Semana de Oración y Formación en nuestra Diócesis de León. Unidos por la oración y formandanos nos preparamos a recibir a nuestro Obispo Monseñor Sócrates René Sándigo.
Tema 2: LA SUCESIÓN APOSTÓLICA Y SU VINCULACIÓN CON LA IGLESIA DIOCESANA

Habiendo transcurrido poco más de 28 años desde el ascenso al gobierno pastoral del quincuagésimo obispo de la Diócesis de León, Monseñor César Bosco Vivas Robelo y estando a pocos días de ser testigos como Pueblo de Dios del arribo del quincuagésimo primer Obispo de nuestra diócesis, Monseñor Sócrates René Sándigo Jirón, conviene reflexionar en este hermoso regalo que Dios nos da por medio de la Iglesia, regalo porque a través del ejercicio del ministerio episcopal el Pueblo de Dios goza de la estabilidad y sólidos cimientos que requiere para peregrinar seguro por el mundo, sabiendo que a la Iglesia la gobierna el Espíritu Santo y signo visible de ese gobierno es el Obispo que ejerce en cada Diócesis.

Conviene volver la mirada a poco más de 2000 años de historia que nos confirman la presencia y asistencia del Espíritu, que se ha quedado iluminando a la Iglesia por medio de los sucesores de los apóstoles y que conforme a la promesa de Cristo continuará haciéndolo hasta el fin de los tiempos. (Cfr Mt 28, 20). La Palabra y la vida de Jesús han estado permanentes en su pueblo. Pero para que la Palabra esté presente, se necesitan personas, testigos. Así nace esta reciprocidad: por una parte, la Palabra necesita la persona; pero, por otra, la persona, el testigo, está vinculado a la Palabra que le ha sido confiada y que no ha inventado él. Esta reciprocidad entre contenido — Palabra de Dios, vida del Señor— y persona que la transmite es característica de la estructura de la Iglesia. Y hoy queremos meditar en este aspecto personal de la Iglesia.
El Señor Jesús inició este camino convocando a los Doce, en los que estaba representado el futuro pueblo de Dios. Con fidelidad al mandato recibido, los Doce, después de la Ascensión del Señor, primero completaron su número con la elección de Matías en lugar de Judas (cf. Hch 1, 15-26); luego asociaron progresivamente a otros en las funciones que les habían sido encomendadas, para que continúen su ministerio. El Resucitado mismo llamó a Pablo (cfr. Ga 1, 1), pero Pablo, a pesar de haber sido llamado por el Señor como Apóstol, va y confirma su Evangelio con el Evangelio de los Doce (cfr. Ga 1, 18), se esfuerza por transmitir lo que ha recibido (cf. 1 Co 11, 23; 15, 3-4), y en la distribución de las tareas misioneras es asociado a los Apóstoles, junto con otros, por ejemplo con Bernabé (cf. Ga 2, 9).

Del mismo modo que al inicio de la condición de apóstol hay una llamada y un envío del Resucitado, así también la sucesiva llamada y envío de otros se realizará, con la fuerza del Espíritu, por obra de quienes ya han sido constituidos en el ministerio apostólico. Este es el camino por el que continuará ese ministerio, que luego, desde la segunda generación, se llamará ministerio episcopal, "episcopé". Tal vez sea útil explicar brevemente lo que quiere decir obispo. Es la palabra que usamos para traducir la palabra griega "epíscopos". Esta palabra indica a una persona que contempla desde lo alto, que mira con el corazón. Y según este modelo del Señor, que es el primer obispo, guardián y pastor de las almas, los sucesores de los Apóstoles se llamaron luego obispos, “epíscopoi”. Se les encomendó la función del “episcopé”.

Esta precisa función del obispo se desarrollará progresivamente, con respecto a los inicios, hasta asumir la forma —ya claramente atestiguada en san Ignacio de Antioquía al comienzo del Siglo II (cf. Ad Magnesios, 6, 1) — del triple oficio de obispo, presbítero y diácono. Es un desarrollo guiado por el Espíritu de Dios, que asiste a la Iglesia en el discernimiento de las formas auténticas de la sucesión apostólica, cada vez más definidas entre múltiples experiencias y formas carismáticas y ministeriales, presentes en la comunidad de los orígenes.

