Hoy más que nunca resuena en nuestro contexto, las palabras de Jesús “venid los que están cansados y agobiados, que yo los aliviaré” (Mt 11,28) Palabas de esperanza y consuelo, al hecho de sentir que la carga de nuestra vida se vuelve cada vez más pesada, agobiadora y desalentadora. Una vida cansada por el pecado abrumador que va carcomiendo las fuerzas de seguir adelante, cansada de tanta injusticia social, de una violencia cada vez más despuntante, de una opresión de ideologías que conducen sucesivamente a la pobreza, falta de libertad, ansias de poder, desigualdades socioeconómicas y de una exuberante cultura de la muerte. ¡Cuántas personas se encuentran hoy así en nuestro mundo!, Víctimas del sistema, de la pandemia, de la falta de solidaridad con los necesitados y con los pobres.

Sin embargo, Jesús, conoce nuestro corazón y es conscientes de nuestra fragilidad. Y por eso, nos hace la invitación de ir hacia Él, Nos llama a todos por igual, sin distinción. Él es nuestro lugar seguro de descanso. Cuando estamos fatigados, cansados, necesitados de una pausa o respiro, ¿hay algo mejor que buscar a Jesús? Al invitarnos “Venid a mí los cansados y agobiados”, Jesús nos da un mensaje de su infinito amor y misericordia. El amor del Señor es el verdadero descanso del alma. En su corazón amoroso encontraremos el verdadero descanso, ¡Buscarlo! “porque mi yugo es llevadero y mi carga ligera” (Mt 11, 30) hasta el día en que descansemos definitivamente en los brazos del Padre.

Y, ¿Por qué Jesucristo nutre estos sentimientos? Porque él mismo se hizo débil, vivió la experiencia humana del sufrimiento y recibió a su vez consuelo del Padre. Efectivamente, sólo quien vive en primera persona esta experiencia sabrá ser consuelo para otros. (Francisco P.P.) Esta invitación de Jesús, se dirige hoy también a quienes nos llamamos cristianos y confesamos que él es nuestro Dios; y nos compromete a ayudar a nuestros hermanos cansados y fatigados por llevar una cruz pesada, pues muchos de ellos sufren desalientos más duros que los nuestros. Acércate a ellos para ayudarles a llevar ese fardo pesado, como hace Cristo con nosotros. Y sobre todo, no eches en las espaldas de los otros tus sacos de disgustos y reclamos, tus rebeldías y enojos. Al contrario, pon tu espalda para que otros te carguen sus penas y dolores. (P. Rivero).

San Gregorio Magno nos refería: “Es un yugo áspero y una dura esclavitud el estar sometido a las cosas temporales, el ambicionar las terrenales, el retener las que mueren, el querer estar siempre en lo que es inestable, el apetecer lo que es pasajero, y el no querer pasar con lo que pasa. Porque mientras desaparecen a pesar de nuestros deseos todas estas cosas que por la ansiedad de poseerlas afligían nuestra alma, nos atormentan después por miedo de perderlas”. Estas palabras, se las dice a los que poseen todo. Pero cuyo corazón está vacío y sin Dios por lo que debe ser evacuado de todo lo irrelevante y superfluo para que pueda ser llenado por la misericordia desbordante del Señor, y “Ser humildes y mansos de corazón” (Mt 11,28).

Queridos hermanos, debemos tener el corazón de los pequeños, de los “pobres en el espíritu” (Mt 5, 3), para reconocer que no somos autosuficientes, que no podemos construir nuestra vida nosotros solos, sino que necesitamos de Dios, necesitamos encontrarlo, escucharlo, hablarle e ir a su encuentro. La oración nos abre ese camino a recibir el don de Dios, su sabiduría, su alivio, su paz, que es Jesús mismo, para cumplir la voluntad del Padre en nuestra vida y encontrar así alivio en el cansancio de nuestro camino que nos hace perder el horizonte de vivir. “Los que son de Cristo han crucificado la carne con sus pasiones desordenadas” (Gal 5,24) El apóstol Pablo, sostiene que, si mediante el Espíritu damos muerte a las obras del cuerpo, tendremos vida. En este Espíritu de Cristo se encuentra el aliento y el reposo que renueva nuestras fuerzas en medio de los cansancios y agobios de la vida presente.

Señor, a veces siento que las fuerzas me abandonan y me invade el deseo de rendirme, de sucumbir ante mis luchas y posponer mis metas de vida. No permitas que en la aflicción me aparte de Ti. Quítame los miedos del corazón que me agobian y perturban el alma. Lléname de fe y esperanza. Hazme sentir que estás a mi lado, protegiéndome, siendo mi escudo y mi brazo fuerte. Que tu fuerza me enrumbe por el camino de la victoria y de la alegría. Confío en tu gracia, que eres capaz de darme paz y serenidad en los momentos que más lo necesito. Madre, Consuelo de los afligidos, hazme encontrar en tu regazo el descanso y la bendición que viene de tu Hijo Jesucristo, Amén.


Domingo XIV del tiempo ordinario, 05 de julio del 2020.
Juan Francisco Alvarado Rodríguez
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