La mayordomía de Jesús de la Buena Esperanza en la Basílica Catedral de León por mucho tiempo ha venido promoviendo diversas actividades pastorales, sobre todo con los reos en cárceles, a quienes se les lleva medicina, atención hospitalaria, alimentación y cada cierto tiempo se comparte con ellos una Eucaristía.

Como Pablo debemos de tener la experiencia de encuentro con Cristo

La mañana de este 28 de agosto monseñor René Sándigo, Obispo de León, presidió la Eucaristía matutina en la Capilla El Sagrario de la Catedral de León, meditando la liturgia de la palabra el prelado dijo a los fieles que debemos poner “intenciones en Jesús de la Buena Esperanza, nos sale bien reflexionar sobre la experiencia de San Pablo de anunciar a Cristo, experiencia que nos debe de llevar a conocer a Cristo” expresó.

“San Pablo, quiere que todo mundo tenga una experiencia de encuentro con Cristo a como lo vivió él, por eso él se mete en los pueblos a presentar a Cristo que es salvación de todos, que nos ha redimido en la Cruz” dijo monseñor Sándigo.

Subrayó que la iglesia lo que ha hecho en nuestro continente es “presentarnos a Cristo, me llama la atención que en nuestra diócesis tenemos muchas parroquias dedicadas a Jesús, es bonito porque desde el principio la iglesia ha presentado a Cristo”.

Historia de la Devoción

La historia del Señor de la Buena Esperanza se remonta al año 1652 cuando cierto día en Quito, Ecuador, sin guía alguno atravesaba las calles una mula cargada con enorme bulto. Llegó a las gradas de la portería del convento de San Agustín y se echó en el suelo, y ya no pudieron levantarla a pesar de todos los esfuerzos que se hicieron.

Abierto el cajón, cuyo peso parecía abrumarla, se encontró dentro la estatua de Jesús de la Buena Esperanza. Quisieron conducirla al templo, pero inútilmente; pues aumentaba el peso de la estatua en proporción al número de los que intentaban cargarla.

Alguien propuso entonces llevarla no al templo sino a la portería, y el acto se ejecutó con suma facilidad. La reunión de tan prodigiosas circunstancias no podía dejar de conmover hondamente al católico pueblo de Quito, e innumerables personas acudieron a arrodillarse ante la sagrada imagen. 

Los milagros y los favores del cielo, obtenidos por intermedio del Señor de la Buena Esperanza, respondieron desde el primer día, a la devota fe del pueblo y se multiplicaron hasta el punto de convertir la portería del convento San Agustín en el más célebre, frecuentado y rico santuario del Ecuador