#NotitasDeDios
El que come mi carne y bebe mi sangre
habita en mí y yo en él. (Jn 6, 51-58)
Pensar en la solemnidad del cuerpo y
la sangre de Cristo (Corpus Christi), es pensar en la comunión. Comunión de
Dios con su pueblo, que se da y se reparte entre todos. Pero también es
comunión de la humanidad con Dios. Y es que Dios es fiel a sus promesas, porque
cumple y acompaña al pueblo, no lo deja solo ni un momento, lo libra del
peligro, lo cuida y mucho menos permite que muera de hambre (Dt 8). Pues el
pueblo que clama al Señor en la necesidad, en la angustia, en la tribulación y
en el arrepentimiento, Dios está pronto a responder, a dar lo que el pueblo
necesita. Hoy podemos decir también nosotros, que el Señor no nos ha
abandonado, que nos sigue alimentando con el verdadero maná, su Cuerpo y su
Sangre.
Pensar en la Fiesta de corpus Christi
es Comulgar, no es solo recibir un sacramento, es estar comprometido con una
llamada y con un seguimiento. Comulgar quiere decir compartir, hacerse solidario.
Hacerse cercano con el Prójimo, darse y desgastarse por los demás. Vivir en la
verdad y renunciar a la mentira, dejarse transformar por Dios mismo que habita
en el hombre. Pues, la persona que hace una buena Comunión, hace todo bien,
pues está llena de Dios. Entonces, no hará sus acciones, sino Jesucristo;
servirá a los enfermos con la caridad de Jesucristo; soportará las contradicciones
con la paciencia de Jesucristo; se abandonará a los brazos del Padre eterno
confiando en su misericordia aún en la prueba más dura, la misma cruz del
calvario o ante la amenaza de la muerte con el mismo amor de Jesucristo… todas
sus acciones, ya no serán por voluntad propia, sino las de Jesucristo, porque
el Padre Eterno mira a su hijo en esta persona; mira todas las acciones de esta
persona, como las de su propio hijo… ¡Qué Gracia más grande, la de estar seguro
de ser mirado por Dios, considerado por Dios, amado por Dios!
Por tanto celebrar, la fiesta del Corpus
Christi, es celebrar la Caridad, es contemplar a Dios mismo en el hermano
sufriente y abandonado, es experimentar el verdadero amor, de la entrega total
y de la cercanía de Dios con su pueblo que sufre y espera, por eso es la gran
oportunidad para hacer visible el amor de Dios en la entrega al hermano. Cristo
se entregó a sí mismo por todos, se dio como alimento de salvación, como comida
verdadera, para dar vida y en abundancia. Nosotros también podemos dar vida en
una cultura de la muerte, pues Dios está con nosotros.
Finalmente, en esta solemnidad
dirijamos nuestra mirada al Cuerpo de Cristo, en el cuerpo sufriente de tantos
hermanos enfermos, desamparados, excluidos, heridos, distanciados,
discriminados por distintas situaciones y que movidos por el amor y la Caridad
vayamos siempre a su encuentro con entrega generosa y desinteresada fruto de la Comunión de Dios con el hombre.
Pidamos la gracia de vivir guiados por
Cristo, en comunión con Él, sabiendo que quiere lo mejor para nosotros, que es precisamente
su amor, nuestra unión con Él que vivamos en su luz. Pero que también este
tiempo sea propicio para examinar cómo nos hemos acercado a la Eucaristía y a
la comunión. Si participando del cuerpo del Señor, Él nos promete la vida
eterna, esto significa algo muy grande, algo enorme, algo que nadie puede
hacer, es en definitiva un don y un regalo. Por tanto, si al participar de la Eucaristía
puede llenar de sentido nuestra vida terrena y fortalecer nuestra esperanza en
la vida eterna, no podemos privarnos de semejante regalo, pero aceptar este
regalo implica una responsabilidad: prepararnos para recibir dignamente al
Señor en la Eucaristía (Cfr.1 Cor 11, 29)
¡Infinitamente sea alabado!
Así sea.
Juan Francisco Alvarado
Solemnidad del Cuerpo y la
Sangre de Cristo, 11 de junio del 2020.

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