Domingo de la Santísima Trinidad
Primera lectura: Lectura del libro de los Proverbios 8, 22-31
Salmo responsorial: Salmo: Sal 8, 4-5. 6-7a. 7b-9.
Segunda lectura: Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los Romanos 5, 1-5
Evangelio: Lectura
del santo evangelio según san Juan 16, 12-15
Fiesta
de la Santísima Trinidad, celebramos el misterio de amor y comunión más grande
que existe tan insondable que es Dios mismo. San Gregorio de Taumaturgo decía: “Hay un solo Dios, Padre del Verbo viviente, de la
Sabiduría subsistente, del Poder y de la Imagen eterna; Engendrador perfecto
del perfecto Engendrado, Padre del Hijo Unigénito. Hay un solo Señor, Único del Único, Dios de
Dios, Figura (carácter) e Imagen de la Divinidad, Verbo Eficiente,
Sabiduría que abraza todo el universo y Poder que crea el mundo entero, Hijo
verdadero del verdadero Padre, Invisible del Invisible, Incorruptible del
Incorruptible, Inmortal del Inmortal, Eterno del Eterno. Y hay un solo Espíritu Santo, que
tiene su subsistencia de Dios y fue manifestado a los hombres por el Hijo:
Imagen del Hijo, Imagen Perfecta del Perfecto, Vida, Causa de los vivientes,
Manantial Sagrado, Santidad que comunica la santificación, en quien se
manifiestan Dios Padre, que está por encima de todos y en todos, y Dios Hijo,
que está a través de todos. Hay una Trinidad perfecta, en gloria y eternidad y majestad, que
no está dividida ni separada. No hay, por consiguiente, nada creado ni
esclavo en la Trinidad, ni tampoco nada sobreañadido, como si no hubiera
existido en un período anterior y hubiera sido introducido más tarde. Y así ni
al Padre le falló nunca el Hijo, ni el Espíritu Santo al Hijo, sino que, sin
variación ni mudanza, la misma Trinidad ha existido siempre”.
Esta es la fe que
profesamos, Tres personas distintas, un solo Dios verdadero, pero es más allá
que solo la acción de decir creo, es asumir también la acción de este Dios
Trinitario en nuestras vidas. Cuando nos bautizamos lo hacemos en el nombre del
Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, nuestra vida como creyentes está marcada
por la acción de la Santísima Trinidad. “La
Trinidad es una. No confesamos tres dioses sino un solo Dios en tres
personas: "la Trinidad consubstancial" (Concilio de Constantinopla
II, año 553: DS 421). Las personas divinas no se reparten la única divinidad,
sino que cada una de ellas es enteramente Dios: "El Padre es lo mismo que
es el Hijo, el Hijo lo mismo que es el Padre, el Padre y el Hijo lo mismo que
el Espíritu Santo, es decir, un solo Dios por naturaleza" (Concilio de
Toledo XI, año 675: DS 530). "Cada una de las tres personas es esta
realidad, es decir, la substancia, la esencia o la naturaleza divina"
(Concilio de Letrán IV, año 1215: DS 804)”. (CIC 253).
El Padre crea; profesar
nuestra fe en Dios Padre es también aceptar vivir bajo la condición de hijos,
le llamamos a Dios nuestro Padre y le reconocemos como nuestro creador. Cuando
asumimos de verdad esta condición descubrimos nuestra vocación, hemos sido
creados por nuestro Padre para el Amor, para Amar y ser Amados, ahí encontramos
la razón más profunda de nuestro ser y nuestra verdadera aspiración y meta para
alcanzar la felicidad. Dios Padre nos abre la puerta también a los demás, al
encontrarle podemos entrar en comunión con nuestros hermanos, al final de cuentas
nos une un único Padre que nos ama y nos espera siempre. Dios no es un Padre,
es el Padre, el verdadero Padre que nos ama con el Amor más profundo e intenso.
“Jesús ha revelado que Dios es "Padre"
en un sentido nuevo: no lo es sólo en cuanto Creador; Él es eternamente Padre
en relación a su Hijo único, que recíprocamente sólo es Hijo en relación a su
Padre: "Nadie conoce al Hijo sino el Padre, ni al Padre le conoce nadie
sino el Hijo, y aquel a quien el Hijo se lo quiera revelar" (Mt 11,27)”.
(CIC 240).
El Hijo redime; en el
credo decimos creo en Jesucristo, Hijo único de Dios, es la segunda persona de
la Santísima Trinidad y aquel que ha dado su vida por nuestra propia redención,
para salvarnos y que tengamos vida. “Los evangelios narran en dos momentos
solemnes, el Bautismo y la Transfiguración de Cristo, que la voz del Padre lo
designa como su "Hijo amado" (Mt 3, 17; 17, 5). “Jesús se designa a sí mismo
como "el Hijo Único de Dios" (Jn 3, 16) y afirma mediante este título su
preexistencia eterna (cf. Jn 10, 36). Pide la fe en "el Nombre del
Hijo Único de Dios" (Jn 3, 18). Esta confesión cristiana aparece ya
en la exclamación del centurión delante de Jesús en la cruz: "Verdaderamente
este hombre era Hijo de Dios" (Mc 15, 39), porque es solamente en el misterio
pascual donde el creyente puede alcanzar el sentido pleno del título "Hijo
de Dios"”. (CIC 444). En el Hijo y por el Hijo recibimos nosotros nuestra filiación
divina, somos parte de su Cuerpo Místico y en su vida, pasión, muerte y
Resurrección encontramos la razón de ser de nuestra fe Cristiana.
