Domingo 17º del tiempo ordinario – Ciclo C

Primera lectura: Lectura del libro del Génesis (18,20-32)
Salmo responsorial: Sal 137,1-2a.2bc-3.6-7ab.7c-8
Segunda lectura: Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los Colosenses (2,12-14)
Evangelio: Lectura del santo evangelio según san Lucas (11,1-13)

Hermosas lecturas de este domingo, una verdadera necesidad para la vida espiritual, la oración; orar es algo tan sencillo pero a la vez tan difícil, nos cuesta tanto porque nos hace falta crecer en voluntad, ver con ojos de fe la vida y sus acontecimientos y descubrir la presencia siempre constante de Dios. Santa Teresita del Niño Jesús decía: «Para mí, la oración es un impulso del corazón, una sencilla mirada lanzada hacia el cielo, un grito de reconocimiento y de amor tanto desde dentro de la prueba como en la alegría (Santa Teresa del Niño Jesús, Manuscrit C, 25r: Manuscrists autohiographiques [Paris 1992] p. 389-390) (CIC 2558).

Orar es esa mirada de fe que se eleva hasta el cielo, un impulso del corazón que descubre la vida como algo transitorio y que la hace trascender, la oración es gustar del cielo, traer un pedacito del cielo a este momento de mi vida —acaso el cielo no es gustar de Dios, estar en su presencia— ese estar en la presencia de Dios es también hablarle y esto sucede en la oración, en ella le hablamos y escuchamos, por esto que bello que la oración se compara con la sed, esa necesidad de Dios, esa sed que solo puede ser llenada por Dios mismo, por eso es triste que muchas personas no oren o hayan dejado de orar: “Si conocieras el don de Dios”(Jn 4, 10). La maravilla de la oración se revela precisamente allí, junto al pozo donde vamos a buscar nuestra agua: allí Cristo va al encuentro de todo ser humano, es el primero en buscarnos y el que nos pide de beber. Jesús tiene sed, su petición llega desde las profundidades de Dios que nos desea. La oración, sepámoslo o no, es el encuentro de la sed de Dios y de la sed del hombre. Dios tiene sed de que el hombre tenga sed de Él (San Agustín, De diversis quaestionibus octoginta tribus 64, 4) (CIC 2560).

La primera lectura de este domingo nos habla del poder de la oración y de la intercesión, Abrahán habla con Dios y pide por los justos de las ciudades de Sodoma y Gomorra. Dios se dirige a estas ciudades a hacer justicia, su maldad y pecado han hecho que el clamor contra ellos llegue hasta Dios y por ello se dirige hasta estas ciudades, pero entre la destrucción de la ciudad y el salvarse se encuentra Abrahán quien con su oración hace ruegos a Dios por la ciudad y por los justos que en ella se encuentran. Esto pasa muchas veces en nuestras vidas, aunque no lo creamos, ¿Cuantas veces nuestra vida se encuentra atada a un pequeño hilo de oración? estamos entre nuestra destrucción o la salvación y pendemos de un hilo, de la oración de una mamá, de un papá, de un amigo de un ser querido… la oración es poderosa y puede cambiar el rumbo de una vida, lo hizo la oración insistente de Santa Mónica que pudo encontrar una respuesta con la conversión de su hijo, de el gran San Agustín. Que poderosa es una oración confiada, una oración hecha con fe, a veces reducimos la oración a algo mecánico y se nos olvida que la oración tiene poder, tiene mucho poder, la oración es un salvavidas para el que se encuentra en peligro y es fortaleza y alimento diario para quien busca a Dios, la oración son las alas de los Santos, no existe Santo que no haya orado de forma constante, porque la oración son esas alas para subir al cielo y suben al cielo quienes se acostumbran a orar, quienes se elevan de este mundo y abrazan a Dios con el dialogo amoroso de la oración, —a veces pienso que el mundo se sostiene y Dios nos sigue dando oportunidades gracias a la oración de unos pocos—

