En las meditaciones de esta Cuaresma continuamos
muestro camino iniciado en Adviento, siguiendo las huellas de la Madre de Dios.
Será una manera de meternos bajo la protección de la Virgen en un momento tan
crítico para toda la humanidad debido a la pandemia Corona virus.
Tenemos que reconocer que no se habla mucho de María
en el Nuevo Testamento, al menos no tan a menudo como esperaríamos, teniendo en
cuenta el desarrollo que tuvo en la Iglesia la devoción a la Madre de Dios. Sin
embargo, si ponemos atención, nos damos cuenta de una cosa: que María no está
ausente en ninguno de los tres momentos constitutivos del misterio de la
salvación. De hecho, existen tres momentos muy precisos que, juntos, forman el
gran misterio de la Redención. Ellos son: la Encarnación del Verbo, el Misterio
pascual y Pentecostés.
María no está ausente en ninguno de estos tres
momentos fundamentales. Ella no está ausente en la Encarnación que sucedió
justamente en ella. María no está ausente en el Misterio pascual, porque está
escrito que «junto a la cruz de Jesús estaba su madre» (cf. Jn 19,25). No está
ausente en Pentecostés, porque está escrito que el Espíritu Santo vino sobre
los apóstoles mientras «permanecían unidos en la oración con María, la madre de
Jesús» (cf. Hch 1,14). Estas tres presencias de María en los momentos claves de
nuestra salvación no pueden ser una casualidad. Aseguran un lugar único junto a
Jesús, en la obra de la redención. María fue la única entre todas las creaturas
en dar testimonio y participar en todos estos acontecimientos.
En esta Quaresma queremos seguir a María en el
Misterio pascual, dejándonos guiar por ella en la comprensión profunda de la
Pascua y en la participación en los sufrimientos de Cristo. María nos toma de
la mano y nos anima a seguirla en este camino, diciéndonos como una madre a sus
propios hijos reunidos: «Vamos también nosotros a morir con él» (Jn 11,16). En
el Evangelio, es el apóstol Tomás quien pronuncia estas palabras, pero es María
quien las pone en práctica.
Aprendió la obediencia por las cosas que padeció
El Misterio pascual no comienza, en la vida de Jesús,
con el prendimiento en el huerto y no dura solo durante la Semana Santa. Toda
su vida, desde que Juan Bautista lo saludó como el Cordero de Dios, es una
preparación para su Pascua. Según el evangelio de Lucas, la vida pública de
Jesús fue toda ella una lenta e inexorable «subida hacia Jerusalén», donde
consumaría su éxodo (cf. Lc 9,31).
Paralelo a este camino del nuevo Adán obediente, se
desarrolla el camino de la nueva Eva. También para María el Misterio pascual
comenzó desde hacía tiempo. Ya las palabras de Simón sobre el signo de
contradicción y sobre la espada que le traspasaría el alma contenían un
presagio que María conservaba en su corazón, junto con todas las demás
palabras. El «paso» que queremos llevar a cabo en esta meditación es justamente
el de seguir a María durante la vida pública de Jesús y ver de qué es figura y
modelo en este tiempo.
¿Qué sucede normalmente en un camino de santidad
después de que un alma ha sido colmada de gracia, después de que ha respondido
generosamente con su «sí» de fe y ha comenzado voluntariosamente a cumplir
obras buenas y a cultivar la virtud? Viene el tiempo de la purificación y del
despojamiento. Viene la noche de la fe. Y veremos, de hecho, que María, en este
período de su vida, nos sirve como guía y modelo precisamente en esto: de cómo
comportarnos cuando viene en la vida «el tiempo de la poda».
San Juan Pablo II, en su encíclica «Redemptoris
Mater», aplica justamente a la vida de la Virgen la gran categoría de la
kénosis, con la que san Pablo explicó los acontecimientos terrenos de Jesús:
«Cristo Jesús, a pesar de su condición divina, no consideró un tesoro celoso,
el ser igual a Dios, sino que se vació (ekénosen) de sí» (Flp 2,6-7). «Mediante
la fe —escribe el Papa— María está perfectamente unida a Cristo en su
despojamiento… Al pie de la cruz, María participa, mediante la fe, en el
desconcertante misterio de este despojamiento» . Este despojarse se consumó al
pie de la cruz, pero comenzó mucho antes. Incluso en Nazaret, y sobre todo
durante la vida pública de Jesús, ella avanzaba en la peregrinación de la fe.
No es difícil notar ya entonces «un cansancio particular del corazón, unido a
una especie de noche de la fe» .
