Amado hermano en Cristo y María,
reciba un cordial saludo para usted y su familia esperando que las gracias por
parte de Dios les colmen abundantemente en su vida diaria y labores cotidianos.
Dice
nuestro Doctor de la Iglesia, San Alfonso en su libro: ‘Practica del Amor a Jesucristo’ que ciertamente las penas que más
afligen en esta vida a las almas amantes de Dios no son la pobreza, ni la
enfermedad, ni las deshonras, ni las persecuciones sino las tentaciones y
desconsuelos espirituales. Ya que cuando el alma disfruta de la amorosa
presencia de Dios, todos los dolores, ignominias y malos tratamientos de los
hombres, en vez de afligirla, la consuelan más, por la ocasión que le brindan
de ofrecer a Dios alguna muestra de su amor; esas contrariedades son a manera
de leña acumulada al fuego. Mas, cuando en la tentación se ve expuesta a perder
la divina gracia y entre los desconsuelos le parece haberla ya perdido, éstas
son penalidades harto amargas para quien ama de corazón a Jesucristo. Pero continúa
diciendo que del mismo amor sacará tal alma la fortaleza para sufrirlo todo
pacientemente y continuar el emprendido camino de la perfección. Y ¡cuánto
progresan las almas con estas pruebas que suele hacer Dios de su amor! Sin embargo,
que difícil se torna en nuestros tiempos actuales, ser paciente ante
situaciones que nos ponen en aprietos, más aún si de tentaciones se trata, pues
la misma condición humana nos traiciona y arrastra hacia el mal actuar.
Hablando
de las tentaciones según san Alfonso a las almas amantes de Jesucristo no hay
pena que así las tentaciones le aflijan; el resto de los males, aceptados
resignadamente, las inclinan a unirse más y más a Dios; mas, cuando se ven
tentadas a pecar y expuestas a separarse de Jesucristo, este tormento les es
más amargo que todos los demás. Pero he aquí la pregunta del millón que a
muchos nos ha cuestionado más de algún momento. ¿Por qué permite Dios las tentaciones?
– Adviértase aquí que, aun cuando las tentaciones que inducen al mal no
provienen de Dios, sino del demonio o de nuestras malas inclinaciones: “Dios no
es tentador de cosa mala. Él a nadie tienta” (Iac. 1, 13), sin embargo, el
Señor permite a veces que sus más regaladas almas sean las más fuertemente
tentadas. Dios permite las tentaciones, primero, para que con ellas
reconozcamos mejor nuestra debilidad y la necesidad que tenemos de su ayuda
para no caer. Cuando el alma se ve favorecida de Dios con divinas
consolaciones, se le hace que esté valiente para desafiar todo asalto de los
enemigos y para emprender cualquier obra en pro de la divina gloria. Pero
cuando se halla bravamente tentada, al borde del precipicio y a pique de
sucumbir, entonces reconoce mejor su flaqueza e impotencia para resistir si
Dios no la ayudare. Permite, en segundo lugar, Dios las tentaciones para que
vivamos desprendidos de la tierra y deseemos más ardorosamente ir a verlo en el
cielo. Termina san Alfonso diciendo que no son los malos pensamientos los que
nos hacen perder a Dios, sino los malos consentimientos. Por vehementes que
sean las sugestiones del demonio, por vivos que sean los fantasmas impuros que
asalten la imaginación, mientras no consintamos en ello, lejos de manchar el
alma, la vuelven más pura, más fuerte y más acepta a Dios. Dice San Bernardo
que cuantas veces vencemos las tentaciones, conquistamos una nueva corona.
Hermano, no dejemos de pedir a nuestra madre María Santísima su poderosa
intercesión, y la luz del Espíritu Santo para que nos fortalezca en los
momentos de tentación.
Por: Hno. José Alberto, C.SS.S.

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