Amado hermano en Cristo, reciba un cordial saludo en Jesús el Santísimo Salvador, deseando que las gracias del Señor, sean derramadas sobre usted y su familia. Una vez más Dios da la oportunidad de compartir con usted por este medio, una iluminadora reflexión de nuestro santo y doctor de la Iglesia Alfonso María de Ligorio, acerca del sacramento de la confesión, que será de mucha ayuda para la vida. 

            San Alfonso, en su libro titulado: Para confesarse bien, comparte una tremenda reflexión sobre la humildad que el penitente debe tener a la hora de confesarse; donde dice que: - En el momento en que el penitente se dirige al confesionario, imagínese ser un reo condenado a muerte, cargado de tantas cadenas, cuántos son los pecados que lleva sobre su conciencia, y que se presenta al confesor, que, como lugarteniente de Dios, es el único capaz de romperle esas ataduras y librarlo de la muerte eterna.  Por consiguiente, debe hablar al confesor con mucha humildad. Por ejemplo; un gran emperador, quien haciendo confesión en su propia habitación, él mismo se adelantó a ofrecer la silla al confesor y lo hizo sentar en ella y en un acto de humildad le dijo el emperador: “Padre, ahora yo soy el súbdito y vos el superior”.

Además, el santo menciona que, hay quienes van a discutir con el confesor y hablan con altanería, como si el confesor fuera el súbdito y ellos fueran los señores. Por ende, invita a tratar, pues, al confesor con sumo respeto y hablarle siempre con humildad y obedecer humildemente todos sus mandatos. En caso de que éste le reprendiera, callar y recibir sumisos sus amonestaciones, aceptando con humildad los remedios que indica para la enmienda, y nunca indignarse contra él tratándole de indiscreto o poco caritativo. Pues, ¿qué dirías de un enfermo que, mientras el cirujano le extirpa el tumor canceroso, éste lo tratase de cruel y de hombre de malos sentimientos? Obviamente dirías que está loco.

            No obstante, menciona que en caso de que el confesor se negara a absolverte en tanto no hayas devuelto lo que robaste, obedece y no pretendas ser absuelto a la fuerza. Y, si el confesor te dice que vuelvas dentro de ocho o quince días por la absolución, y que entretanto alejes de ti la ocasión, te encomiendes a Dios, te hagas fuerte contra las recaídas y emplees los medios que te indica, obedece, y así te verás libre de tus vicios. Sin embargo, cuando en repetidas ocasiones aun siendo absuelto sin más, vuelves y vuelves a lo mismo, ¿y si entre tanto te sorprende la muerte? -No te envió Dios la muerte durante tanto tiempo como estuviste en pecado, sin pensar lo más mínimo en corregirte, y ahora, que tratas de enmendarte, ¿es cuando temes que te la pueda enviar?  -Lo cierto es que, entre tanto la muerte puede llegar.

            Por eso, siendo consciente de esta realidad, San Alfonso invita a hacer, por consiguiente, a cada paso, actos de contrición, pues a quien tiene recta intención de confesarse, haciendo con humildad un acto de contrición y ordenando su vida, Dios rico en misericordia, lo perdona. Sin embargo, no hay que abusar, porque Dios es misericordioso, pero también en justo. Que nuestra madre, María Santísima, ejemplo de humildad, interceda por nuestra conversión diaria, para poder hacer cada acto agradable a Dios, y que el Espíritu Santo ilumine a los ministros de este sacramento, y les conceda la sabiduría, paciencia y fortaleza en esta misión que se les ha sido encomendada, para bien y salvación de las almas.

Referencia: ALFONSO MARÍA DE LIGORIO, “Para confesarse bien.  La confesión debe ser humilde”, #24.

Hno. José Alberto, C.SS.S