Todo esto hace de los acontecimientos de María algo
extraordinariamente significativo para nosotros; restituye María a la Iglesia y
a la humanidad. Debemos tomar nota con alegría de un gran progreso que se ha
realizado en la devoción a la Virgen, en la Iglesia católica, y del cual quien
ha vivido a caballo del Concilio Vaticano II puede darse cuenta fácilmente. En
primer lugar, la categoría fundamental con la que se explicaba la grandeza de
la Virgen era la del «privilegio» o exención.
Se pensaba que María había sido eximida no sólo del
pecado original y de la corrupción (que son privilegios definidos por la
Iglesia con los dogmas de la Inmaculada y de la Asunción), sino que en esta
línea se pensaba también que María había estado exenta de los dolores del
parto, del cansancio, de la duda, de la tentación, de la ignorancia y,
finalmente, lo más grave, también de la muerte. De hecho, para algunos María
habría sido elevada al cielo sin haber tenido que pasar por la muerte.
Estas cosas —se razonaba— son consecuencias del
pecado, pero María no tenía pecado. No se daban cuenta de que, de este modo, en
lugar de «asociar» a María a Jesús, se la disociaba completamente de él, que,
sin tener pecado, quiso experimentar a favor nuestro todas estas cosas, es
decir: fatiga, dolor, angustia, tentaciones y muerte. Todo esto se reflejaba en
la iconografía de la Virgen, es decir, en el modo en el que se representaba a
la Virgen en estatuas, pinturas e imágenes: una criatura, en general,
desencarnada e idealizada, bella con una belleza a menudo toda humana, y que
toda mujer desearía tener, una Virgen, en definitiva, que parecer haber rozado
apenas la tierra con la punta de los pies.
Ahora bien, la categoría fundamental con la que
después del Concilio Vaticano II intentamos explicar la santidad única de María
no es tanto la del privilegio, cuanto la de la fe. María caminó, es más,
«progresó» en la fe . Esto no disminuye, sino que acrecienta
desproporcionadamente la grandeza de María. La grandeza espiritual de una
criatura delante de Dios, en esta vida, no se mide tanto por lo que Dios le da,
cuanto por lo que Dios le pide. Y veremos que a María Dios le pidió mucho, más
que a cualquier otra criatura, más que al mismo Abraham.
En el Nuevo Testamento encontramos palabras fuertes de
Jesús. «No tenemos un sumo sacerdote que no sepa compadecerse de nuestra
debilidad, ya que, como nosotros, ha sido probado en todo excepto en el pecado»
(Heb 4,15); «Aunque era hijo, aprendió sufriendo a obedecer» (Heb 5,8). Si
María siguió al Hijo en la kénosis, estas palabras, con las debidas
proporciones, se aplican también a ella y constituyen la verdadera clave de
comprensión de su vida. María, siendo la madre, aprendió la obediencia por las
cosas que padeció.
¿Acaso Jesús no era lo suficientemente obediente en la
infancia o no sabía lo que es la obediencia, que tuvo que aprender a conocerla
«por las cosas que padeció» después? No; aprender tiene aquí el sentido
concreto de experimentar, saborear. Jesús ejercitó la obediencia, creció en esa
gracia con las cosas que padeció. Se necesitaba una obediencia cada vez más
grande para superar resistencias y pruebas cada vez más grandes, hasta la
suprema prueba de la muerte.
También María aprendió la fe y la obediencia; creció
en ellas gracias a las cosas que padeció, para que nosotros podamos decir de
ella, con toda confianza: no tenemos una madre que no sepa compadecerse con
nuestras enfermedades, nuestro cansancio, nuestras tentaciones, habiendo sido
ella misma probada en todo a semejanza de nosotros, a excepción del pecado.
María durante la vida pública de Jesús
En los evangelios, hay menciones a la Virgen que en el
pasado, en el clima dominado por la idea de privilegio, creaban un cierto
malestar entre los creyentes y que ahora, en cambio, nos aparecen como hitos en
este camino de fe de María, que, por eso, no tenemos ningún motivo para
dejarlas deprisa de lado o suavizarlas con explicaciones convenientes. Pasamos
a reseñar brevemente estos textos.
Partimos del episodio de Jesús perdido en el templo
(cf. Lc 2,41ss). Esto fue el inicio del misterio pascual de despojamiento para
la Madre. ¿Qué escuchó que le decía después de haberlo encontrado? «¿Por qué me
buscabais? ¿No sabíais que yo debo estar en las cosas de mi Padre». ¿Por qué me
buscabais? Aquellas palabras ponían entre Jesús y ella una voluntad diversa,
infinitamente más importante, que hacía pasar a según plano toda otra relación,
incluso la relación filial con ella.
