Por:
Hermano José Alberto Santiago Lázaro, C.SS.S.
Amado hermano en la fe, recibe un
cordial saludo en Jesús el Santísimo Salvador y que la paz que de Él proviene
habite en tu corazón. Una vez más nos encontramos en unión por este medio, para
compartir el consejo que nos da nuestro santo del siglo de las luces, nuestro
amigo San Alfonso María de Ligorio, del cual meditaremos a modo de reflexión.
En la actualidad vivimos realidades
sumamente difíciles no solo a nivel social, sino a nivel personal y porque no
decirlo, espiritualmente también, más aún cuando le negamos a Cristo la entrada
a nuestro corazón; estamos inmersos en un mundo lleno de confusiones en donde
lo bueno nos parece malo y lo malo nos parece bueno, en donde la soberbia se
disfraza fácilmente de humildad y de bondad; y hablando de la soberbia, San
Alfonso nos da luces narrando la siguiente anécdota: «Sucedió que un hombre
soberbio, por unas cuestiones de herencia buscaba a un pariente para dañarle,
en el camino, al pasar por una Iglesia escuchó estas palabras del Evangelio: El que se humille será ensalzado. Él
pensó dentro de sí: eso no es cierto; porque si yo me hubiera humillado,
hubiera perdido la herencia y hasta el honor. Pero ¿qué sucedió?... nada más que,
al encontrar a su pariente, el otro, en defensa propia, le hirió de muerte y
allá quedó en tierra, sin vida. Dios no fue el que castigó al soberbio, más
bien pagó caras las consecuencias de sus propios actos. Realmente, la humildad
no es tontera. La soberbia no conduce a caminos buenos, aunque a veces así
parezca»[1].
Querido hermano tu y yo sabemos que la
soberbia no hace ningún bien, con una actitud de verdadera conversión hagamos
el propósito de no hacer sufrir el Cuerpo de la Iglesia con nuestros
conflictos, nuestras divisiones, nuestros egoísmos; pidiendo a Dios ser
miembros vivos vinculados entre sí por una sola fuerza, la del amor, que el
Espíritu Santo derrama en nuestros corazones. Con la mano en el corazón en diálogo
profundo con Jesús digámosle: -Señor, enséñanos
a orar como Tú enseñaste a tus discípulos, que podamos ser uno en la fe, en el amor, en el servicio,
como Tú y el Padre son uno. Concédenos celebrar no sólo todo lo que nos une,
sino también nuestras diferencias, alegrarnos en la diversidad y compartir las
riquezas de nuestras respectivas tradiciones, haz que nuestra reunión en nombre
tuyo nos transforme, a fin de que seamos verdaderamente uno, y el mundo crea en
tu presencia fiel, y que nuestra Madre María Santísima la Virgen sin mancha,
ejemplo de humildad y amor, interceda por cada uno de sus hijos en esta bella
patria de Nicaragua y nos conceda la paz. Amén.

2 Comentarios
Excelente reflexión Hno. Alberto, un abrazo desde México ��
ResponderBorrarBendiciones. Buen artículo.
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