«La
Virgen María es nuestra protectora, con tal defensora, no hay nada que temer,
vence al mundo, demonio o carne, guerra contra Lucifer», decía aquél
hermoso Himno que cantábamos en mi adolescencia todos los Legionarios de María
de mi praesidium: “Puerta del cielo”, después de nuestra reunión semanal[1]. Hoy,
ya siendo sacerdote, sigue resonando en mi corazón este Himno maravilloso,
junto con las palabras de San Alfonso María de Ligorio: María, la mujer valerosa destinada en el mundo a que venciese a
Lucifer, por lo que repugnaba que antes la venciese o sometiese éste a su
esclavitud, si no que más bien convenía estuviese pura y libre de toda mancha,
ajena del daño común y nunca sujeta al poderío de aquél tirano[2].
Ella, María Santísima es la “Llena de gracia” que saluda con dulzura y veneración el arcángel Gabriel[3]. Aquella que el soberbio Lucifer no pudo tocar con su ponzoña, pues convenía que fuese preservada de toda mancha, que fuese Inmaculada, por ser Madre del Hijo Divino. Por lo que Ella tenía el alma adornada y hermoseada con los dones más excelentes de gracia y santidad, para que en Ella el Señor tuviese morada digna y conveniente a Su grandeza[4]. Así pues, por medio de María, La Virgen, llegaría al mundo herido Aquél que por Su obediencia justificaría a muchos, mataría al pecado, destruyera la muerte y vivificara al hombre[5]: EL LLENO DE GRACIA Y DE VERDAD[6]. EL DIOS QUE SE ABAJA, EL EMMANUEL ESPERADO[7].
Es pues hermoso escuchar aquél canto que brota
del corazón de los campesinos guatemaltecos: «Virgen sencilla y humilde, que viviste en Nazaret, casa de los hijos
pobres que abren sus manos a Ti. Dios te ensalzó y te hizo grande en tu misma
pequeñez, haznos niños a nosotros para dejarnos en Él»; o como dijera aquél
canto maravilloso que narra la Historia de la Salvación: «Dios dijo en el edén a la serpiente, pondré guerra entre Ti y la mujer,
entre tu prole y la prole de Ella, y Ella tu cabeza aplastará»[8]. En
esta lucha entre el bien y el mal, destaca el papel corredentor de María
Inmaculada, María Virgen y humilde que está siempre presente en la historia
humana, mientras el hombre peregrina por este “Valle de lágrimas”, como reza La
Salve.
Uno de los más grandes acontecimientos
marianos en la historia humana, definitivamente es la aparición de Santa María
de Guadalupe, en el cerro del Tepeyac, México, en 1531, del 09 al 12 de
diciembre… al santo indígena Juan Diego Cuahutlatoatzin, como cuenta el escrito
en Nahuatl denominado Nican Mopohua: “Aquí se narra”[9].
En este documento maravilloso se pueden leer estas hermosas y tiernas palabras
maternas de María Inmaculada: «Quiero
mucho y deseo vivamente que en este lugar me levanten mi ermita. En ella
mostraré y daré a las gentes todo mi amor, mi compasión, mi ayuda y mi defensa».
Nuestra amada Virgen sencilla y humilde que vivió en Nazaret, asume pues la
condición de mestiza, se hace una más de esa pequeña nación mexicana que
subyugada y tenida como “bastarda” apenas se levantaba temerosa y débil en
medio del odio de dos razas: la española y la azteca[10]. María Santísima, asume esa condición de
“bastarda” con los tenidos como tales, mostrando concretamente esa compasión,
ayuda y defensa, y una vez más su altísima dignidad como Madre del Hijo de Dios que se humilla y se abaja; de ese
Dios que se despojó de Sí mismo tomando condición de siervo haciéndose
semejante a los hombres, obedeciendo en todo hasta la muerte y muerte de cruz[11].
A ellos, los más pobres y abatidos, los sin
voz, los destituidos y abandonados, María Inmaculada desde el Tepeyac, les deja
sentir el amor materno con que arrulló al niño Jesús en el portal de Belén, y abraza y
consuela al pueblo mexicano y con él una
vez más a todos los más sufrientes de este mundo, hijos predilectos suyos, que
recibió en la Cruz[12].
La presencia de María Inmaculada en el cerrito
del Tepeyac, trae la reconciliación a dos culturas heridas por el odio y la
violencia… a dos mundos que se encuentran y les cuesta reconocerse como
hermanos. Cuando el peligro de una guerra parece inminente, cuando el dolor
parece inevitable, una misma Madre de todos, de
españoles y de aztecas, la Madre del Amor, se hace presente de manera
consoladora. Cuando el derramamiento de sangre entre hermanos, hijos de un
mismo Padre parece inminente, Ella, muestra su calor de Madre, sembrando la
esperanza del perdón en los unos y en los otros; y contempla en cada rostro
sufriente a su Hijo Divino. Mira en cada uno de los que lloran y sufren a su
amado Jesús, el cual siendo Dios, se hizo verdaderamente uno de nosotros en
todo, menos en el pecado[13].
Ella, la Inmaculada Virgen Madre[14],
con su presencia vence las tinieblas de toda clase de idolatría, no sólo destruye
a los viejos ídolos de los aztecas, sino a la idolatría del poder, de la
opresión, del sometimiento y de la ambición desmedida que golpean la dignidad
humana. Trae en Su vientre purísimo al Verbo Encarnado, al Dios humanado, al
Santísimo Salvador: PRÍNCIPE DE JUSTICIA Y PAZ[15].
