La Santísima Virgen María a lo largo de su vida siempre
procuró quedar en lo secreto, cuando llega la hora de la humillación avanza y
se coloca en primer plano, digna y silenciosa. La Virgen María conforta y
comparte ese sufrimiento de su Hijo.
Ella que estaba con el corazón traspasado de
inmenso dolor, al ver sufrir y morir a su querido Hijo. Ella en cuyo pecho
penetró la espada profetizada por Simeón ahí estaba presente en esa escena
desgarradora, donde los hombres estábamos matando y degollando a su Hijo, ahí estaba sosteniéndolo y
sosteniendo su cruz.
La
cruz, es la prueba comprometida y decisiva para ver si valemos para su proyecto
y de esa manera poder fiarse de nosotros. Prueba de la dirección de la vida, de
una opción fundamental, de una orientación existencial. Prueba esencial de la
fe y amor y prueba de la fidelidad a Dios. En todo calvario, si es calvario que
Cristo nos ha regalado, allí esta María acompañándonos como buena Madre. “Desde
aquella hora me recibió en su casa”. No nos abandona nunca.
María
sabe que nuestra cruz vale mucho, porque con ella caminamos todas las horas de
nuestra vida acompañando a su Hijo en la obra de la redención. Pero la cruz sólo
se convierte en redención cuando se acepta y se une a la de Cristo. No
olvidemos que antes de ser nuestra, la cruz es de Cristo, pues bajo cada cruz
va Él. A nosotros se nos propone sólo llevarla con Él.
Pbro. José Miguel, C.SS.S

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