Antes aún de que Jesús anunciase al mundo las bienaventuranzas, María fue solemnemente proclamada bienaventurada por Isabel con ocasión de su visita a la pariente lejana: «Bienaventurada la que ha creído que se cumplirán las cosas que le han dicho de parte del Señor» (Lc 1,45). Fue san Agustín, en el siglo V, que, con notable profundidad, se sumerge en la fe de María y no teme afirmar que ella fue grande, no porque concibió al Hijo de Dios en su vientre, sino porque lo concibió primero en su mente con la fe. Esto hizo de ella la primera creyente, la primera discípula de Jesús.

Así pues, la fe es la nota más característica de la actitud espiritual de María, que la abrió a la acción de Dios y permitió que el proyecto de Dios se realizara en ella y, por medio de ella, en todos nosotros. Cristo es esencialmente el fruto de esa fe paradójica y heroica, que es don y conquista al mismo tiempo.

La fe no es ejercicio de la fantasía que urde un bello relato de ficción en el que te asignas un papel estelar; es más bien cuestión de oído prestado a alguien que entra en comunicación con nosotros, es acogida de su mensaje; no es cultivo de sueños nuestros (que pueden tener virtud estimulante y tera­péutica), sino escucha afinada del "sueño" de Dios. María, hija del pueblo de Israel, aceptó el mensaje de Dios a este pueblo y el mensaje dirigido a ella personalmente.

En concreto, este se refiere, no a prin­cipios generales, sino a un aconteci­miento que la involucra por entero: concebirá y dará a luz al Salvador. Ese es el papel que le señala el querer de Dios; y María ejercita su fe abrazando de todo corazón y sin entorpecimiento de pecado alguno esta voluntad salvífi­ca (cf. LG 56). Se comprende así que Isabel la felicite efusivamente a causa de su fe en la salvación prometida. (cf. LG 57).

María no consiente con acti­tud desganada, miedosa y renuente, si­no con una fe y una obediencia libres. Distintos exegetas han puesto de relieve que el «hágase" de María» (Lc 1,38) está formulado en un modo ver­bal griego que se llama optativo, usa­do para expresar los deseos. El con­sentimiento de María es gozoso.

María no vive la relación de fe como un asunto privado (yo y mi Dios), para su uso y beneficio personal, indiferente y ajena a la suerte del resto. El Concilio recuerda la doctrina de San Ireneo, que afirmaba cómo María, mediante su fe, fue causa de salvación para ella y para toda la humanidad. Una de las formas de expresar la función salvífica de la fe y obediencia de María consiste en con­trastarlas con la desobediencia e incre­dulidad de Eva: el nudo que Eva ató con sus actitudes fue desatado gracias a las de María.

Diácono: Kimy Rivera