Así como Eva, había sido seducida por el discurso de un ángel, hasta el punto de alejarse de Dios. Ahora María, recibió la buena nueva por el discurso de un ángel, para llevar en su seno a Dios, obedeciendo a su palabra; y como aquella había sido seducida para desobedecer a Dios, ésta se dejó convencer al obedecer a Dios. Y de la misma forma que el género humano había quedado sujeto a la muerte a causa de una virgen, fue librado de ella por otra Virgen.

Obedeciendo sin reservas a la voluntad salvífica de Dios que se le manifestó a través de las palabras del ángel, se presenta como modelo para aquellos a quienes el Señor proclama bienaventurados, porque “oyen la palabra de Dios y la guardan” (Lc 11, 28). Jesús, respondiendo a la mujer que, en medio de la multitud, proclama bienaventurada a su madre, muestra la verdadera razón de ser de la bienaventuranza de María: su adhesión a la voluntad de Dios, que la llevó a aceptar la maternidad divina. Dios pone el destino de todos en las manos de una joven.

“La Virgen María colaboró por su fe y obediencia libres a la salvación de los hombres. Ella pronunció su “fiat” “loco totius humanae naturae” (“ocupando el lugar de toda la naturaleza humana”). Por su obediencia, ella se convirtió en la nueva Eva, madre de los vivientes” (CEC n. 511).

El concilio Vaticano II destaca la entrega total de María a la persona y a la obra de Cristo: “Se entregó totalmente a sí misma, como esclava del Señor, a la persona y a la obra de su Hijo. Con Él y en dependencia de Él, se puso, por la gracia de Dios Todopoderoso, al servicio del misterio de la redención” (Lumen gentium n. 56).

Diácono Kimy Rivera