¿Pero a quien le oramos? ¿A quién nos dirigimos cuando oramos? Esa respuesta nos la da Jesús en el Evangelio, hoy vemos como un discípulo le pide “Señor, enséñanos a orar” (Lc 11, 1) Dios es Padre, Jesús nos enseña la oración del Padre nuestro y nos enseña a orar, a dirigirnos a Dios a llamarle por lo que es para nosotros, es un Padre y un Padre amoroso, esto motiva más nuestra oración, no hablamos con cualquier persona, no le pedimos a cualquier persona, nos dirigimos a nuestro Padre, a un Padre que nos ama, a un Padre que nos escucha, no es un Dios lejano que observa indiferente nuestra vida y la historia de la humanidad, es un Dios con el cual estamos emparentados, hay lazos familiares, somos sus hijos y ante nuestra insistencia en la oración recurrirá a nuestros pedidos; pero hay que insistir, porque no solo es un Padre, es un Padre bueno, por ello Jesús nos dice y nos da ejemplos “¿Qué padre entre vosotros, si su hijo le pide un pez, le dará una serpiente en lugar del pez? ¿O si le pide un huevo, le dará un escorpión? Si vosotros, pues, que sois malos, sabéis dar cosas buenas a vuestros hijos, ¿cuánto más el Padre del cielo dará el Espíritu Santo a los que le piden?” (Lc 11, 11 – 13) Por eso con más confianza podemos hablar con Dios a través de la oración, por eso podemos hablarle con ternura y decirle hoy Papito, gracias, perdón, te alabo, te pido y te escucho.

La oración es eficaz, basta que aprendamos a llamar, basta que insistamos y pidamos cosas buenas, Dios sabe escucharnos y atender a nuestras suplicas, Jesús nos asegura: “Pues yo os digo a vosotros: pedid y se os dará, buscad y hallaréis, llamad y se os abrirá; porque todo el que pide recibe, y el que busca halla, y al que llama se le abre”. (Lc 11, 9 – 10). El poder de la oración es que toca el Corazón de Dios, cuando pedimos y suplicamos con fe Él no puede dejar de atender nuestra voz, somos sus hijitos, pero hay que saber pedir y pedir lo que conviene, lo  bueno y pedir bien, lo demás es dejarnos en las manos de Dios, en su voluntad y acaso no es la voluntad de un Padre amoroso que lo único que puede dar es lo mejor a sus hijos, aunque a veces no lo entendamos o comprendamos, por eso confía, estamos en las manos de nuestro Padre Dios.


Este Dios que es mi Padre, es también nuestro Padre y eso nos ubica de cara a los demás «el otro» es mi hermano, no es un desconocido hay un lazo fraternal que me une a él, es el Padre nuestro, el Padre que nos regala un doble vinculo, filial con Él y fraternal con él hermano, por ello no oramos desde el egoísmo o el aislamiento, es la súplica común, es el clamor de los hijos al Padre “No decimos "Padre mío, que estas en los cielos", ni "el pan mío dame hoy", ni pide cada uno que perdone a él solo su deuda o que no sea dejado en la tentación... Es publica y común nuestra oración, y no oramos por uno solo, sino por todo el pueblo” (San Cipriano). Por ello hoy levanta la mirada al cielo y dirígete a quien es nuestro Padre y nos escucha siempre con Amor.

Recuerda: Ama mucho, el Reino de Dios ha llegado y que Dios les bendiga.
UT IN OMNIBUS GLORIFICETUR DEUS


Escrito por:

Néstor Esaú Velásquez Téllez
Comunicador y Fotógrafo de la Diócesis de León.
Responsable de Formación, junto con su esposa Roxana
en Pastoral Familiar de la Diócesis de León y 
Coordinadores de la Sección Familia y 
Vida de la Comunidad Cristiana San Ramón
Twitter: @Nestor_Esau
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