Celebrar la fiesta en honor al Sagrado Corazón de Jesús en nuestro contexto, nos hace volcar nuestra mirada y redescubrir en su amante Corazón que es fuente de vida inagotable, que posibilita la esperanza, que es un corazón atento, cercano y humano, que nos sostiene y alienta en la dura experiencia de la vida. Que en su amoroso corazón está el dolor y el sufrimiento de los hijos que claman a su bondad.

Contemplar su Sacratísimo Corazón es experimentar el amor gratuito de un Dios enamorado de sus hijos, un amor que vence en el fracaso, que triunfa en la impotencia, que libra en la esclavitud del pecado, que transforma el corazón de piedra en uno de carne, que consuela en la angustia, que da esperanza en el desierto de la vida, que muerto vivifica; porque es el amor de un Dios manso y humilde, traspasado, angustiado, desangrado y ardiente de amor fino por cada uno de nosotros hasta el punto de quedar sacramentado. El sagrado Corazón, nos hace esperar contra toda desesperanza. Él siempre escucha nuestro clamor y nos salva cuando estamos hundidos. Afianza nuestros pasos y nos da firmeza en las dificultades.

En el Evangelio, Jesús nos dice: «aprendan de mí, que soy manso y humilde de corazón». Mansedumbre y humildad que en el corazón del hombre hace mucha falta. En una sociedad en la que falta tanto amor y se exponen tantas agresiones, muchas persecuciones, mientras vemos a personas que son víctimas de la asfixia de caridad y respeto de sus hermanos. Por eso, una verdadera devoción al Corazón de Jesús nos debe llevar a encontrarnos con su persona y dejarnos transformar por su vida, sus gestos y sus palabras. Transformar nuestro corazón en el amor gratuito que recibimos de Dios, para tener el mismo Corazón de Cristo. Un corazón humano, pobre, compasivo, misericordioso, alegre, con espíritu, lleno de amor, manso y humilde. Mansedumbre y humildad que hace falta para acoger al Espíritu Santo y guiarnos por Él.

Un corazón manso y humilde para mirar como Jesús, que no desconoce la realidad, no pasa por alto la injusticia, el dolor, la soledad, el llanto, ni la desesperación; sino que reconociendo todo ello, nos induce a tener una mirada más amplia, a tener una mirada desde la fe y la caridad, para vencer todos esos signos de muerte y promover la esperanza. Porque asemejarnos al corazón de Jesús es ser instrumentos de misericordia y para ello debo sentirme necesitado de la misericordia de Dios en primera instancia; y cuando requiero de su perdón, de su consolación, aprendemos a ser misericordiosos con los demás; pero al mismo tiempo debe quedar claro: hay que amar a los demás con el mismo amor de Jesucristo. Pues,” Hemos conocido el amor que Dios nos tiene y hemos creído en él”. (1jn 4,16).

Pidamos al Señor en este día, que nos haga sintonizar con su corazón, que nuestro corazón muchas veces fatigado por cansancios y agobios que lo intranquilizan pueda encontrar esa clave de amor que lo unifica en la sinfonía del corazón de Dios. Que cambie nuestro corazón frío y desgastado por amores superfluos y lo transforme en un corazón más humano, cercano y humilde. Un Corazón abierto al prójimo, atento al sufriente que espera, un corazón purificado y misericordioso capaz de alcanzar misericordia, un corazón vaciado preparado para dejar espacio al amor de Dios, ya que si nos asemejamos a él, participamos de su misma caridad. Por lo tanto, Abrirnos a su amor significa dejar que él viva en nosotros y nos lleve a amar con él, en él y como él; sólo entonces nuestra fe llega verdaderamente «a actuar por la caridad» (Ga 5,6) y él mora en nosotros (cf. 1 Jn 4,12).

Finalmente queridos hermanos, debemos ser conscientes de que somos infinitamente queridos, esperados, acompañados… y entonces, entender que el amor de verdad no supone conquista, sino entrega a los demás, supone lanzarse, apostar, abrazar, acoger… como el corazón de Jesús.

Así sea.

Solemnidad del Sagrado Corazón de Jesús, 19 de junio del 2020.

Juan Francisco Alvarado R.