alejarnos si no recapacitamos de forma constante, si nos acomodamos y nos adormecemos nos podemos llegar a sentir extraños junto al Padre, tan lejos y tan cerca de la fiesta del Perdón, del Amor y la Misericordia. Tristemente a veces esa historia no termina con final feliz, el Padre se queda esperando a un hijo que no regresa, que se pierde en el camino, que se ahoga entre lodo y podredumbre junto a los cerdos y también a veces el hijo mayor no participa de la fiesta.

Hoy podemos recapacitar: ¿Dónde estamos? ¿Estamos lejos del Padre? ¿Vamos caminando de regreso a su casa? ¿Estamos como el hijo mayor en casa pero sintiéndonos tan extraños? Somos hijos del Padre, algunos parecidos al mayor, otros al menor, pero al fin de cuentas hijos pródigos somos, es nuestro Padre Dios y nos está esperando siempre para darnos el abrazo de amor, de perdón y Misericordia.



Recuerda: Ama mucho, el Reino de Dios ha llegado y que Dios les bendiga.

UT IN OMNIBUS GLORIFICETUR DEUS

Meditación Domingo 30 de marzo 2019 
IV de Cuaresma, Ciclo C






Escrito por:


Néstor Esaú Velásquez Téllez
Comunicador y Fotógrafo de la Diócesis de León.
Responsable de Formación, junto con su esposa Roxana
en Pastoral Familiar de la Diócesis de León y 
Coordinadores de la Sección Familia y 
Vida de la Comunidad Cristiana San Ramón
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