Sigamos adelante. Encontramos una mención a María en
Caná de Galilea, justo en el momento en que Jesús está comenzando su ministerio
público. Conocemos los hechos. ¿Qué respondió Jesús a María, a su discreta
petición de intervención? «¿Qué quieres de mí, mujer?» (Jn 2,4). Cualquiera que
sea el modo en que se quieran explicar estas palabras, éstas tienen un sonido
duro, mortificante; parecen poner nuevamente una distancia entre Jesús y su
Madre.
Los tres Sinópticos nos refieren este otro episodio
sucedido durante la vida pública de Jesús. Un día, mientras Jesús intentaba
predicar, llegaron su Madre y algunos parientes para hablarle. Quizás la Madre
se preocupaba, como es muy natural en una madre, de su salud, porque poco antes
está escrito que Jesús no podía siquiera comer a causa del gentío (cf. Mc
3,20). Notemos un detalle. María, la Madre, debe mendigar incluso el derecho de
poder ver al Hijo y hablarle. Ella no se abre camino entre la multitud haciendo
valer el hecho de que era la madre. Por el contrario, se quedó afuera a la
espera y otros se dirigieron a Jesús para decirle: «Fuera está tu madre que
quiere hablarte». Pero lo importante, también aquí, es la palabra de Jesús que
está ahora y siempre en la misma línea. «¿Quién es mi madre y quiénes son mis
hermanos?» (Mc 3,33).
Conocemos ya la respuesta que sigue. Intentemos
ponernos en el lugar de María e intuiremos la humillación y el sufrimiento que
había para ella en esas palabras. Sabemos hoy que en esas palabras está
contenido un elogio más que un reproche para la madre; pero ella no lo sabía,
al menos en ese momento. En ese momento, sólo existía la amargura de un rechazo.
No se dice que Jesús después saliera para hablarle; probablemente María tuvo
que alejarse, sin haber podido ver al hijo ni hablarle.
Otro día —narra san Lucas— una mujer, entre la
multitud, exclamó con entusiasmo hacia Jesús: «¡Dichoso el vientre que te llevó
y los pechos que te criaron!» Era uno de esos cumplidos que bastan por sí solos
para hacer feliz a una madre; pero María, si estaba presente o si se enteró, no
pudo detenerse largo tiempo en estas palabras y gozarlas, porque Jesús se dio
prisa en corregir: «¡Dichosos, más bien, los que escuchan la Palabra de Dios y
la cumplen!» (Lc 11,27-28).
Un último detalle en esta línea. San Lucas habla, en
un cierto momento de su evangelio, de las «seguidoras femeninas de Jesús», es
decir, de un cierto número de mujeres piadosas —de las cuales incluso da el
nombre— que había sido beneficiadas por parte de Jesús y que «le atendían con
sus bienes» (cf. Lc 8,2-3), es decir, cuidaban de las necesidades materiales
suyas y de los apóstoles, como preparar una comida, lavar o remendar ropa.
¿Dónde está aquí lo que se refiere a María? Es que entre estas mujeres no
figura la madre y todos saben cuánto desearía una madre ser ella la que cuidara
estos servicios pequeños del hijo, especialmente si está consagrado al Señor.
Es el sacrificio total del corazón.
¿Qué significa todo esto? Una serie de hechos y
palabras tan precisas y coherentes no pueden ser sólo una coincidencia. María
tuvo que pasar también ella por la kénosis. La kénosis de Jesús consistió en el
hecho de que, en lugar de hacer valer sus derechos y sus prerrogativas divinas,
se despojó de ellas, asumiendo el estado de siervo y pareciendo en el exterior
un hombre como los demás. La kénosis de María consistió en el hecho de que, en
lugar de hacer valer sus derechos como madre del Mesías, se dejó despojar de
ellos, apareciendo delante de todos como una mujer igual a las otras.
La cualidad de Hijo de Dios no sirvió para ahorrarle a
Cristo alguna humillación y, del mismo modo, la cualidad de Madre de Dios no le
sirvió a María para ahorrarle algunas humillaciones. Jesús decía que la Palabra
es con lo que Dios poda, limpia y pela los sarmientos: «Vosotros estáis ya
limpios gracias a la Palabra que os he dicho» (Jn 15,3), y semejantes fueron
las palabra que dirigió a la Madre. ¿Habrán sido quizás justamente estas
Palabras la espada que, según Simeón, un día traspasarían su alma?
