Domingo 15º del tiempo ordinario

Primera lectura: Lectura del libro del Deuteronomio (30,10-14)
Salmo responsorial: Sal 68,14.17.30-31.33-34.36ab.37 (opción 2) Sal 18, 8. 9. 10. 11 (R/.: 9ab)
Segunda lectura: Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los Colosenses (1,15-20)
Evangelio: Lectura del santo evangelio según san Lucas (10,25-37):

Una de las preguntas de fácil respuesta pero tan difícil de practicar ¿Qué tengo que hacer para heredar la Vida eterna? es sencilla la respuesta, se resume a una sola palabra: Amar; la vida se alcanza y se obtiene solo desde el Amor y es el camino para una vida abundante, pero en la práctica se vuelve difícil casi imposible para la mayoría, cuesta tanto amar, el pecado nos ha herido y empequeñecido nuestro corazón que lograr que se ensanche es una experiencia difícil, se necesita un corazón sencillo, corazones dispuestos y abiertos al amor, pero no es imposible, todos podemos abrir los ojos y el corazón para ver a los que sufren a nuestro alrededor y ser para ellos consuelo y esperanza, pero es el trabajo de personas despiertas y conectadas, no a una red social sino al Amor.

La ley se resume en: «“Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón y con toda tu alma y con toda tu fuerza” y con toda tu mente. Y “a tu prójimo como a ti mismo”». (Lc 10, 27). Para muchos les resulta fácil decir que aman a Dios, les sirve de tranquilizante, esa respuesta queda en la conciencia de cada quien y algunos la acomodan, dicen voy a Misa, amo a Dios, soy devoto de la Virgen estoy bien, hago una oración cuando me acuerdo, doy alguna ayuda a la Iglesia…colocamos como cumplida esta tarea con tan pocos gestos exteriores y superficiales pero ¿Amamos a Dios? ¿Amas a quien no ves? El amor sin duda va más allá de gestos de piedad popular y signos exteriores de aparente religiosidad y devoción, hay una prueba que es difícil de pasar, es una prueba de Amor, si dices que amas a Dios, el Amor te transforma si de verdad le amas, ese Amor se manifiesta en tu vida y lo reciben aquellos que ves, ahí aparece el Prójimo y ¿Quién es el prójimo?, es la misma pregunta que realiza el doctor de la Ley, —dato siempre curioso, aquellos estudiados, formados, aquellos que se dicen creyentes y practicantes son muchas veces los que encuentran pero y excusas para todo—, este doctor de la ley debía conocer la ley, pero para él era solo una teoría, un contenido para discutir pero no para vivir, o bien y peor aún conocía perfectamente la ley y la acomodaba, se hacia el ignorante, eso también nos puede pasar a nosotros.

Jesús responde con una parábola, todos la hemos oído y conocemos, es el buen samaritano, con ella Jesús nos enseña la universalidad del Amor y que este transciende y transforma a la humanidad, el prójimo se transforma en cualquier persona humana independientemente del parentesco o lazos sanguíneos, el prójimo se transforma en la oportunidad de encuentro con «el otro», con quien se me acerca, con quien comparto camino, el prójimo se transforma en «el otro», sea o no mi hermano o familia, al fin de cuentas el prójimo es con quien comparto la vida, este momento de la historia, este tránsito por el mundo son más de siete mil millones de personas, son «el otro», los prójimos que habitan en este momento el mundo —Acaso no compartimos el mismo grano de polvo que flota en el universo, en las manos de Dios—. Jesús agranda nuestro mundo y derriba las fronteras, derriba los muros que hemos ido colocando para no ver a quien está junto a nosotros, a quienes están a nuestro entorno, esos muros que hemos ido construyendo para hacernos insensibles ante el dolor de quienes sufren, «el otro» se transforma así en la señal visible y elocuente del Amor, de ese Amor que decimos tener a Dios “El que dice: Amo a Dios, y no ama a su hermano, es un mentiroso. ¿Cómo puede amar a Dios, a quien no ve, el que no ama a su hermano, a quien ve? Este es el mandamiento que hemos recibido de Él: el que ama a Dios debe amar también a su hermano” (1 Jn 4, 20-21).