El Espíritu Santo nos
santifica; en el credo le decimos Señor y dador de Vida, que procede del Padre
y del Hijo. "Nadie conoce lo íntimo
de Dios, sino el Espíritu de Dios" (1 Co 2, 11). Pues bien, su Espíritu que lo revela
nos hace conocer a Cristo, su Verbo, su Palabra viva, pero no se revela a sí
mismo. El que "habló por los profetas" (Símbolo
Niceno-Constantinopolitano: DS 150) nos hace oír la Palabra del Padre. Pero
a él no le oímos. No le conocemos sino en la obra mediante la cual nos revela
al Verbo y nos dispone a recibir al Verbo en la fe. El Espíritu de verdad que
nos "desvela" a Cristo "no habla de sí mismo" (Jn 16, 13). Un
ocultamiento tan discreto, propiamente divino, explica por qué "el mundo
no puede recibirle, porque no le ve ni le conoce", mientras que los que
creen en Cristo le conocen porque él mora en ellos (Jn14, 17)”.
(CIC 687). La acción del Espíritu Santo está presente en toda nuestra vida,
es nuestro paráclito y consolador, es el que anima y mueve a la Iglesia y nos
transforma a nosotros en sus Templos vivos.
Un único Dios pero no solitario,
sino Trinidad de Amor, nuestra vida está marcada por su acción Divina. A los catecúmenos de
Constantinopla, san Gregorio Nacianceno, llamado también "el
Teólogo", confía este resumen de la fe trinitaria. «Ante todo, guardadme este buen depósito, por
el cual vivo y combato, con el cual quiero morir, que me hace soportar todos
los males y despreciar todos los placeres: quiero decir la profesión de fe en
el Padre y el Hijo y el Espíritu Santo. Os la confío hoy. Por ella os
introduciré dentro de poco en el agua y os sacaré de ella. Os la doy como
compañera y patrona de toda vuestra vida. Os doy una sola Divinidad y Poder,
que existe Una en los Tres, y contiene los Tres de una manera distinta.
Divinidad sin distinción de substancia o de naturaleza, sin grado superior que
eleve o grado inferior que abaje [...] Es la infinita connaturalidad de tres
infinitos. Cada uno, considerado en sí mismo, es Dios todo entero[...] Dios los
Tres considerados en conjunto [...] No he comenzado a pensar en la Unidad
cuando ya la Trinidad me baña con su esplendor. No he comenzado a pensar en la
Trinidad cuando ya la unidad me posee de nuevo... (Orationes, 40,41: PG
36,417).
La Santísima Trinidad,
misterio infinito de Amor que nos envuelve y nos invita al Amor. “Él nos reveló que Dios es amor “no en la
unidad de una sola persona, sino en la Trinidad de una sola sustancia” (Prefacio
de la misa de la Santísima Trinidad): es Creador y Padre misericordioso; es Hijo unigénito,
eterna Sabiduría encarnada, muerto y resucitado por nosotros; por último, es
Espíritu Santo que todo lo mueve, el cosmos y la historia, hacia la plena
recapitulación final. Tres personas que son un solo Dios, pues el Padre es
amor, el Hijo es amor, el Espíritu es amor. Dios es todo amor y sólo amor, amor
purísimo, infinito y eterno. No vive en una espléndida soledad, sino que más
bien es fuente inagotable de vida que incesantemente se entrega y comunica. Lo
podemos intuir en cierto sentido al observar tanto el macro-universo: nuestra
tierra, los planetas, las estrellas, las galaxias; como el micro-universo: las
células, los átomos, las partículas elementales. En todo lo que existe se
encuentra, en cierto sentido, impreso el “nombre” de la Santísima Trinidad,
pues todo el ser hasta las últimas partículas es ser en relación, y de este
modo se trasluce el Dios-relación, se trasluce en última instancia el Amor
creador. Todo procede del amor, tiende al amor, y se mueve empujado por el
amor, naturalmente, según diferentes niveles de consciencia y de libertad.
“¡Señor Dios nuestro, qué admirable es tu nombre en toda la tierra!” (Salmo 8, 2),
exclama el salmista. Hablando del “nombre” la Biblia indica al mismo Dios, su
identidad más verdadera; identidad que resplandece en toda la creación, en la
que todo ser, por el hecho de ser y por el “tejido” del que está hecho hace
referencia a un Principio trascendente, a la Vida eterna e infinita que se
entrega, en una palabra, al Amor. “En Él –dijo el apóstol en el Areópago de
Atenas– vivimos, nos movemos y existimos” (Hechos 17, 28). La prueba más fuerte de que estamos hechos a
imagen de la Trinidad es ésta: sólo el amor nos hace felices, pues vivimos en
relación, y vivimos para amar y para ser amados. Utilizando una analogía
sugerida por la biología, diríamos que el ser humano lleva en el propio
“genoma” la huella profunda de la Trinidad, de Dios-Amor.” (Benedicto
XVI).
Recuerda: Ama mucho, el Reino de Dios ha llegado y que Dios les bendiga.
UT IN OMNIBUS GLORIFICETUR DEUS
UT IN OMNIBUS GLORIFICETUR DEUS
Escrito por:
Néstor Esaú Velásquez Téllez
Comunicador y Fotógrafo de la Diócesis de León.
Responsable de Formación, junto con su esposa Roxana
en Pastoral Familiar de la Diócesis de León y
Coordinadores de la Sección Familia y
Vida de la Comunidad Cristiana San Ramón
Twitter: @Nestor_Esau
Néstor Esaú Velásquez Téllez
Comunicador y Fotógrafo de la Diócesis de León.
Responsable de Formación, junto con su esposa Roxana
en Pastoral Familiar de la Diócesis de León y
Coordinadores de la Sección Familia y
Vida de la Comunidad Cristiana San Ramón


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