Así, la sucesión en la función episcopal se presenta como continuidad del ministerio apostólico, garantía de la perseverancia en la Tradición apostólica, Palabra y vida, que nos ha encomendado el Señor. El vínculo entre el Colegio de los obispos y la comunidad originaria de los Apóstoles se entiende, ante todo, en la línea de la continuidad histórica. Como hemos visto, a los Doce son asociados primero Matías, luego Pablo, Bernabé y otros, hasta la formación del ministerio del obispo, en la segunda y tercera generación. Así pues, la continuidad se realiza en esta cadena histórica. Y en la continuidad de la sucesión está la garantía de perseverar, en la comunidad eclesial, del Colegio apostólico que Cristo reunió en torno a sí. Pero esta continuidad, que vemos primero en la continuidad histórica de los ministros, se debe entender también en sentido espiritual, porque la sucesión apostólica en el ministerio se considera como lugar privilegiado de la acción y de la transmisión del Espíritu Santo.

Un eco claro de estas convicciones se percibe, por ejemplo, en el siguiente texto de san Ireneo de Lyon (segunda mitad del Siglo II): "La Tradición de los Apóstoles, que ha sido manifestada en el mundo entero, puede ser percibida en toda la Iglesia por todos aquellos que quieren ver la verdad. Y nosotros podemos enumerar los obispos que fueron establecidos por los Apóstoles en las Iglesias y sus sucesores hasta nosotros (...). En efecto, (los Apóstoles) querían que fuesen totalmente perfectos e irreprensibles aquellos a quienes dejaban como sucesores suyos, transmitiéndoles su propia misión de enseñanza. Si obraban correctamente, se seguiría gran utilidad; pero, si hubiesen caído, la mayor calamidad" (Adversus haereses, III, 3, 1).

San Ireneo, refiriéndose aquí a esta red de la sucesión apostólica como garantía de perseverar en la palabra del Señor, se concentra en la Iglesia "más grande, más antigua y más conocida de todos", "fundada y establecida en Roma por los gloriosos apóstoles, Pedro y Pablo", dando relieve a la Tradición de la fe, que en ella llega hasta nosotros desde los Apóstoles mediante las sucesiones de los obispos.
De este modo, para san Ireneo y para la Iglesia universal, la sucesión episcopal de la Iglesia de Roma se convierte en el signo, el criterio y la garantía de la transmisión ininterrumpida de la fe apostólica: "Con esta Iglesia, a causa de su origen más excelente (propter potiorem principalitatem), debe necesariamente estar de acuerdo toda la Iglesia, es decir, los fieles de todas partes, pues en ella se ha conservado siempre la tradición que viene de los Apóstoles" (ib., III, 3, 2). La sucesión apostólica —comprobada sobre la base de la comunión con la de la Iglesia de Roma— es, por tanto, el criterio de la permanencia de las diversas Iglesias en la Tradición de la fe apostólica común, que ha podido llegar hasta nosotros desde los orígenes a través de este canal: "Por este orden y sucesión, ha llegado hasta nosotros aquella tradición que, procedente de los Apóstoles, existe en la Iglesia y el anuncio de la verdad. Y esta es la prueba más palpable de que es una sola y la misma fe vivificante, que en la Iglesia, desde los Apóstoles hasta ahora, se ha conservado y transmitido en la verdad" (ib., III, 3, 3: PG 7, 851).

De acuerdo con estos testimonios de la Iglesia en los primeros tiempos, la apostolicidad de la comunión eclesial consiste en la fidelidad a la enseñanza y a la práctica de los Apóstoles, a través de los cuales se asegura el vínculo histórico y espiritual de la Iglesia con Cristo. La sucesión apostólica del ministerio episcopal es el camino que garantiza la fiel transmisión del testimonio apostólico. Lo que representan los Apóstoles en la relación entre el Señor Jesús y la Iglesia de los orígenes, lo representa análogamente la sucesión ministerial en la relación entre la Iglesia de los orígenes y la Iglesia actual. No es una simple concatenación material; es, más bien, el instrumento histórico del que se sirve el Espíritu Santo para hacer presente al Señor Jesús, cabeza de su pueblo, a través de los que son ordenados para el ministerio mediante la imposición de las manos y la oración de los obispos.

