Padre Agustín Pelayo, C.Ss.S.
Estimados amigos.

Les saludo nuevamente al comenzar esta Semana Santa del año 2020, rogando a nuestro Señor que les colme de Su gracia y de Su paz, especialmente en estos momentos de tribulación y temor ante el riesgo de contagio por la pandemia del COVID-19.  Como ustedes saben, este año la gran mayoría de nosotros no podremos celebrar los sagrados misterios de forma normal, y eso nos produce una profunda tristeza.  Por otro lado, muchos otros experimentamos una gran zozobra ante la avalancha de información y el riesgo de contagio y muerte que nos invade.  Pero tratemos de escuchar en esta situación la voz de Dios que nos habla mediante los acontecimientos que se van produciendo día a día.  Esto será nuestro paso por el calvario del sufrimiento, calvario que nuestro Santísimo Salvador asumió con su muerte redentora.

                El próximo 10 de abril estaremos celebrando el Viernes Santo, día en que nuestro Salvador entregó Su vida en el Sacrificio de la Cruz para el perdón de nuestros pecados.  El Sacrificio de la Cruz es una de las pruebas más grandes y maravillosas de Su amor por la humanidad pecadora.  En la Cruz Jesús venció al pecado y a la muerte, pero junto con eso nos ha demostrado hasta donde ha sido capaz de llegar Su santo amor por nosotros: ha sido capaz de llegar hasta la entrega total, generosa y tormentosa de Su propia vida.  Por este motivo los católicos también nos llamamos cristianos en el más pleno sentido de la palabra, porque adoramos a un Jesús crucificado que nos ha enseñado el sublime valor del sufrimiento, y ha resucitado ganándonos la vida eterna.

                ¿Por qué entonces muchos de nosotros rehusamos nuestra cruz y despreciamos el dolor y el sacrificio?  Ciertamente la cruz y el sacrificio cristianos no son una enfermedad psicológica masoquista ni una espiritualidad maniquea anclada en la antigüedad.  El sacrificio cristiano es más bien una oportunidad y una forma de unirnos maravillosamente a los sufrimientos de Cristo y así hacernos colaboradores de Él en la obra de la redención de la humanidad.  Jesús mismo nos ha demostrado que el sacrificio de la Cruz es el paso a la resurrección y a la vida.  Por eso nosotros aceptemos con amor las oportunidades que Dios nos da en nuestra vida de poder sacrificarnos por Su santo amor y por nuestro propio provecho espiritual.  Porque la Cruz no es una derrota, sino que es el triunfo del Redentor en el cual nosotros nos podemos incluir por medio del bautismo y de los demás sacramentos de la Santa Madre Iglesia.  Permítanme compartirles unas palabras del Cardenal Robert Sarah, que vienen muy a propósito de esto:

«La experiencia de física de la Cruz es una gracia absolutamente necesaria para crecer en la fe cristiana y una ocasión providencial para configurarnos con Cristo y adentrarnos en las profundidades de lo inefable.  Entonces comprendemos que, al traspasar el corazón de Jesús, la lanza del soldado abrió un gran misterio, pues fue más allá del corazón de Cristo: abrió a Dios, penetró  -por decirlo de algún modo-  el centro mismo de la Trinidad.  …  La Cruz es el centro del mundo, el corazón de la humanidad y el punto de anclaje de nuestra estabilidad.  De hecho, en este mundo sólo hay un punto sólido que asegure el equilibrio y la consistencia del hombre.  Todo lo demás es inestable, cambiante, efímero e incierto: “Stat Crux, dum vólvitur órbis”, “sólo la Cruz permanece en pie mientras el mundo gira alrededor”.  El Calvario es la cima del mundo, desde donde podemos verlo todo con otros ojos, los ojos de la fe, del amor y del martirio: los ojos de Cristo».
(Card. Robert Sarah. Dios o Nada. Ed. Palabra, Madrid 2017, p. 27)
 
Que esta Semana Santa, y especialmente este próximo Viernes Santo, todos nosotros los bautizados estemos «con-clavados con Cristo Jesús» en Su Cruz gloriosa (cfr. Gal 2, 20), en ese Calvario que  -como lo dice este pensamiento del Cardenal Sarah-  es la cima del mundo, porque allí el Salvador nos entregó Su Vida y nos redimió.  Que descubramos que Él nos ha enseñado el valor tan profundo del sacrificio y que por amor estemos dispuestos a permanecer crucificados junto con Él y para Él.

Les mando un saludo a todos, amadísimos hermanos, y de antemano les deseo también unas muy felices y bendecidas pascuas de resurrección.  Dios les bendiga y la Santísima Virgen María, Salud de los Enfermos, les proteja y conceda a todos bienestar en estos tiempos difíciles.