La medida de nuestro Amor se manifiesta en «el otro», es quien nos examina en el amor y esto los tercos y duros de corazón les cuesta entender, dice la escritura que paso un sacerdote y un levita, eran gente “buena”, de los que se decían cumplidores de la ley, pero caminaban ciegos, caminaban en sus propios asuntos, justificando sus conciencias con el mero “conocimiento” de la ley, con el cumplir ciertas prácticas, pero no pasaron la prueba del amor, estaba ante sus ojos, pero dice la escritura: lo vio y siguió de largo (Jn 10, 31-32). Es solo el samaritano, quien era considerado despreciable, pecador, ese fue capaz de ver «el otro», dice la Escritura: “llegó donde estaba él y, al verlo, se compadeció, y acercándose, le vendó las heridas, echándoles aceite y vino, y, montándolo en su propia cabalgadura, lo llevó a una posada y lo cuidó.” (Jn 10, 33-34). Es el samaritano quien rompe distancias, es el samaritano quien se acerca, es el samaritano quien cumple al pie de la letra la ley, porque la ley es el Amor. Por el Amor, Dios está presente en todos nuestros hermanos, algo que nos cuesta entender, Dios se hace «el otro», un niño en la calle, una persona sin hogar, un enfermo, un agonizante, un anciano abandonado… Dios se hace presente y sale a nuestro encuentro en «el otro», pero no somos capaces de verle, le creemos solo encerrado en los templo y a veces nos extiende la mano desde el atrio o las puertas de nuestras Iglesias, nosotros le vemos y pasamos de largo, pensamos en cosas importantes, vamos bien vestidos, llevamos prisa por cumplir nuestras prácticas de piedad y religiosidad, llevamos la conciencia tranquila, nos creemos “buenos” y eso es suficiente.

La parábola del buen samaritano es un golpe para nuestras conciencias, es un despiértate, mira observa a tu alrededor a Dios presente en los que sufren en los que padecen y en toda persona que se nos acerca, Dios camina por el mundo, no pidiendo limosna, sino pidiendo Amor. —Es hermoso que buena parte de la parábola se ubica en un camino— el camino es el lugar de encuentro; del camino  se llega a la intimidad del albergue, el samaritano no solo le cura las heridas y le deja a su suerte, le hace parte de lo propio lo que puede poseer y ofrecer, no solo da una limosna, un par de monedas para aquietar su conciencia, le recibe como un igual, le devuelve la dignidad, se responsabiliza por la vida del otro y pone de su parte para mejorar su calidad de vida, no hace una obra benéfica para las cámaras, solo Dios es testigo y Dios es el que cuenta sus acciones, así el amor se vuelve afectivo y efectivo, no solo se conmueve sino que le acoge y recibe dando de sí mismo lo que tiene y posee, esta es la verdadera caridad.

¿Cuántos padecen a nuestro alrededor? ¿Cuántos tan cerca nuestro pasan necesidad? Y nosotros estamos pasando de largo, la invitación del Maestro con esta parábola es muy clara, es una tarea siempre pendiente para nosotros, es la tarea del Amor, porque Él hoy nos dice: «Anda y haz tú lo mismo» (Jn 10, 37).

Recuerda: Ama mucho, el Reino de Dios ha llegado y que Dios les bendiga.
UT IN OMNIBUS GLORIFICETUR DEUS



Escrito por:

Néstor Esaú Velásquez Téllez
Comunicador y Fotógrafo de la Diócesis de León.
Responsable de Formación, junto con su esposa Roxana
en Pastoral Familiar de la Diócesis de León y 
Coordinadores de la Sección Familia y 
Vida de la Comunidad Cristiana San Ramón
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