En este domingo, el Señor Jesús en el Evangelio según San mateo, nos repite tres veces las palabras: “no tengan miedo”, se lo repite al cristiano actual, que está experimentando cambios sociales significativos, para no temer cuando vengan las persecuciones, las epidemias que amenazan la vida, las calamidades que intranquilizan el corazón del hombre, las injusticias que provocan llanto y desesperación, y la muerte que está a la vuelta de la esquina; porque él estará siempre de nuestra parte, si nosotros estamos con él. Nada ni nadie puede matarnos el alma, la capacidad de amar, la voluntad de hacer el bien, ni la libertad interior; mucho menos la paz, fruto del Espíritu. El único mal real que el hombre debe temer es el pecado, que le llevaría a una condenación eterna, «temer al que puede destruir con el fuego alma y cuerpo». Ante este evangelio, ¿cuántas maneras de pensar y de actuar tienen que cambiar en nuestras vidas?

El miedo aunque es una dimensión natural de la vida, no es saludable. Es producto del pecado, brota del interior del hombre que se ha alejado de Dios, y por tanto no debe de paralizar nunca a los creyentes,  No debe callar las conciencias, ni las voces que gritan la libertad oprimida por diversas circunstancias. No debe acomodarnos, ni encerrarnos para escondernos a los que matan el cuerpo, no debe apagar la llama encendida el día de nuestro encuentro personal con Jesucristo. Y mucho menos no debe dejar de propagar la buena noticia de Dios por ningún motivo. Y a esto Cristo nos dirá: «Quien se pone de mi parte», nada ha de temer. El defensor seré yo mismo, que «me pondré de su parte». “Porque el Señor está a mi lado como fuerte defensor, por eso mis perseguidores caerán y no podrán prevalecer» (Jer 20, 11). Pero, ¿Cuál es la razón de nuestra confianza, una confianza que debe superar todos los miedos? El apóstol Pablo responde: «el don de la gracia» que, a través de Jesucristo, se derramó «en abundancia sobre todos los hombres» (Rm 5, 15).

Por consiguiente, quien ama a Dios no teme, siente en sí la seguridad que tiene el niño en los brazos de su madre (cf. Sal 131, 2), permanece tranquilo incluso en medio de las tempestades, porque Dios, como nos lo reveló Jesús, es Padre lleno de misericordia y bondad. Y en consecuencia, el creyente no se asusta ante nada, porque sabe que está en las manos de Dios, sabe que el mal y lo irracional no tienen la última palabra, sino que el único Señor del mundo y de la vida es Cristo, el Verbo de Dios encarnado, que nos amó hasta sacrificarse a sí mismo, muriendo en la cruz por nuestra salvación. Debemos considerar estas dificultades como la posibilidad para ser todavía más evangelizadores y para crecer en esa confianza hacia Dios, nuestro Padre, que no abandona a sus hijos en la hora de la tempestad. Debemos ser valientes para salir de nuestras comodidades pastorales que hacen de nuestras parroquias frías y monótonas, no temer en decir la verdad y vivir en la verdad renunciando a las mentiras que nos facilitan la vida, no temer en corregir al prójimo con caridad, no temer en anunciar el evangelio en una sociedad relativa y laicista, no temer para darse a los demás por la causa de Jesucristo sin importar las consecuencias que esto traiga y tener coraje en amar a Dios sobre todas las cosas y renunciar a las seducciones del maligno.

Finalmente, la prueba de un auténtico seguimiento de Cristo no son los aplausos del mundo, sino el testimonio fiel que damos de Cristo Jesús. El Señor no pide a sus discípulos una confesión de compromiso con el mundo, sino una confesión de fe, que les prepara incluso a estar dispuestos a ofrecerse en sacrificio; pues, no son solamente los caudillos los que limitan la libertad; existe la misma necesidad de fuerza y coraje para oponerse a las seducciones del espíritu de la época, que intentan orientarnos hacia el consumo y el disfrute egoísta de la vida o, en ocasiones, nos hace mirar con complacencia la hostilidad hacia la Iglesia, o incluso nos conduce al ateísmo militante.

¡Queridos hermanos y hermanas! Los cristianos deberíamos hacernos eco continuamente de estas palabras de Jesús que nos invitan a superar nuestros miedos ante los nuevos retos que la sociedad nos va planteando.  A vivir en este momento con la confianza puesta en Dios. Este momento y toda nuestra vida. Porque así viviremos de un modo diverso. Con una actitud diferente. Sentiremos la alegría de vivir y disfrutar de este inmenso regalo que Dios nos ha hecho. Pero, nuestra tarea en el mundo indica que los cristianos no debemos asimilarnos y convertirnos en contemporáneos cómodos, renunciando a nuestra identidad, producto de un temor esclavizante. En cambio, requiere que sigamos siendo cristianos, que defendamos y vivamos nuestra fe y la ofrezcamos como una contribución esencial a la sociedad humana; porque difícilmente se puede vivir y anunciar un mensaje tan alegre como el del Reino si el que lo anuncia vive atemorizado. No se trata solamente de ser combativos, dispuestos a la polémica, sino de creer en la verdad del evangelio que, no mata, sino que trasforma.

¡Alabado sea Jesucristo!

Domingo XII del tiempo ordinario, 21 de junio del 2020.

Juan Francisco Alvarado R.