Fotografía: Néstor Esaú Velásquez Téllez
Meditando el
Evangelio según san Juan (20,19-23):
Domingo de Pentecostés
“Los discípulos recibieron
el Espíritu Santo en tres ocasiones: en la Pasión, era poco reconocible; en la
Resurrección era más expresiva; en la de hoy Pentecostés es más perfecta, pues
el Espíritu, está presente no solo por su acción, sino habitando en nosotros”.
San Gregorio
Nacianceno
Domingo de
Pentecostés, cincuenta días después de la Resurrección, hoy recibimos aquella
promesa que nos ha hecho Jesús, es el Paráclito, el Consolador que viene a nosotros,
hoy más que nunca porque le necesitamos y es nuestra fortaleza para el camino.
La Pascua es
sellada con la presencia del Espíritu Santo, es el regalo del Resucitado para
el caminar de su Iglesia, es quien nos viene a fortalecer, nos viene a dar el
abrazo de alegría y esperanza para el peregrinar por este mundo.
Algunos se han
referido al Espíritu Santo como el “gran desconocido”. En realidad, Él es “el
gran implícito”, porque en una vida verdaderamente cristiana no puede estar
ausente. Es decir, lo conocemos, aún si no siempre estamos conscientes de su
presencia y actuar en nuestras vidas. Es tan familiar, tan íntimo, que se
parece a nuestra propia profundidad. Aunque no siempre apreciemos su presencia,
si aclamamos “Padre” a Dios es movidos por el Espíritu Santo (cf. Ga 4,6), de
la misma manera que no podemos confesar a Jesús como “Señor” si no es por el
impulso del Espíritu Santo (cf. 1Co 12,3).
La acción del Espíritu
Santo se hace presente en nuestra iglesia, una acción antigua y siempre nueva,
siempre renovada, incluso hoy que nos tocan tantos sufrimientos y angustias, ¿Cuántos
hermanos hemos perdido por la pandemia? ¿Cuánto dolor y sufrimiento vivimos en
nuestros días? Hoy se hace presente a pesar de todo, es el gran Consolador que viene a enjugar
nuestras lagrimas y darnos esperanza, a recordarnos que no estamos solos y que
Dios sigue cumpliendo sus promesas y la Vida eterna es una de ellas.
Es el Espíritu
Santo quien da la fuerza, coraje y valentía de los mártires, es quien hace
elocuente las voces mudas, da perseverancia y fidelidad a las Vírgenes y célibes,
nos recuerda la virtud de la Pureza y la Castidad, guía la acción pastoral de
nuestra Iglesia y sus Sacerdotes y Ministros, es la presencia invisible y
poderosa que como el aire nos da Vida y nos permite vivir, que nos sigue fortaleciendo
aun en nuestros días y que conduce a toda la humanidad hasta su encuentro con
el Señor y el establecimiento definitivo de su Reino.
Celebrar está solemnidad de Pentecostés, es festejar el cumpleaños de la Iglesia, su nacimiento; somos conscientes que su fuerza nos ha acompañado, entre nuestras luces y sombras, son casi 2,000 años en los cuales ha sido nuestro motor y guía y seguimos caminando bajo su luz y guía, somos la Iglesia de Pentecostés, la misma Iglesia que sale del cenáculo anunciando como nuestro primer Papa San Pedro la buena noticia del Resucitado; somos la Iglesia donde habita el Santo Espíritu.
Hoy es día de
alegría, porque, aunque caminamos en un valle de lágrimas, no estamos solos, tenemos
un consolador que limpia nuestras lágrimas, que nos levanta, que nos fortalece
y que nos sigue guiando; por ello pídele que venga hoy sobre nuestras vidas,
sobre tú vida y que se adueñe de ella, guiados de su mano no existe fracaso, no
existe desesperanza, ni muerte.
Escrito por:
Néstor Esaú Velásquez Téllez
Comunicador y Fotógrafo de la Diócesis de León.
Responsable de Formación, junto con su esposa Roxana
en Pastoral Familiar de la Diócesis de León y
Coordinadores de la Sección Familia y
Vida de la Comunidad Cristiana San Ramón

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