Jesús compara el reino de los cielos
con un campo de trigo para darnos a entender que dentro de nosotros se ha
sembrado algo pequeño y escondido, que sin embargo tiene una fuerza vital que
no puede suprimirse. A pesar de todos los obstáculos, la semilla se
desarrollará y el fruto madurará. Este fruto sólo será bueno si se cultiva el
terreno de la vida según la voluntad divina. Por eso, en la parábola del trigo
y la cizaña (Mt 13, 24-30), Jesús nos advierte que, después de la siembra del
dueño, “mientras todos dormían”,
intervino “su enemigo”, que sembró la
cizaña. Esto significa que tenemos que estar preparados para custodiar la
gracia recibida desde el día del Bautismo, alimentando la fe en el Señor, que
impide que el mal eche raíces. (Benedicto XVI) San Agustín, comentando esta
parábola, observa que “muchos primeros
son cizaña y luego se convierten en trigo”. Y añade también: “Si estos, cuando son malos, no fueran
tolerados con paciencia, no llegarían al laudable cambio”, es decir, Dios
saca de hasta lo más inservible lo bueno para bien de las almas.
En esta parábola (Cf Mt 13, 24,30) se
muestra los dos tipos de obra que se están realizando en el mundo y nos permite
entender por qué existe la maldad. Dios siembra buenas semillas que se
convierten en hijos de Dios, miembros de la comunidad cristiana; pero, el
demonio, el maligno, también siembra su descendencia, los hijos de las
tinieblas, que viven alejados de la luz y la verdad. Ante ello con este pasaje,
podemos aprender una gran lección de vida en medio de la sociedad: aceptar, vivir
en un mundo en el que coexisten la bondad y la maldad, el acierto y el error,
la mentira y la verdad, la violencia y la justicia, la corrupción y la
democratización, el poder y el servicio, la cizaña y la semilla buena. A veces
estas situaciones nos resulta tan duro porque caemos en la tentación de querer
hacer justicia a la ligera y por nuestra propia mano y pensar como los siervos:
¡arranquemos la cizaña! (Mt 13,19)
por eso, Jesús nos habla y aconseja, en medio de tanta impaciencia, y responde
a los personas que comúnmente se preguntan: ¿Qué espera Dios para acabar con
los que causan tanto dolor a la humanidad?
También, En la comunidad cristiana hay
cizaña. En el campo de Cristo también brota el mal. Sin embargo, eso no es para
rasgarnos las vestiduras y escandalizarnos. El dueño del plantío lo sabe, pero
quiere dejarlo. No hemos de escandalizarnos por los males que vemos en la
Iglesia. Eso no es obra de Cristo, sino del Maligno y de los que pertenecen al
Maligno aunque parezcan pertenecer a Cristo. Si Cristo lo permite es para que
ante el mal reaccionemos con el bien con mucho mayor entusiasmo. Lo que
tendremos que preguntarnos y examinar es si no estaremos siendo nosotros cizaña
dentro de la Iglesia en lugar de semilla buena que da fruto. Pues, el mal hace
mucho ruido, crece en la noche, se da cuenta de su avance en todas las noticias
a diario, es tentador y parece prometedor. Pero no se hace dueño del campo. La
vida está por encima de todo mal, no se rinde y sigue ofreciendo a diario sus
frutos. ¿Por qué no habría de vencer el trigo? Recordemos que el mal no tiene
la última palabra, pues Cristo ha vencido a la muerte y el mal en el mundo con
su resurrección.
No es mi intención, determinar quiénes
son cizaña y quienes son trigo; dejémosle a Dios esa labor. Pero sí, el
propósito principal de esta parábola, quizás sea, advertirnos a quienes creemos
en Dios y nos llamamos cristianos que debemos examinarnos personalmente para
asegurarnos de ser buena semilla, y que el mal que los acorrala no nos ahogue y
consuma. Si queremos luchar contra el mal y desterrarlo del mundo, debemos
comenzar por nosotros mismos. Somos los responsables de quitarlo del mundo, y
lo haremos contraponiéndole el bien. Si queremos el bien, tenemos que hacerlo
libremente. Dios no nos fuerza a hacerlo. Quiere nuestro amor libre. ¿Creemos
de verdad en la fuerza de la Palabra de Dios y en la eficacia de la gracia de
Cristo? Entonces, ¿por qué nuestras comunidades no tienen esta vitalidad que
indica la parábola?, ¿por qué no crecen continuamente?, ¿acaso Cristo no es el
mismo ayer, hoy y siempre? Entonces, ¿qué es lo que esteriliza la palabra de
Cristo?
Debemos esforzarnos por ser trigo
bueno y sembrar trigo bueno continuamente, eliminando todo lo que pueda causar
daño, confusión mental, mal ejemplo, estímulo al mal; más aún, debemos
esforzarnos porque la cizaña se convierta en buen trigo en la medida de lo
posible. Debemos escuchar atenta y minuciosamente las inspiraciones que el
Señor nos hace sentir acerca de nuestra vida, que se nos dan solo en la
perspectiva de la felicidad eterna. Es fácil y natural en nuestras oraciones
insistir más bien en intereses temporales y terrenales. Pero, como dice San
Pablo, “el Espíritu viene en ayuda de
nuestra debilidad, porque ni siquiera sabemos pedir como conviene”. Y por
lo tanto, “el Espíritu mismo intercede
insistentemente por nosotros, con gemidos inefables; y el que escudriña los
corazones sabe cuáles son los deseos del Espíritu” (Rom 8, 26-27).
Cristo concluye esta parábola diciendo
“El que tiene oídos para oír, oiga”. Es prudente escuchar la enseñanza y dejar
que nos guíe con temor cristiano, para adquirir buenos hábitos y vivir una vida
sana y llena de fe. En tiempos tan polarizados, tanto en lo político y en lo
social como en lo religioso, que bien nos viene escuchar del Señor esta
parábola. La decisión es la de querer ser buen grano, “todos lo
queremos”, con todas nuestras fuerzas, y entonces alejarse del maligno y de sus
seducciones. La paciencia significa preferir una Iglesia que es levadura en la
pasta, que no teme ensuciarse las manos lavando las ropas de sus hijos, antes
que una Iglesia de “puros”, que pretende juzgar antes del tiempo quién está en
el Reino y quién no.( Francisco P.P)
Finalmente, pidamos a Dios, la
paciencia, que nos de la luz del discernimiento para que, en aras de querer
construir una sociedad mejor, no cortemos, como si fuesen cizaña, los brotes de
la vida que surgen de la ternura de Dios y del respeto a la diversidad. Por
tanto, si somos hijos de un Padre tan grande y bueno, ¡tratemos de parecernos a
él! “Sed perfectos como vuestro Padre
celestial es perfecto” (Mt 5, 48). Dirijámonos con confianza a María, a
quienes en estos días invocamos con la advocación de Nuestra Señora del Carmen,
para que nos ayude a seguir fielmente a Jesús, y de este modo a vivir como
verdaderos hijos de Dios, nos ilumine para que podamos comprender cada vez más
profundamente las enseñanzas del Evangelio, en las cuales se encuentra la
respuesta satisfactoria a todas las preguntas del corazón. Amén.
Domingo XVI del tiempo
ordinario, 19 de julio del 2020.
Juan Francisco Alvarado
Rodríguez
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