Seguramente muchas veces nos hemos hecho estas preguntas: ¿Por qué permite Dios tanto mal, tanta malicia? ¿Por qué no castiga a los malhechores que vienen cometiendo tantas injusticias? ¿Por qué Dios permite que tanta cizaña crezca junto al trigo, los malos con los buenos? O ¿por qué Dios no elimina el mal del mundo? Antes estas interrogantes las lecturas del día de hoy nos dan una respuesta clara a la luz de la Palabra de Dios. En la parábola del trigo y la cizaña, Jesús explica que incluso la mala hierba cumple una función en el desarrollo y crecimiento de una planta. Si bien puede retardar el crecimiento, es necesario que lleguen al tiempo de la madurez para ser separadas y cosechar un buen fruto. ¿Qué clase de fruto quiero ser? ¿Ser Buen fruto agradable a Dios, o un fruto agradable al mundo? ya que,
existe el mal, está presente y es dinámico en la historia de los hombres. Sin embargo, no puede provenir de Dios, el creador y que por esencia es el bien infinito y eterno.


Jesús compara el reino de los cielos con un campo de trigo para darnos a entender que dentro de nosotros se ha sembrado algo pequeño y escondido, que sin embargo tiene una fuerza vital que no puede suprimirse. A pesar de todos los obstáculos, la semilla se desarrollará y el fruto madurará. Este fruto sólo será bueno si se cultiva el terreno de la vida según la voluntad divina. Por eso, en la parábola del trigo y la cizaña (Mt 13, 24-30), Jesús nos advierte que, después de la siembra del dueño, “mientras todos dormían”, intervino “su enemigo”, que sembró la cizaña. Esto significa que tenemos que estar preparados para custodiar la gracia recibida desde el día del Bautismo, alimentando la fe en el Señor, que impide que el mal eche raíces. (Benedicto XVI) San Agustín, comentando esta parábola, observa que “muchos primeros son cizaña y luego se convierten en trigo”. Y añade también: “Si estos, cuando son malos, no fueran tolerados con paciencia, no llegarían al laudable cambio”, es decir, Dios saca de hasta lo más inservible lo bueno para bien de las almas.

En esta parábola (Cf Mt 13, 24,30) se muestra los dos tipos de obra que se están realizando en el mundo y nos permite entender por qué existe la maldad. Dios siembra buenas semillas que se convierten en hijos de Dios, miembros de la comunidad cristiana; pero, el demonio, el maligno, también siembra su descendencia, los hijos de las tinieblas, que viven alejados de la luz y la verdad. Ante ello con este pasaje, podemos aprender una gran lección de vida en medio de la sociedad: aceptar, vivir en un mundo en el que coexisten la bondad y la maldad, el acierto y el error, la mentira y la verdad, la violencia y la justicia, la corrupción y la democratización, el poder y el servicio, la cizaña y la semilla buena. A veces estas situaciones nos resulta tan duro porque caemos en la tentación de querer hacer justicia a la ligera y por nuestra propia mano y pensar como los siervos: ¡arranquemos la cizaña! (Mt 13,19) por eso, Jesús nos habla y aconseja, en medio de tanta impaciencia, y responde a los personas que comúnmente se preguntan: ¿Qué espera Dios para acabar con los que causan tanto dolor a la humanidad?

También, En la comunidad cristiana hay cizaña. En el campo de Cristo también brota el mal. Sin embargo, eso no es para rasgarnos las vestiduras y escandalizarnos. El dueño del plantío lo sabe, pero quiere dejarlo. No hemos de escandalizarnos por los males que vemos en la Iglesia. Eso no es obra de Cristo, sino del Maligno y de los que pertenecen al Maligno aunque parezcan pertenecer a Cristo. Si Cristo lo permite es para que ante el mal reaccionemos con el bien con mucho mayor entusiasmo. Lo que tendremos que preguntarnos y examinar es si no estaremos siendo nosotros cizaña dentro de la Iglesia en lugar de semilla buena que da fruto. Pues, el mal hace mucho ruido, crece en la noche, se da cuenta de su avance en todas las noticias a diario, es tentador y parece prometedor. Pero no se hace dueño del campo. La vida está por encima de todo mal, no se rinde y sigue ofreciendo a diario sus frutos. ¿Por qué no habría de vencer el trigo? Recordemos que el mal no tiene la última palabra, pues Cristo ha vencido a la muerte y el mal en el mundo con su resurrección.