La maternidad divina de María era también, y ante
todo, una maternidad humana; tenía un aspecto también «carnal», en el sentido
positivo de este término. Ese Hijo era su hijo, era su única riqueza, su único
apoyo en la vida. Sin embargo, ella tuvo que renunciar a todo lo que
humanamente exaltaba su vocación. Su propio hijo la puso en condición de no
poder sacar de su maternidad ninguna ventaja terrena. Una vez iniciado su
ministerio y después de haber dejado Nazaret, Jesús no tuvo dónde reposar la
cabeza y María no tuvo dónde posar el corazón.
A su pobreza material, que ya era muy grande, María
agrega también la pobreza espiritual, en su grado más alto. Dicha pobreza de
espíritu consiste en dejarse despojar de todos los privilegios, de no poder
aprovecharse de nada, ni en el pasado ni el futuro: ni de revelaciones, ni de
promesas, como si no le pertenecieran y no hubieran tenido nunca lugar. San
Juan de la Cruz llamó a esto la «noche oscura de la memoria» y, al hablar de
ello, hace mención explícita de la Madre de Dios . Consiste en olvidarse —o
mejor dicho, en no poder recordar, ni siquiera queriéndolo— del pasado, y estar
únicamente inclinado a Dios, viviendo en pura esperanza. Es la verdadera y
radical pobreza de espíritu que sólo es rica de Dios y, también esto, solo en
esperanza.
Jesús se comportó con la Madre como un director
espiritual lúcido y exigente que, habiendo vislumbrado un alma excepcional, no
le hace perder el tiempo, no la deja detenerse en lo bajo, entre sentimientos y
consolaciones naturales, sino que la empuja en una carrera sin tregua hacia el
despojamiento total, de cara a la unión con Dios. Enseñó a María la renuncia de
sí misma. Jesús dirige a todos sus seguidores de todos los siglos, con su
Evangelio, pero a la Madre la dirigió a viva voz, en persona.
Él con una mano se dejaba conducir por el Padre,
mediante el Espíritu, donde quería: al desierto para ser tentado, al monte para
ser transfigurado, al Getsemaní para sudar sangre… «Yo hago siempre lo que le
agrada» (Jn 8,29). Con la otra mano, Jesús conduce a la Madre en la misma
carrera a hacer la voluntad del Padre.
María discípula de Cristo
¿Cómo reaccionó María a esta conducta del Hijo y de
Dios mismo en relación a ella? Probemos a releer los textos recordados.
Constataremos una cosa: nunca la más mínima mención de conflicto de voluntad,
de réplica o de auto justificación por parte de María; ¡nunca una intención de
hacer cambiar de decisión a Jesús! Docilidad absoluta.
Aquí aparece la santidad personal única de la Madre de
Dios, la maravilla más alta de la gracia. Para darse cuenta, basta hacer alguna
comparación. Por ejemplo, con san Pedro. Cuando Jesús le hizo entender a Pedro
que en Jerusalén le esperaba rechazo, pasión y muerte, él «protestó» y dijo:
No, Señor, esto no puede suceder, ¡no debe suceder! (cf. Mt 16,22). Se
preocupaba por Jesús, pero también por él mismo. María no.
María callaba. Su respuesta a todo era el silencio. No
un silencio de repliegue o de tristeza, mas bien un silencio bueno y santo. Se
ve en Caná de Galilea, donde, en lugar de mostrarse ofendida, entiende, en la
fe, y quizás desde la mirada de Jesús, que puede hacerlo y dice, pues, a los
servidores: «Haced lo que él os diga» (Jn 2,5). Incluso cuando —después de
aquellas duras palabras de Jesús reencontrado en el templo— se dice que María
no entendía, está escrito que ella callaba y «guardaba todas estas cosas en su
corazón» (Lc 2,51).
El hecho de que calle no significa que para María todo
es fácil, que no debe superar luchas, fatigas y tinieblas. Ella estuvo exenta
del pecado, no de la lucha y de lo que san Juan Pablo II llamaba «el cansancio
de creer». Si Jesús tuvo que luchar y sudar sangre, para llevar su voluntad
humana hasta el punto de adherirse plenamente a la voluntad del Padre, ¿es
acaso sorprendente que haya tenido que «agonizar» también la Madre? Sin
embargo, algo es cierto; que María no habría querido, por nada del mundo,
volverse atrás. Cuando se pregunta a ciertas almas, conducidas por Dios por
caminos parecidos, si quieren que se rece para que todo termine y vuelva a ser
como un tiempo atrás, por muy contrariados que estén y a veces en el borde de
la aparente desesperación, se apresuran a responder en seguida; ¡no!