La sucesión apostólica es, pues, aquel aspecto de la naturaleza y de la vida de la Iglesia que muestra la dependencia actual de la comunidad con respecto a Cristo, a través de sus enviados. De esta manera, el ministerio apostólico es el sacramento de la presencia actuante de Cristo y del Espíritu en medio del Pueblo de Dios, sin que ello signifique minimizar la influencia inmediata de Cristo y del Espíritu sobre cada fiel. El carisma de la sucesión apostólica se recibe en la comunión visible de la Iglesia. Supone que aquel que va a ser incorporado en el cuerpo de los ministros, tenga la fe de la Iglesia. Pero eso no basta. El don del ministerio es concedido en un acto que es el signo visible y eficaz del don del Espíritu, acto que tiene como instrumento a uno o varios ministros, incorporados ellos mismos en la sucesión apostólica.
La transmisión del ministerio apostólico se realiza, por la ordenación, lo que comprende un rito con un signo sensible y una invocación a Dios (epiclèsi), a fin de que Él se digne conceder al que es ordenado, el don de su Espíritu Santo con los poderes necesarios para el cumplimiento de su tarea. Este signo sensible, ya desde el Nuevo Testamento, es la imposición de las manos. El rito de la ordenación atestigua que lo que sucede en el que es ordenado no es de origen humano y que la Iglesia no dispone a su antojo del don del Espíritu. La Iglesia, consciente de que su ser está ligado a la apostolicidad y de que el ministerio transmitido por la ordenación inserta al ordenado en la confesión apostólica de la verdad del Padre, ha juzgado que la ordenación dada y recibida en la fe que ella misma profesa al respecto, es necesaria para la sucesión apostólica en el sentido estricto de la expresión. La sucesión apostólica del ministerio interesa a toda la Iglesia, pero no procede de la Iglesia globalmente considerada, sino de Cristo a los Apóstoles y, en los Apóstoles, a todos los obispos hasta el fin de los tiempos.

Así pues, mediante la sucesión apostólica es Cristo quien llega a nosotros: en la palabra de los Apóstoles y de sus sucesores es Él quien nos habla; mediante sus manos es Él quien actúa en los sacramentos; en la mirada de ellos es su mirada la que nos envuelve y nos hace sentir amados, acogidos en el corazón de Dios. Y también hoy, como al inicio, Cristo mismo es el verdadero pastor y guardián de nuestras almas, al que seguimos con gran confianza, gratitud y alegría.
Estas riquezas de la sucesión apostólica nos reafirman la misericordia divina de Dios, que no ha querido dejarnos desamparados, presa de la confusión, sin un norte seguro mientras esperamos la venida de nuestro Salvador. Al contrario ha querido dejarnos una fuente siempre viva y absolutamente confiable de su Palabra, con el testimonio de aquellos que a lo largo de los siglos custodian fielmente, y muchas veces a costa de sus vidas, el Evangelio inalterado de Jesucristo, percibiendo atentamente el soplo del Espíritu Santo para interpretar los acontecimientos de los distintos tiempos y lugares e iluminar la vida del hombre; uno de los grandes misterios en el ser de la Iglesia es este que asombraba a Newman según lo citó el Arzobispo Carlo Caffarra: LA IGLESIA CAMBIA PARA PERMANECER IDÉNTICA.
Damos gracias infinitas a nuestro Señor como lo decíamos al principio por el regalo de ser guiados por los sucesores de los apóstoles, hombres de Dios para guiar nuestras almas al cielo. Aquí traemos a la memoria las Palabras de Joseph Ratzinger, hoy Papa Emérito Benedicto XVI, cuando en 1977 fue electo por San Pablo VI Obispo de Munich y Freising, en su primera homilía como obispo formuló su concepción sobre el episcopado imbuida de nobles ideales y al mismo tiempo de humildad al decir: “El Obispo no actúa por sí mismo, sino que es representante de otro, de Jesucristo y su Iglesia, ni es un líder por derecho propio, sino el representante de otro, por eso no puede cambiar de opinión opinando esto y lo otro según sea más adecuado en cada momento, ni está aquí para defender sus ideas personales, porque es un enviado que debe propagar un mensaje mucho mayor que él mismo”.

Y esa gracia nos ha concedido el Señor, Obispos decididos a custodiar fielmente el depósito de la fe. La certeza que desde la fundación de nuestra Diócesis en 1531 hace ya casi 500 años, se ha mantenido una total comunión con la Sede Apostólica, con el Obispo de Roma, garantizando esa unidad bimilenaria, esa sucesión apostólica que por la promesa de Cristo llegará hasta el fin de los tiempos. La Gloria sea dada siempre a Jesucristo. . .