Viene vestida de sol, con la luna a Sus pies y con dolores de parto[16].
La luz del Sol de justicia que está en Su vientre purísimo brilla a través de
Ella e ilumina las tinieblas de este mundo[17].
Hace retroceder el poderío del demonio e instaura la verdadera paz que sólo
viene de Cristo Jesús, de someterse a Sus criterios divinos y darle el señorío
que le corresponde en nuestro corazón, en nuestra sociedad, en nuestra vida
toda; por eso, María Santísima en el cerro del Tepeyac, se da a conocer así a
San Juan Diego: «Sábete que yo soy la
siempre Virgen María, Madre del verdadero Dios, por quien se vive», y
también le dijo: «¿Hijo mío el más
querido, qué es lo que te aflige, qué te preocupa? ¿Qué no estoy yo aquí que
soy tu Madre, qué no estás por ventura en mi regazo?»
Hoy, también suenan las mismas palabras de
María Inmaculada del Tepeyac en cada corazón que desfallece y teme perder la
esperanza… y Nicaragua, nuestra amada nación, no es la excepción. Ella, nuestra
Madre Dulce, nos alcance con Su intercesión poderosa, la reconciliación y la
paz que tanto anhelamos, para vernos como lo que somos, hijos de un mismo Padre
de la Misericordia, de una misma Madre del Amor Hermoso, hermanitos menores de
Jesucristo. De Aquél Cordero inocente
que con la entrega de Su sangre nos mereció la vida, y que en Él Dios nos
reconcilió consigo, con nosotros y entre nosotros…, liberándonos de la
esclavitud del diablo y del pecado, por lo que cualquiera pueda decir con el
Apóstol: El Hijo de Dios me amó y se entregó a Sí mismo por mí[18].
BASTA DE TANTO ODIO, ENFRENTAMIENTO Y DIVISIÓN!!! María, Madre del perdón y la
reconciliación, enséñanos a amar a Jesucristo!!!
[1] Coro del Himno
Oficial de la Legión de María en Cancún, Quintana Roo, México.
[2] Cfr. San Alfonso
María de Ligorio, Las glorias de María,
Imprenta Gorosabel, Tolosa,18682, 225.
[3] Cfr. Lucas 1:28.
[4] Cfr. San Alfonso
María de Ligorio , Op. Cit., 226.
[5]
Cfr. Ireneo, Adv. Aher. III,18,7, PG 7,938.
[6] Prólogo de San Juan,
1:14: «Y la Palabra se hizo carne y habitó entre nosotros. Y nosotros hemos
visto su gloria, la gloria que recibe
del Padre como Hijo único, lleno de gracia y de verdad».
[7] Mateo 1: 22-23: «Todo
esto sucedió para que se cumpliera lo que el Señor había hablado por medio del
profeta, diciendo: HE AQUI, LA VIRGEN CONCEBIRÁ Y DARÁ A LUZ UN HIJO, Y LE
PONDRÁN POR NOMBRE EMMANUEL, que significa: DIOS CON NOSOTROS.
[8] Compuesto por el
Padre Pablo Straub, C.SS.R., fundador de la Familia Misionera del Santísimo
Salvador.
[9] Escrito por Don
Antonio Valeriano (1520-1605), sabio indígena y aventajado discípulo de Fr.
Bernardino de Sahgún, que escuchó la historia por boca del mismo San Juan
Diego. El título completo del documento en náhuatl es: Huei tlamahuizoltica omonexiti in ilhuícac tlatohcacihuapilli Santa
María Totlazonantzin Guadalupe in nican huei altepenáhuac México itocayocan
Tepeyácac (en español: “Por un gran milagro apareció la Reina celestial,
nuestra preciosa Madre Santa María de Guadalupe, cerca del gran altépetl de
México, ahí donde llaman Tepeyacac”).
[10] Cfr. Oposición de
raza y cultura en el pensamiento antropológico mexicano, Gonzalo Aguirre
Beltrán, Revista Mexicana de Sociología. UNAM. Vol. 31, No. 1 (Jan. - Mar.,
1969), pp. 51-71.
[11] Cfr. Filipenses, 2:
6-8.
[12] Juan, 19: 26-27:
Junto a la cruz de Jesús estaban su madre y la hermana de su madre, María,
mujer de Clopás, y María Magdalena. Jesús, viendo a su madre y junto a ella al
discípulo a quien amaba, dice a su madre: «Mujer, ahí tienes a tu hijo». Luego
dice al discípulo: «Ahí tienes a tu madre.» Y desde aquella hora el discípulo
la llevó a vivir a su casa.
[13] Cfr. Hebreos 4:15.
[14] Cfr. Isaías 7:14.
[15]Cfr. Isaías 32:1. Juan 14:27.
[16] Apocalipsis, 12:1-2.
[17]Cfr. Lc 1: 78-79.
Malaquías 4:2.
2 Comentarios
Muy buena reflexión, que nuestra Amada Virgen María de Guadalupe sea siempre nuestro ejemplo a seguir, que nos cubra con su manto y nos ayude a vivir como verdaderos hermanos. Dios lo bendiga Padre Ezequiel.
ResponderBorrarNos encomendamos a sus oraciones!!! Bendiciones.
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