Todos hemos escuchado ante la decepción por un mal ejercicio de alguna profesión: es que fulano no tiene vocación y, sin duda, es necesario entender esto, pues la vocación es diferente a la profesión. De la vocación solo hay cuatro áreas, a saber: el llamado al matrimonio, el llamado a la vida consagrada, el llamado al orden, y el llamado a la vida laical. Dentro de estas llamadas se desarrolla un modo de convivir, de desarrollarte, de ingerir, de interactuar en sociedad esto viene siendo la profesión, la actividad en la que encontrarás un modo de realizarte, que aunado a tu vocación te llevará hacia la búsqueda de la plenitud.  Yo puedo estar casado, pero quizás de profesión soy doctor, licenciado, arquitecto, etc., esto es un reflejo claro de la vocación y profesión. Cada uno es llamado a hacer algo en la vida.

 La vocación es un misterio… una cierta manera de vivir la vida, comprenderla y ordenarla a un servicio, pero la llamada origen de la vocación no emana de la propia persona como pasa en la profesión, ésta solo puede recibirla y aceptarla libremente. En la Biblia encontramos diversos llamados, con sus respetivas respuestas y sus miedos, sus limitaciones, sus temores, sus impotencias expresadas que sin duda incrementan el misterio que de por sí, trae consigo el llamado.

Muchas veces esos miedos o temores nos impiden hacer una opción en la llamada en nuestra vida, sin embargo, para una correcta respuesta, es recomendable dejarte acompañar como en el llamado de Samuel; 1 Sam 3, 1-12. Sin embargo, cuando uno hace la opción ante el llamado por la vocación, es como aventarse a un precipicio completamente oscuro, sin saber con qué te toparás al ir cayendo, o sin poder tener ciencia cierta de qué te espera al final del precipicio y, en este trayecto, solo nos toca decir como Isaías… aquí estoy Señor, envíame Is: 6,1-2; 3-8 y ya en el envío, la respuesta como en el Salmo 37: aquí estoy Señor para hacer tu voluntad.  


Seminarista José Luis Rubio,
Pto.Escondido, Oaxaca, México