No es mi intención, determinar quiénes son cizaña y quienes son trigo; dejémosle a Dios esa labor. Pero sí, el propósito principal de esta parábola, quizás sea, advertirnos a quienes creemos en Dios y nos llamamos cristianos que debemos examinarnos personalmente para asegurarnos de ser buena semilla, y que el mal que los acorrala no nos ahogue y consuma. Si queremos luchar contra el mal y desterrarlo del mundo, debemos comenzar por nosotros mismos. Somos los responsables de quitarlo del mundo, y lo haremos contraponiéndole el bien. Si queremos el bien, tenemos que hacerlo libremente. Dios no nos fuerza a hacerlo. Quiere nuestro amor libre. ¿Creemos de verdad en la fuerza de la Palabra de Dios y en la eficacia de la gracia de Cristo? Entonces, ¿por qué nuestras comunidades no tienen esta vitalidad que indica la parábola?, ¿por qué no crecen continuamente?, ¿acaso Cristo no es el mismo ayer, hoy y siempre? Entonces, ¿qué es lo que esteriliza la palabra de Cristo?
Debemos esforzarnos por ser trigo bueno y sembrar trigo bueno continuamente, eliminando todo lo que pueda causar daño, confusión mental, mal ejemplo, estímulo al mal; más aún, debemos esforzarnos porque la cizaña se convierta en buen trigo en la medida de lo posible. Debemos escuchar atenta y minuciosamente las inspiraciones que el Señor nos hace sentir acerca de nuestra vida, que se nos dan solo en la perspectiva de la felicidad eterna. Es fácil y natural en nuestras oraciones insistir más bien en intereses temporales y terrenales. Pero, como dice San Pablo, “el Espíritu viene en ayuda de nuestra debilidad, porque ni siquiera sabemos pedir como conviene”. Y por lo tanto, “el Espíritu mismo intercede insistentemente por nosotros, con gemidos inefables; y el que escudriña los corazones sabe cuáles son los deseos del Espíritu” (Rom 8, 26-27).

Cristo concluye esta parábola diciendo “El que tiene oídos para oír, oiga”. Es prudente escuchar la enseñanza y dejar que nos guíe con temor cristiano, para adquirir buenos hábitos y vivir una vida sana y llena de fe. En tiempos tan polarizados, tanto en lo político y en lo social como en lo religioso, que bien nos viene escuchar del Señor esta parábola. La decisión es la de querer ser buen grano, “todos lo queremos”, con todas nuestras fuerzas, y entonces alejarse del maligno y de sus seducciones. La paciencia significa preferir una Iglesia que es levadura en la pasta, que no teme ensuciarse las manos lavando las ropas de sus hijos, antes que una Iglesia de “puros”, que pretende juzgar antes del tiempo quién está en el Reino y quién no.( Francisco P.P)

Finalmente, pidamos a Dios, la paciencia, que nos de la luz del discernimiento para que, en aras de querer construir una sociedad mejor, no cortemos, como si fuesen cizaña, los brotes de la vida que surgen de la ternura de Dios y del respeto a la diversidad. Por tanto, si somos hijos de un Padre tan grande y bueno, ¡tratemos de parecernos a él! “Sed perfectos como vuestro Padre celestial es perfecto” (Mt 5, 48). Dirijámonos con confianza a María, a quienes en estos días invocamos con la advocación de Nuestra Señora del Carmen, para que nos ayude a seguir fielmente a Jesús, y de este modo a vivir como verdaderos hijos de Dios, nos ilumine para que podamos comprender cada vez más profundamente las enseñanzas del Evangelio, en las cuales se encuentra la respuesta satisfactoria a todas las preguntas del corazón. Amén.



Domingo XVI del tiempo ordinario, 19 de julio del 2020.
Juan Francisco Alvarado Rodríguez
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