Por el bautismo hemos sigo injertados a Cristo y Él vive
en nosotros (Gal 2,20). Todo y total Cristo es nuestro y debe llenarnos en su
plenitud: sus virtudes, sus sentimientos, sus actitudes, sus gestos y su amor.
Por eso, para un cristiano auténtico y comprometido que ha conocido a Dios, lo
más natural debería ser vivir como Cristo (Flp 1,21). No se nos pide nada
extraño o imposible: se trata sencillamente dejar actuar al Enmanuel y que se
desarrolle plenamente en nuestra vida.
Y es que, el texto evangélico de hoy es claro y radical
para el verdadero discipulado: “el que
quiera más a su padre o a su madre más que mí, no es digno de mí” (Mt 10,37)
y más aún “el que no carga con su cruz y
me sigue, no es digno de mí” (Mt 10,38). Porque el auténtico discípulo no
pone condiciones a su maestro, debe ser total. La fidelidad a Jesús no puede
estar sujeta por otras fidelidades humanas. Con Jesús no sirven las cosas a medias,
ni las indecisiones, ni las ambigüedades. Ni los servicios pastorales a nuestra
conveniencia, pues no se puede ser discípulo y estar apegado a las cosas del
mundo. La exigencia del seguimiento es fuerte, nos compromete hasta lo más
profundo de nosotros mismos, hasta el punto de perder la vida por la causa del
evangelio.
El seguimiento de Cristo comporta renuncias y
sacrificios, que muchas veces no estamos dispuestos a aceptar, porque la lógica
de Jesús no es ni será la lógica humana. En muchas ocasiones, nos encontraremos
ante una encrucijada muy retadora: aceptar o no la cruz. Una cruz que se vuelve
pesada por nuestros pecados, una cruz que significa dolor, sufrimiento,
desgaste, indiferencia, y muerte al hombre viejo. Una cruz que nos dice: seguir
los valores del evangelio y dejar el poder que nos ofrece el mundo. Una cruz
que desvela la realidad de una sociedad pragmática y paralizada por la
violencia, los vicios y la corrupción. Sin embargo no cabe un discípulo sin
cruz. Como tampoco un cristiano que niega su propia cruz. Y Podemos pensar que
no podemos soportar muchas de las cruces con las que han cargado muchos
cristianos, pero tanto a ellos como a nosotros el Señor Jesús, les ha dicho y
nos seguirá diciendo: “Vengan a mí y yo los
aliviaré” (Mt 11,28), puesto que la resistencia, el consuelo, la fortaleza
y la obra cristiana no está en nosotros, sino en el Señor.
Seguir a Jesús en estos tiempos, es una invitación y un
don de Dios; pero al mismo tiempo exige nuestra respuesta valiente y
comprometida, que no debe cambiar por el paso del tiempo, porque ¡ya basta!, de
cristianos a medias que causan mucho dolor a la Iglesia y la sociedad, acomodados
y fríos, Cristianos de palabras y del montón, Cristianos de ocasiones y de
festejos, cristianos ajenos y ciegos ante la realidad de su prójimo, cristianos
que en lugar de convertir en la fe a muchos los alejan con su testimonio de
vida. Se necesita Cristianos que aspiren el cielo y mueran al mundo “ustedes están en el mundo, pero no son del
mundo” (Jn 15,19) Por eso, es tiempo de auténticos testigos de que es
posible el amor gratuito y desinteresado. Cada cristiano ha de ser llevado ante Jesucristo para
tener, renovar y profundizar constantemente un encuentro intenso, personal y
comunitario, con el Señor. De este encuentro nace y renace el discípulo. Y del
discípulo nace el misionero. Un auténtico discípulo vigilante para que ninguna
ideología se convierta en un ídolo.
Ser discípulo de Jesús en estos tiempos es embarcarse en
un proceso de profunda transformación personal que dura toda la vida. Ser
cristiano implica un esfuerzo constante por llegar a serlo. La identificación
con la imagen del Hijo, “el hacer
nuestras las actitudes de Cristo”, que diría San Pablo, debe aumentar cada
día. El discípulo de Jesús sabe que hay que ir más al fondo, a la limpieza de
corazón, porque “del corazón del hombre
es de donde sale lo que mancha al hombre” (Mc. 7,14).
Queridos hermanos, Cuánto daño hacemos a la causa de la evangelización,
y a las personas concretas que estamos llamados a servir, cuando desarrollamos
las funciones pastorales “sin corazón”, es decir, sin sentir como propio lo que
transmitimos, desconectados del Señor, sin apenas experiencia y testimonio de
discípulos. En realidad, y los hechos lo demuestran, únicamente quien está
lleno de Dios comunica su presencia transformadora y lleva a los demás a encontrarse
con Él: “Lo que hemos visto y oído, les anunciamos”
(1Jn. 1,3). Tenemos
que mostrar lo humano de lo cristiano para que Dios pueda divinizarlo. Y los seres
humanos debemos humanizar y, en un momento de secularización fulminante,
nuestro gran reto es elevar sustancialmente la calidad de nuestro cristianismo.
Que la Virgen Madre de la Misericordia, modelo de
seguimiento incondicional, interceda para que cada día seamos más fieles a la
vocación del discipulado de Jesús, a seguir a Dios cual sea nuestra propia
vocación, y a ser libres, para poder hacer libres a los demás. Y dar testimonios
en una sociedad en la que Dios es cada vez más irrelevante, en la que la dimensión
espiritual profunda está muy sofocada, en la que no se lleva comprometer la
vida en serio para nada, y en la que la máxima aspiración es el bienestar
material. Que ella pues, nos lleve a Jesús y con Jesús seamos mejores
cristianos.
Así sea
Domingo XIII del tiempo ordinario, 28 de junio del 2020.
Juan Francisco Alvarado Rodríguez
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