Amado hermano en Cristo, reciba un cordial saludo en Jesús el Santísimo Salvador, deseando que las gracias del Señor, sean derramadas sobre usted y su familia. Una vez más, Dios da la oportunidad de compartir con usted por este medio una iluminadora reflexión de nuestro santo Alfonso María de Ligorio, que será de mucha ayuda, si la ponemos en práctica en nuestro diario acontecer.

            Precisamente, San Alfonso en su libro: “Práctica del Amor a Jesucristo”, en el decimosegundo capítulo, enseña que: -Hay que morir, pues, en el Señor para ser bienaventurado y para comenzar a gozar de la, bienaventuranza en esta vida, es decir, de la bienaventuranza de que se puede disfrutar antes de ir a la gloria, la cual ciertamente es mucho menor que la del Cielo, sin embargo, es tal que supera a todos los placeres sensibles de esta vida: “Y la paz de Dios, la que sobrepuja toda inteligencia, guardará vuestros corazones” (Fil 4, 7). Más para obtener esta paz, aun en medio de afrentas y calumnias, hay que estar muerto en el Señor. Pues, el muerto, por mucho que lo maltraten y pisoteen, no siente nada; el humilde, igualmente, estando como muerto, que ni ve ni oye, debe sufrir cuantos desprecios le hagan. Pero, solo quien verdaderamente ama de corazón a Jesucristo, pronto llega a este estado, porque, conforme en todo con la voluntad divina, acepta con la misma paz y ánimo igual lo próspero como lo adverso, los consuelos como las aflicciones, las injurias como las alabanzas. Así hacía el Apóstol, quien por ello decía: “Estoy que reboso de gozo en medio de esta tribulación nuestra” (2Cor. 12, 4). ¡Feliz del que consigue tal grado de virtud! Decía San Francisco de Sales: ¿Qué es el mundo entero, comparado con la paz del corazón? En efecto, ¿de qué sirven todas las riquezas y todos los honores del mundo a quien vive inquieto y no disfruta de paz del corazón?

            Lo lamentable es que, en la actualidad, es difícil quedarse callado ante algún insulto e injuria, -nos dicen una y respondemos dos, tres veces peor, sin embargo, en casos como este, San Alfonso, recomienda: procurar responder con blandura, ya que éste es el camino para extinguir el fuego: “Una respuesta blanda aplaca el furor, más una palabra molesta suscita la ira”, dice el Espíritu Santo (Prov. 15, 1). Y cuando el ánimo estuviere turbado, lo mejor será entonces... callar, «porque, ofuscada la vista por la ira –dice San Bernardo–, no se verá cosa derecha». Ya que, cuando el ojo se halla ofuscado por el enojo, no ve lo que es justo y lo que es injusto; pues la pasión es como un velo que se pone ante los ojos e impide discernir lo falso de lo verdadero, por lo que se impone hacer, como San Francisco de Sales, un pacto con la lengua: «Hice pacto –escribe– con mi lengua de no hablar cuando tuviese perturbado el corazón».  Pero, a veces, se diría ser necesario tener que reprender con fuerza a algún insolente. ¿Pero, será posible hacerlo sin encolerizarse? Y aquí está precisamente la dificultad. Puesto que, hay ocasiones en que parece oportuno hablar o responder ásperamente a alguno para hacerle entrar en razón, pero en la práctica es muy difícil hacerlo sin riesgo de pecar, por lo que el camino más seguro es amonestar o responder siempre con blandura, estando en vela para no dejarse llevar de la cólera. Decía San Francisco de Sales: «No me acuerdo vez que me haya dejado llevar de la ira, que después no haya tenido que arrepentirme». Y cuando nos sintamos turbados, lo más seguro, como antes se dijo, es callar, reservando la amonestación o la respuesta para tiempo más oportuno, cuando el corazón no exhale vapores. Según San Alfonso, esta mansedumbre hemos de practicarla especialmente cuando nos veamos reprendidos por nuestros superiores o amigos. «Aceptar de buen grado algún reprendimiento –añadía San Francisco de Sales– es señal de que se ama la virtud contraria al defecto de que es uno corregido, y es prueba, no pequeña, de que se va aprovechando en la perfección». Pero, también dice San Alfonso que, es sumamente necesaria la mansedumbre cuando nos veamos en la precisión de tener que corregir a los demás. Pues, las correcciones hechas con amargo celo son más dañosas que útiles y es conviene abstenernos de corregir a los demás cuando nos hallemos malhumorados, porque entonces la amonestación parecerá hecha con aspereza, y el amonestado, viéndose de tal modo reprendido, no hará caso de la misma. Esto vale, según San Alfonso, por lo que mira al bien del prójimo; y más en lo que se refiere a nuestro aprovechamiento, hagamos ver que amamos a Jesucristo, sobrellevando en paz y con alegría los malos tratamientos, las injurias y los desprecios.

            Amado hermano, vivimos en tiempos difíciles en que es casi imposible guardar la calma y apacentar nuestros corazones que bombardeados por el ruido del mundo, sus injurias, calumnias, insultos, y demás, nos abruman y obligan a responder con odio, fomentando las divisiones, enfrentamientos, y que si no les ponemos un alto, nos arrastrará muy seguramente hacia terribles tragedias. Guiados pues, por los consejos de San Alfonso y de los santos, no nos cansemos de pedir a nuestra Madre María Santísima, Reina de la Paz, que siga intercediendo ante nuestro Señor por nosotros y nos conceda elevar nuestra mirada, más allá de lo mundano, y una vez muriendo para el mundo, nos dispongamos a vivir desde ahora y hasta nuestros últimos días, solo para el Señor, Rey del universo y de paz.  

Hno. José Alberto, C.SS.S