Amado hermano en la fe, saludos cordiales en Jesús el Santísimo Salvador. Hemos iniciado un tiempo propicio en nuestro calendario litúrgico, un tiempo de alegría y gozo, porque Jesús ha resucitado, nos ha redimido y nos ha hecho merecedores de la gloria eterna.

            Cuantos de nosotros en algún momento de nuestra existencia hemos experimentado un rato de cuestionamiento al preguntarnos, en qué podríamos invertir algo de dinero con que disponemos. Muchos lo gastamos, otros podrían decidir guardarlo y más de alguno pensaría en algún negocio en donde no solo èsta, sea su mejor inversión, sino que también le saque mucha ganancia, por ende, esta decisión debe ser la más sensata, y sobre todo debe ser excelentemente administrado.

            Algo así es la recomendación que nos hace nuestro doctor de la Iglesia, San Alfonso María de Ligorio en su obra titulada: “El Camino de la Salvación”, en donde vislumbra al decir que no hay mejor negocio que el negocio de nuestra eterna salvación, ese negocio en que nos va todo, puesto que en él va nuestra dicha o nuestra ruina eterna. Y al hablar de eternidad, no se refiere más que a salvarnos o condenarnos por siempre jamás; granjearnos una eternidad de delicias o una eternidad de tomentos; vivir una vida o siempre feliz o siempre desgraciada.

            Que difícil resulta a veces tomar las mejores decisiones y en múltiples ocasiones nos cuestionamos qué será de nosotros, si nos salvaremos o nos condenaremos. Dice san Alfonso: ¿cómo sabiendo que me puedo condenar, no me resuelvo a abrazar una vida que me asegure la vida eterna? Por ello recomienda agarrarnos de la oración, pidiendo al Señor que no permita que ningún alma se pierda en este caminar hacia esta opción gloriosa de la salvación. Es necesario optar por tan amorosa y gloriosa opción, por ese camino en el que el Señor nos invita a seguir sus pasos. Ya él ha cumplido con su promesa, ahora nos toca a nosotros dar el paso, encaminando cada mirada, cada acto, cada palabra, cada sentimiento hacia esa gloria eterna, pero no con cualquier mirada, sino con la mirada de la fe, con actos de amor, con palabras edificantes de aliento y perdón, y con los mismos sentimientos de Jesucristo.

Si los hombres tienen por gran negocio dice san Alfonso: ganar un pleito, obtener un empleo, hacerse con una finca; pero cosa que acaba con el tiempo no merece en verdad calificarse de grande. Pues todos los bienes de este mundo se han de acabar un día para nosotros; porque o nosotros los abandonaremos a ellos, o de ellos seremos abandonados. Solo, pues merece el nombre de grande el negocio de la salvación, en que va dicha o desdicha sin fin.

            Amado hermano, con mucha alegría por celebrar la Resurrección de nuestro Señor Jesucristo, pero conscientes de que somos pecadores, arrepentidos y con la mano en el corazón pidamos perdón a la Bondad Infinita por nuestras ofensas. Y con fe optemos por este negocio de la eterna salvación, haciendo el propósito de amar a Dios sobre todos los bienes, y con sinceridad y humildad preferir perderlo todo antes de perder su amistad, que nos conceda también la fortaleza para serle fiel y que María Madre y Esperanza nuestra, interceda ante él por nosotros.

Hno. José Alberto,C.SS.S