#NotitasDeDios.
Reflexión
dominical, 07 de junio del 2020.
Celebramos el domingo de la Santísima
Trinidad y con este día, Dios se nos ha revelado en su totalidad, en su
plenitud; manifestado en la persona de Jesucristo, su único Hijo (Jn 3, 16). A
través de sus palabras, de sus acciones y de su estilo de vida, nos ha revelado
al Padre eterno. Y cuando él desaparece de este mundo, nos envía su Espíritu
Santo para que siga alentando en nuestros corazones cansados y afligidos,
agobiados y perturbados, el mismo fuego que nos dejó su presencia. Y es que
Dios Padre, Hijo y Espíritu Santo son la comunión y expresión más perfecta de
amor hacia la humanidad y por tanto, es el mismo Espíritu que nos ayuda a
reconocerlo con nuestra mente y con nuestro corazón abierto a Dios uno y trino.
En el
evangelio de Juan se nos narra: “tanto
amó Dios al mundo que entregó a su Unigénito…” (3,16). Pues, Dios nos ha
dado el regalo más grande que pudiéramos soñar, darse, entregarse a sí mismo en
la persona de Jesucristo. Regalo no merecido pero recibido, no esperado pero
entregado; incluso no creído, ni experimentado, pero auténtico y verdadero.
Todo lo ha hecho por amor. Porque el amor no consiste en amar primero a Dios,
sino que Él no ha amado primero. (1 Jn 4, 10). Y Dios es amor. “…para
que todo que crea en Él no perezca “.
Ante
todo ello podríamos preguntarnos, ¿hasta donde alcanza mi creencia en el Hijo
de Dios?, Porque ¿Cómo es posible que pensemos todavía que Dios pueda castigarnos
por nuestras faltas e infidelidades, que anote cada pecado cometido, que
coloque dificultades, enfermedades, pestes y piedras en el camino para
condenarnos o juzgarnos incluso, que nos abandone en los momentos más difíciles
de nuestra vida, que permite el mal, la violencia y no lo castigue, que muera
el justo y el malhechor viva? Creer en Dios es dejarse abandonar a su
misericordia, es renunciar a mis egos y orgullos tontos que me separan de su
presencia, es confiar que Dios me ama a pesar de cuál oscura se vuelva la
noche, es amar al prójimo sin condición y perdón, es orar por quienes me
persiguen y calumnian, es dejarme salvar por su bondad y eterna misericordia,
pues, Dios es cercano, no desentendido de la historia de la humanidad y menos
de mi propia historia.
Creer
en el Hijo de Dios, significa hacer de Él el centro, el sentido de nuestra
vida. Cristo no es un elemento accesorio: es el pan vivo, el alimento
indispensable, es Ligarse a Él, en una verdadera relación de fe y de amor, no
significa estar encadenados, sino ser profundamente libres, siempre en camino.
(Francisco P.P)
Creer
en Dios es dejar que ese cariño inmenso que nos tiene profundice nuestro ser y
darnos cuenta de la incoherencia y gran equivocación que supone pensar que Dios
pueda estar concibiendo nuestra condenación o que pueda tener pensada la
destrucción de este mundo y de sus hijos. Dios, quiere que “el mundo se salve”
(Jn 3, 17). Salvación misma que a palabras de San Agustín, “necesita de nuestro
libre consentimiento”. Porque también es verdad, que somos un pueblo de corazón
duro (sal 94) y a veces no capaces en aceptar la mano Dios que tiende para
salvarnos. Por tanto, no es suficiente creer en Dios, sino es con la ayuda del
Espíritu Santo que nos abrirá al amor incondicional de Él para que lo
aterricemos en nuestra vida y nos demos a los demás generosamente como don y
fruto de Dios.
Por
eso queridos hermanos, es tiempo de confiar en el amor de Dios y reconocer que
está en medio de nosotros, allí entre tanta incertidumbre, dolor y
desesperanza, siempre deseoso en ayudarnos, de acogernos, de enseñarnos a perdonar,
de liberarnos del pecado, de sanar nuestras dolencias y enfermedades, de
derribar los muros que obstaculizan la vida, de combatir la mentira y el
engaño, y finalmente darnos su paz. Porque cuando una persona sale del amor y
critica a su prójimo, es porque no cree. (Mateo 24, 12) Por eso, mediante la fe en Dios, podemos ser
generosos con otros, mediante la fe en Dios, podemos ponerlo primero en nuestras
vidas y estaremos dispuestos a hacer los sacrificios que Él nos pida. Y al
confiar en Él, y mediante esa confianza experimentaremos el gozo de la
salvación.
Así
sea.
¡Dios
les bendiga!
Por: Juan Francisco Alvarado R.
Por: Juan Francisco Alvarado R.

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