El dogma mariano más antiguo que la Iglesia ha declarado, cuando se había empezado a negar esta verdad bíblica e histórica. Desde los albores del cristianismo, ya se creía con fe firme en esta verdad, que se refiere a que la Virgen María es verdadera Madre de Dios. El dogma de la Maternidad Divina fue solemnemente definido por el Concilio de Éfeso (año 431). Siendo Papa San Clementino I (422-432) definió:

“Si alguno no confesare que el Emmanuel (Cristo) es verdaderamente Dios, y que, por tanto, la Santísima Virgen es Madre de Dios, porque parió según la carne al Verbo de Dios hecho carne, sea anatema”.

Este dogma se refiere solo a la generación humana del Hijo de Dios y no a su generación divina. El Hijo de Dios fue engendrado desde siempre por Dios Padre y es consustancial con él. Evidentemente, en esa generación eterna María no intervino para nada. Pero el Hijo de Dios, hace dos mil años, tomó nuestra naturaleza humana y entonces María lo concibió y lo dio a luz. Su maternidad, por tanto, no atañe a toda la Trinidad, sino únicamente a la segunda Persona, al Hijo, que, al encarnarse, tomó de ella la naturaleza humana.

La maternidad es una relación entre persona y persona: una madre no es madre sólo del cuerpo o de la criatura física que sale de su seno, sino de la persona que engendra. Por ello, María al haber engendrado según la naturaleza humana al Verbo, que es divino, se convierte en su madre y este Verbo es Dios.

Ya desde los primeros siglos de nuestra era se recitaba la oración a la Virgen María, en el misterio de su maternidad, en el “Sub tuum praesidium” (Bajo tu Amparo).

El Concilio Vaticano II hace referencia del dogma así:
«Desde los tiempos más antiguos, la Bienaventurada Virgen es honrada con el título de Madre de Dios, a cuyo amparo los fieles acuden con sus súplicas en todos sus peligros y necesidades» (LG n. 66).

Diácono: Kimy Rivera.