Después de haber contemplado a la madre de Cristo,
contemplamos, pues, ahora a la discípula de Cristo. A propósito de la palabra
de Jesús: «¿Quién es mi madre?… El que cumple la voluntad de Dios, ése es mi
hermano, mi hermana y mi madre» (Mc 3,33-35), san Agustín comenta:
«¿No hizo acaso la voluntad del Padre la Virgen María,
la cual por fe creyó, por fe concibió, fue elegida para que de ella naciera la
salvación para nosotros entre los hombres, y fue creada por Cristo antes de que
Cristo fuera creado en su seno? Santa María hizo la voluntad del Padre y la
hizo enteramente; por eso, vale más para María haber sido discípula de Cristo
que Madre de Cristo. Vale más, y es una prerrogativa más feliz, haber sido
discípula que Madre de Cristo. María era feliz, ya que, antes de dar a luz al
Hijo, llevó en el vientre al Maestro… Por esto también María fue dichosa,
porque escuchó la Palabra de Dios y la puso en práctica» .
«Corporalmente, María es sólo madre de Cristo, pero espiritualmente es su hermana y madre» .
Entonces, ¿debemos pensar que la vida de María fue una
vida hecha de una aflicción continua, una vida triste? Al contrario. Al juzgar,
por analogía, por lo que sucede en los santos, debemos decir que, en este
camino de despojamiento, María descubría día a día una alegría nueva respecto
de las alegrías maternas de Belén o de Nazaret, cuando estrechaba a Jesús en su
pecho y Jesús se estrechaba a su cara. Alegría de no hacer la propia voluntad.
Alegría de creer. Alegría de dar a Dios lo más precioso para él, desde el
momento en que, también respecto de Dios, hay más alegría en dar que en recibir.
Alegría de descubrir un Dios, cuyos caminos son inaccesibles y cuyos
pensamientos no son nuestros pensamientos, pero que en esto precisamente se da
a conocer por lo que es: Dios, el tres veces Santo.
Una gran mística, santa Ángela de Foligno, que había
tenido experiencias análogas, habla de una alegría especial, al límite de la
posibilidades humanas de comprensión, que llama la «alegría de la
incomprensibilidad» (gaudium incomprehensibilitatis). Esta alegría consiste en
entender que no se puede entender, pero que un Dios entendido ya no sería Dios.
Esta incomprensibilidad, en lugar de tristeza, genera alegría, ¡porque hace ver
que Dios es todavía más rico y más grande de lo tú logres comprender y que es
«tu» Dios! Esta es la alegría que los santos tienen en el cielo y que la
santísima Virgen, según santa Ángela, tuvo, en algunos momento, desde esta vida
.
Desde la meditación sobre Maria en la vida pública de
Jesús llevamos una certeza muy consoladora: No tenemos una Madre que no sepa
compadecerse de nuestras enfermedades, al haber sido probada, ella misma, en
todo, a semejanza nuestra, excepto en el pecado. Ahora que está glorificada en
el cielo junto al Hijo, María puede extender su mano materna sobre nosotros y
conducirnos también a nosotros, detrás de sí, diciendo, son más razón que el
Apóstol: «Sed mis imitadores míos, como yo lo soy de Cristo» (1 Cor 11,1).
En este tiempo de gran tribulación para todo el mundo
dirijamos a la Virgen la antigua et bellísima oración del Sub tuum praesidium:
“Bajo tu protección nos acogemos, Santa Madre de Dios;
no deseches las súplicas que te dirigimos en nuestras necesidades; antes bien,
líbranos siempre de todo peligro, ¡oh Virgen gloriosa y bendita!”
Traducido del original italiano por Pablo Cervera
Barranco
1.JUAN PABLO II, Encíclica Redemptoris Mater 18: AAS
79 (1987) 382s.
2.Ibidem, 17
3.Lumen gentium, 58.
4.S. JUAN DE LA CRUZ, Subida al Monte Carmelo III, 2,
10.
5.S AGUSTÍN, Discurso 72 A (=Denis 25), 7: Miscellanea
Agostiniana, I, 162.
6.S AGUSTÍN, La santa virginidad, 5-6: PL 40, 399.
7.Il libro della Beata Angela da Foligno, Istr. III
(Quaracchi, Grottafer

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